LIBERTAD DE OPINIÓN

 40. Opinión es una afirmación no cierta, basada en argumentos válidos, mas no evidentes, opuestos a otros también válidos. Por ejemplo: “Yo opino que las neurosis son psicosomatogénicas, otros doctores opinan que son todas psicogénicas, otros que son todas somatogénicas. Opinión no es cualquier afirmación lanzada al aire porque sí, por charlatanismo o temeridad de botarate; eso es macaneo. No confundir, pues, el derecho de opinar y el derecho de macanear, que es lo que hizo el liberalismo.

 41. ¿Quién tiene derecho a opinar? No todo hombre sobre todo tema, sino los entendidos sobre aquello que entienden. Sólo ellos deben tener una libertad de opinar que merezca consideración política.

 42. Yo no tengo derecho a opinar sobre cuestiones militares, porque no las entiendo, y ningún gobierno tiene por qué garantizarme que mis opiniones militares han de ser respetadas, y que yo podré propalarlas siempre que me dé gusto y gana, aunque sea en tiempo de guerra.

43. La libertad de expresar sus opiniones en el sentido sacro que el liberalismo dio a esta fórmula, no existe; lo que existe es: a) la obligación para todos los capaces de pensar, de coadyuvar al hallazgo de lo verdadero y lo conveniente; b) la obligación de todo buen gobierno de servirse de ellos, so pena de errores dañosos, y de la fatal anemia y neurosis, de la cual el régimen liberal perece; c) la obligación de todo poder humano de respetar en el hombre la pensadora, que es lo mejor que tiene. Pero todos sabemos que hay macaneos que en un momento dado no se pueden tolerar.

44. La libertad de opinión, cuando se pasa de esta raya, es un solemne engañabobos. Y un Obispo en la Argentina sale opinando públicamente que ―¡la libertad es el don más grande que Dios ha hecho al hombre!‖. Si el abad juega a los naipes, qué no harán los frailes.

45. La libertad de prensa proclamada por el liberalismo del siglo pasado, no sólo es un error teológico, condenado por el Syllabus, sino un error filosófico en pugna con la sana razón; y un error práctico de gente que ve corto.

46. ¿Quiénes son los que piden libertad para todos, sino los que merecen cárcel? La gente seria pide libertad para ella y cárcel para el sinvergüenza; y si no, no me digan que es seria, sino que es sinvergüenza disfrazada.

47. El hombre necesita la verdad más que el pan. No es lícito vender panes mezclados unos de harina y otros de cal con levadura de sulfato de cobre, o sea pan con mejorador. El panadero debe comprometerse a hacerlo de harina y tiene derecho a pedir ser compensado y protegido contra los falsificadores.

48. El falsificador tiene derecho a ser fulminantemente castigado, para que al menos salve su alma, si la tiene. Hay que perseguir la falsificación de la verdad. Pues todo enemigo de la verdad atenta contra la libertad ajena.

 49. El problema de la libertad de prensa consiste en ver quién nos liberta de la prensa. Este problema es general en el mundo, como puede verse en el libro de Huxley: The Ends and the Means, pero en la Argentina él asume caracteres de postema por tres causas:

1. La falta de paragolpes y muelles que aquí escasean y hay otrónde.

2. La especial corrupción de nuestra prensa mala.

3. La descarada intervención extranjera en el manejo de los diarios.

50. Decimos que la excusa: ―Nosotros no hacemos sino vehiculizar información‖, es una falsía y una patente mentira. La información no está sólo vehiculizada, sino dirigida, amañada, y si es preciso, fraguada. Se eligen las agencias, se hinchan y decoran (o mutilan) los telegramas, se les adoba el tono, se dispone el lugar de ellos, se los resume en tendenciosos titulares, se los condensa en editoriales y, por último, se invita a teorizadores a escribir estudios, en el sentido del diario, que hagan de marco teórico a su información.

51. ―Todos los diarios mienten‖ —dice el pueblo. Pero el pueblo ignora la otra manera de mentir sutil que es el silencio. El silencio, es decir, la ignorancia, permite mover las pasiones con menos peligro que la polémica o la argumentación. Las masas se mueven casi automáticamente bajo la influencia apabulladora de la prensa, que sumerge en el silencio todo lo inconveniente para el estado de ánimo que se propone explotar. Es un arma tan aleve como eficaz, que mata sin dejar huella.

52. En suma, se monta y arma un grande y completo aparato de hacer opinar a la gente en este sentido y no otro, y ¡ a eso se llama libertad de opinar! Ese aparato responde a un pilotaje invisible y está fuera de todo control, político o no político. Máquina de re-llenar mates la han llamado los franceses, y es máquina digna de consideración atenta.

53. ¿Podría existir una prensa de mera información y no de opinión? Siendo un hecho, que toda prensa grande está dirigida, aunque finja ser libre, ¿no es mejor que se sepa por quién está dirigida? ¿Y no es preferible que lo esté en todo caso por el gobierno nacional o grupos nacionales y no por obscuros y temibles grupos internacionales?

