DEMOCRACIA


 116. En la Argentina hay siete democracias o cosas que se les parecen: 1ª, la democracia real. Dado lo que es actualmente el animal humano llamado hombre, el gobierno es más suave y lleva más vistas a conservarse, si todos los ciudadanos o la mayor parte pueden participar en él en la medida de sus méritos. A eso se llama verdadera democracia. Por eso, la democracia es compatible tanto con la monarquía como con la república. 2ª, la demagogia de los politiqueros o demegracia, suspendida actualmente. 3ª, la demos-gracias de los mercaderes, que se aprovechan de todo régimen político débil para hacer sus grandes baraterías. 4ª, la dimocracia de la masa humilde, que llama dimocracia al amor al pueblo, lo cual no es democracia sino caridad divina y santidad pura, que muy pocos tienen. 5ª, la delegrasa de los demagogos, que contrahacen esa caridad divina para embaucar al pueblo y llevarlo tras de sí. 6ª y 7ª, las que puso en un artículo Monseñor Franceschi; y se explican a continuación.

117. Cuando vivía el gordo Tomás de Aquino (siglo XIII), el mundo estaba gobernado por reyes, que aparentemente tenían todos los poderes, pero, en realidad, estaban naturalmente controlados por tres grandes instituciones:

la Iglesia, que representaba la religión;

la Universidad, que representaba el saber;

y las Corporaciones, que representaban el trabajo.

118. El rey bajo el cual trabajó Santo Tomás de Aquino, era un santo. Por eso Santo Tomás fue gordo, siendo así que todos los otros santos son flacos; porque da gusto trabajar a la sombra de un rey santo. El rey San Luis tenía todos los poderes para hacer el bien; y ninguno para hacer el mal, el cual no quería hacer. Pero, aunque hubiera querido, no hubiese podido.

119. Teóricamente hablando, el mejor régimen de gobierno es óptimo, cuando el poder está en manos de un solo hombre (monarquía), rodeado de un equipo de gente virtuosa (aristocracia), al cual equipo toda familia que lo merezca puede llegar por sus pasos contados[1] (democracia). Esto lo llamo yo gobierno mixto.

120. ¡Cuándo vamos a llegar en esta tierra a un gobierno que responda al esquema del Santo Doctor!; si hay alguno que sea profeta, que salga y lo diga. El gobierno de un varón solo, que tenga poder incluso para frenar a los mercaderes y hacer justicia suprema, mucho más suprema que la misma Corte Suprema por un lado; y por otro lado, esté impedido de hacer tiranías, por la existencia de grandes instituciones naturales que representen al pueblo en sus esencias reales; y donde tenga acceso el pueblo, cada uno en la medida de sus méritos; eso es la verdadera democracia. Y eso no lo tenemos ahora, no lo hemos tenido nunca, y nunca lo tendremos, no ser que lo haga Dios mismo; pero no Dios solo, sino mal acompañado por nosotros. Porque a la sabiduría de Dios le gustan las malas compañías, de acuerdo con aquello que dice: ―Mis delicias son andar con los hombres.‖

121. Indalecio Prieto una vez escribió en ―La Razón‖: ―La soberanía del Estado radica en sus órganos constitucionales; y el modo de ejercerla lo indica el pueblo en las urnas.‖ Este dogma de la herejía liberal va derechamente contra el principio católico de la filosofía política: ―La soberanía del Estado viene de Dios por medio de la naturaleza humana; y el modo de ejercerla lo indica el pueblo por varios medios posibles, más o menos perfectos, de los cuales el más imperfecto son las urnas.‖

122. El error de Indalecio Prieto se llama democratismo, es hijo de la herejía liberal y es un peligroso estribillo (slogan) de nuestro tiempo, y la más poderosa de las armas de la ―Ciudad del Hombre‖. Quiere substituir con un papel, quizá amañado por ideólogos, y con una urna, quizá cargada por vivillos, las grandes raíces naturales y providenciales del poder. Es el absurdo del democratismo, que engulle en grandes dosis la tragadera del ignorante de hoy.

123. Suárez enseña, y con él Santo Tomás, San Agustín y toda la tradición cristiana hasta los apóstoles, que la autoridad baja de Dios, desde el momento que la naturaleza humana es forzosa-mente societaria y no puede existir sociedad sin autoridad; pero, que el depositario de esa autoridad no es directamente el rey sólo, sino todo el cuerpo social organizado, con el rey incluso; pues la naturaleza humana está en todos los hombres y no sólo en el rey.