54. La impartición de la verdad es preferible que esté en manos de cristianos conocidos, aunque sean gobernantes, ¿o de judíos desconocidos? La respuesta esplende, para mí al menos.

 55. La llamada libertad de imprenta es notada por la Iglesia Católica como error in fide, error en la fe, la calificación más cercana que existe de la herejía. Tal como apareció en los programas de los turbulentos reformadores de 1848, y en los escritos de Hugo, Lamennais, Mazzini, no parecía tocar directamente materia dogmática, sino más bien, asumir una actitud práctica; pero si bien se examina, implica en sí, la negación de tres verdades teológicas de primera importancia, que son: negación de la Encarnación de Cristo, negación de la Caída original y negación de la Dependencia esencial del hombre —lo cual a su vez implica en sus raíces, el ateísmo. He aquí, pues, porqué el español Sardá y Salvany escribió un libro con el título: El liberalismo es pecado.

56. Lo más conducente entre nosotros para probar que el liberalismo es pecado, es examinar los efectos del liberalismo en la Argentina. Son tan feos que sólo pueden proceder de un pecado. ―Por sus frutos los discerniréis.‖ He aquí los diez

57. Crímenes del liberalismo en la Argentina:

El liberalismo exterminó al indio.

El liberalismo arruinó la educación argentina.

El liberalismo relajó la familia argentina.

El liberalismo esterilizó la inteligencia argentina.

El liberalismo nos infundió un ánimo abatido —o como dicen ahora a lo bárbaro, un complejo-de-inferior.

El liberalismo mutiló a la Nación de su territorio natural histórico.

El liberalismo empequeñeció a la Iglesia argentina.

El liberalismo creó gratis el problema judío.

El liberalismo nos enfeudó al extranjero.

El liberalismo rompió la concordia y creó la división espiritual de los argentinos, que actualmente se encamina a una crisis dolorosa.

Este décimo crimen se abrocha con el primero. La guerra civil entre hermanos es posible sea el castigo divino, de aquella otra destrucción de los hermanos cobrizos, que la Constitución en nombre de Dios mandaba preservar.

— Caín, Caín, ¿qué has hecho de tu hermano?

—¿Qué obligación tengo yo de cuidar de mi hermano?

— La sangre de tu hermano grita a Mí desde la tierra que tú estás pisando, donde fue derramada.

58. Los cuatro principios en que se cifra la tradición extranjera liberal, que desde Calvino y Rousseau, por Locke, Bentham y Stuart Mill, evacua pesadamente en la vacuidad mercantil de la prensa liberal, en nombre de Abraham Lincoln, son:

 “Primero: El individuo (como los filósofos dicen) es un fin en sí mismo y tiene derecho a la felicidad de este mundo; y no hay Estado, ni Gobierno, ni dictador, ni policía, que tenga autoridad para ignorar este derecho (?)…

“Segundo: El Estado fue hecho para el hombre y no el hombre para el Estado…

“Tercero: Si el Gobierno no sirve a nuestros fines, ni atiende a nuestras necesidades, si no nos gusta, y queremos cambiarlo y logramos hacer participar de nuestro punto de vista a un número suficiente de nuestros conciudadanos, tendríamos entonces derecho a cambiarlo.

“Cuarto: Si la humanidad entera, a excepción de una sola persona, fuera de la opinión contraria, la humanidad no tendría más derecho a silenciar a esta persona que ella a silenciar a la humanidad.‖[1]

 59. Esa es la tradición liberal según el profesor anglo-judío C. E. M. Joad, que se llama filósofo, y puede que lo sea a su manera, aunque por la muestra lo oculta bastante bien, a no ser que sea un filósofo ironista: no hemos visto nunca una expresión más magistral de ignorancia de lo sociológico, y una reacción más silvestre del error vulgar de que la sociedad es una suma de individuos, los cuales son cada uno separadamente un fin en sí mismos, es decir un dios —o sea que la sociedad es una cosa donde no hay sociedad. La verdad obvia es que ningún individuo tiene derecho contra el bien común ni contra la verdad, y que la sociedad puede silenciarlo cuando se equivoca dañinamente ; que ni un número suficiente, ni nadie, tiene derecho a cambiar el gobierno solamente porque no le guste individualmente; y que el derecho a la felicidad en este mundo no hay necesidad de ser autoridad para ignorarlo (yo mismo lo ignoro con Schopenhauer), a no ser que el tipo entienda por felicidad el bien común temporal, que es el fin propio del Estado.

 60. He aquí ostentosamente cómo esos dogmas paranoicos de Rousseau que hoy nos parecen simplezas descomunales, son una teología y una religión, la religión de la felicidad en este mundo y la religión del inconmensurable orgullo del Hombre Ultimo Fin, error racionalista pariente del ateísmo. Ahora bien, contra una religión falsa no hay más remedio que una religión verdadera.

61. Los gobiernos llamados liberales, lo que hacen es fingir que hacen opinar a la masa acerca de política, finanzas y todo lo que no entiende, para no dejarla opinar acerca del precio de las papas y acerca del aumento del salario, que es de lo que entiende; y en definitiva, hacer su antojo del modo más desaconsejable.

62. La libertad de vocear opiniones y no sólo opiniones sino mentiras y calumnias manifiestas, necesariamente reduce al silencio al sabio y hace el juego del sinvergüenza. Donde muchos gritan, el sabio calla.

63. Mi tío el cura solía decir refiriéndose a la época falsa-mente libre que vivimos: El sol joroba al justo y al injusto y la lluvia igualmente los joroba, pero al justo más bien, porque el injusto el paraguas del otro se lo roba.

64. Lo menos que se puede hacer es pedir al hinchado diario plutocrático argentino que decline al pie de sus arriesgados dictámenes sus títulos de competencia, encerrados en el nombre del autor. Lo contrario es expedirle una patente de sofista y entregar al pueblo indefenso a sus malas artes.

 65. ―Es asombroso que en el fondo de toda cuestión política se encuentra siempre una cuestión teológica‖ —escribió Proudhon. ―Lo asombroso es que usted se asombre‖ —le contestó Donoso Cortés.

66. Destrozando las sociedades naturales en favor de la agrupación financiera, el liberalismo ha arrasado políticamente a nuestra nación, convirtiéndola en un Sahara sin oasis; con sus médanos, sus arroyos secos y sus vendavales de polvareda donde no faltan tampoco fieras y osamentas. La salida es reconstruir las sociedades naturales; la primera, la familia.

 67. Los que crean que hay que rehuir por todos los medios posibles las sangrientas y problemáticas soluciones por-catás-trofe, deben concluir que es imposible seguir permitiendo en nombre de cualquier libertad, la mentira, la calumnia, la venalidad y la propaganda sofística, a todo ente que posea una rotativa y bobinas, vengan de donde vengan. Un gobierno se suicida si esto cree, porque se pone al margen de la moral y aun paladinamente en contra de ella.

68. Las pretensiones actuales de la prensa viciosa (cuya cumbre es el caso Timerman [n. I.E.C.]) de ser respetada como un magisterio y honrada como un poder, ridículas como son, en el caso del patente mercantilismo que la caracteriza, tienen un fundamento en la naturaleza de la función, por más radicalmente invertida que esté hoy día.

69. Decir y propalar la verdad con la indispensable autoridad, oportunidad y prudencia es, en efecto, un altísimo oficio de gobierno, el oficio que los antiguos conocieron y practicaron con el nombre de consejo.

70. El Estado es una sociedad completa, lo mismo que la Iglesia en su propia esfera, nos enseña la filosofía. Un Estado que profesara dejar a un lado y no integrar en el organismo de su constitución misma la función de la impartición de noticias y opiniones, atentará contra su misma esencia y se verá obligado a arbitrios violentos o caprichosos.

71. El liberalismo aplicado a los pueblos está en el libro de Rusó[2], llamado Las confesiones. Al leerlo uno lo comprende todo. Se trata de un loco. Un loco es el ser menos libre que existe, aunque parezca lo contrario y ande suelto, porque un loco está agarrotado por adentro… Rusó fue un loco de los más peligrosos, porque sabía muy bien el francés y la mímica imitativa. Un loco, además de un mentiroso, es un miedo ambulante de que lo encierren.

72. Contra los efectos matadores de su locura inventó la teoría de “¡Dejarme en paz!” y la teoría de la bondad esencial del hombre. Sólo un obseso es capaz de escribir las insignificancias y suciedades de su vida, envueltas en un vaho acaramelado, resabio a chinche y ropa sucia, que hoy nos causan repulsión.

73. La verdadera libertad es un estado de obediencia. El hombre se libera de la corrupción de la carne obedeciendo a la razón, se libera de la materia sujetándose al perfil diamantino de una forma, se libera de lo efímero, atándose a un estilo; de lo caprichoso, adaptándose a los usos; se libera de la fecundidad solitaria obedeciendo a la vida, y de su misma vida caduca y mortal, se libera perdiéndola en la obediencia a Aquel que dijo: “Yo soy la Vida.”

74. Donde el loco, el esclavo, el preso y el plebeyo dicen libertad, el noble dice: honor, belleza, amor, sabiduría. La máxima libertad nace del máximo rigor; porque el hombre es más libre a medida que es más fuerte, y la obsesión de la libertad, prueba la máxima debilidad de la mente.

75. La obsesión de la libertad vino a servir maravillosamente a las fuerzas económicas que en aquel tiempo se desataron; y el poder del dinero y de la usura, que también andaban con la obsesión de que los dejaran en paz. Los dejaron en paz y se inauguró en el mundo una época en que nunca se habló tanto de libertad, y nunca el hombre ha sido, en realidad, menos libre.

                                                                                                          Pbro. Leonado Castellani


[1] Inglaterra Moderna. La tradición liberal, por C. E. M. Joad.

[2] Juan Jacobo Rousseau ha sido magistralmente estudiado desde el punto de vista psiquiátrico por el doctor Wilhelm Stekel, en su obra Infantilismo psicosexual, y su conclusión diagnóstica es que se trataba de un paranoico exhibicionista.

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