124. Una cosa es que el rey legítimamente nombrado deba ser obedecido, ―como quien obedece a Dios y no a los hombres‖, conforme al Apóstol; y otra cosa es que el nombramiento del rey venga inmediatamente de Dios, pues no viene sino mediatamente del pueblo, por algún modo de constitución, contrato, elección, evolución política natural o simple consentimiento, explícito o tácito, que es el caso más común, natural y sólido.

125. Pueden darse pueblos tan carentes de virtud y tan desordenados, dice San Agustín, que por lo menos transitoriamente necesitan para ser reducidos a orden racional, alguna manera de despotismo, no cruel como el del tirano, sino severamente amante como el de la madre con el niño chiquito, o el despotismo del padre con el hijo enfermo y frenético.

126. Esta sana doctrina, corrompida por la filosofía protestante y después por la pasión libertaria de Rousseau, hasta convertirse en el democratismo contemporáneo —en el derecho de la rebelión continua, en la falsa representación del pueblo y en la mojiganga de las elecciones con fraude—, constituye otra historia.

127. Añadiremos, pues, para satisfacción de todos, que para eso es menester que este gobierno (el actual) se transforme de algún modo en representativo, no sólo del ejército, sino de todo el pueblo. Es decir, que “las substituciones no se produzcan como los desmoronamientos de un astro sin atmósfera, sin que trasciendan al pueblo las causas reales”.

128. El modo de esa representación puede ser, por ejemplo, establecer una especie de Consejo de Estado, tomado de lo mejor y más representativo del país (y no sólo formado por integrantes de la herejía liberal, como el mal llamado Cuerpo de Asesores Políticos del Presidente), sino de representantes no políticos de todos los sectores. Con remuneración digna y responsabilidad neta, como los senadores. El gobierno encontrará en ellos el apoyo de sus luces y la autorización delante del pueblo.

129. El pueblo no ignora que los militares honestos, por el hecho de ser militares, no entienden igualmente de todas las materias, ni lo pretenden; y que un hombre solo no puede dominar con sus luces los innúmeros y complicados problemas de un Estado moderno.

130. El ejército, como cuerpo, no puede gobernar él solo una nación, porque el orden militar está dentro del orden civil y lo integra como parte. Que se atribuya la soberanía, como hizo el Estado Llano durante la Revolución francesa, es pura y simplemente subversión.

131. Actualmente los militares son jueces, economistas, policías, políticos, legisladores y hasta Poder Ejecutivo. El Poder Ejecutivo lo puede todo para oprimir o traicionar; y no puede nada en orden a liberar; los jueces, en general, no están a la altura de su alta investidura —o porque les pagan poco, o porque los honran poco, según opina Enrique Gaviola—, o porque se ha formado en el país una tribu o camarilla de magistrados tributarios del dinero, incluso extranjero, como sostuvo ya hace veinte años el experto Ramón Doll.

132. Para estar enseñados a gobernar, los hombres precisan dos cosas: La ciencia, es decir, una fina formación intelectual, como la que daban antes, las humanidades clásicas, seguidas del estudio sólido de la Filosofía. Si esto falta puede suplirse con cualquier otra formación intelectual sólida: de médico o abogado, por ejemplo. Pero aquí, estas dos han dado malos frutos: Cantoni fue médico, Balbín es abogado. La experiencia: aquí falta el cursus honorum de los romanos, o sea, la carrera o escalonamiento de los cargos. Es ridículo creer que algo tan intrincado como regir una nación pueda dominarse sin aprendizaje. Si ni la ―Educación Común‖ ni el Colegio Militar forman gobernantes, ¿entonces qué quieren? ¿Cuál es la receta para hacer un guiso de liebre? Lo primero hay que cazar la liebre. Si aquí no hay gobernantes, y ésos no nacen en los repollos, ¿con qué cara le pedimos a Dios ser bien gobernados? Por lo menos reconozcamos que la educación que tenemos es pésima, cosa que hay muchísimos que no quieren reconocer.

                                                                                                                                                                                 Pbro. Leonardo Catellani


[1] Por sus pasos contados = por sus propios méritos

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