JUSTICIA

133. La justicia en este país se está mostrando deficiente. Siendo como soy pueblo pobre, estaba inclinado a escribir: ―se está mostrando horrorosamente falluta”. Pero como al escribir cumplo una función pública, me modero en mis sentimientos particulares, y aporto el moderado adjetivo deficiente; calificativo que pocos habrá se atrevan a contestar.

134. Días pasados un amigo me dijo: —Le aviso que vaya con cuidado y no se meta en honduras. Yo le contesté:—Cuando me dio el estado que tengo, el Obispo me metió en una gran hondura. Después de esa hondura, ¿qué me pueden hacer a mí las honduras? Me podrán sacar de mi casa, pero no me podrán sacar de mi barrio. Yo vivo en Villa Devoto[1]. Otra cosa sería si en la Argentina se pudiera fusilar a los periodistas. Y aún entonces me quedaba aquella otra sentencia: “No temáis a los que pueden matar el cuerpo.”

135. La justicia argentina parece deficiente al pueblo pobre en su parte baja, en su parte media y en su parte alta. En su parte baja, está representada por la comisaría y la justicia de paz. Sabemos nosotros los periodistas lo que son los comisarios bravos.

136. La justicia de paz fue pensada con el intento de brindar una justicia rápida, sencilla y conciliatoria, es decir, más arbitral que formalista, como el sheriff y el squire de los anglosajones. Se ha convertido en tan complicada como los otros tribunales más altos, en una maquinaria compleja, que deja por patentes fisuras puerta libre a la iniquidad.

137. Fisura atroz. El otro día estuve hojeando con un joven jurista un abultado expediente de sucesión en San Antonio de Areco; v la impresión desprendida era bastante más que desconsoladora. Murió una viuda y dejó diez hijos menores, una casa de 3.000 pesos y tres deuditas de 300 pesos por todo.

138. Un procurador de pueblo, que ni siquiera es procurador recibido, vio oportunidad de trabajo y puso en movimiento la máquina legal, ejecutando a la sucesión para pagar los 70 pesos del panadero, los 120 de impuestos territoriales, los 90 del entierro y… sus honorarios. Se remató la casa en 900 pesos. Se pagó al rematador, al procurador, se pagó el otro pico, el sellado y demás gastos causídicos; y cuando se acabó el último centavo se acabó de golpe también el expediente, que iba navegando majestuosamente por fojas 73. Llamaron a la hermana mayor (que como dije, era menor) y le dijeron:

 —Alaba a Dios, ya no tienes deudas.

—¿Y mi casa?

 —Alaba a Dios, tampoco tienes casa.

—¿Y, dónde vivo yo ahora con los chicos?

 —Alaba a Dios, has servido de materia, al ejercicio de la precisión técnica de la justicia argentina; hemos hecho brillar el Código de Procedimientos.

 —¡No alabo a Dios nada! —dijo ella, y se fue.

Entonces se fue a vivir de la caridad pública, para hacer cumplir monstruosamente lo que dice la Sagrada Escritura se verifica en la sociedad cristiana: Se abrazaron y se besaron la justicia con la caridad.

139. Falla la justicia en su parte media, porque muchísimos crímenes quedan sin castigo, y no crímenes cualquiera, sino crímenes muy grandes. En la edad media, los crímenes más bien se escondían al pueblo, y se propalaban y hasta se espectaculizaban los castigos. En la edad contemporánea, es a la inversa, se espectaculan y pasquinizan los crímenes y se ocultan los castigos.

140. La ponzoña más dura y obstinada es la injusticia social… Una injusticia que no es reparada, es una cosa inmortal…

141. La injusticia provoca, naturalmente, en el hombre el deseo de venganza para restablecer el roto equilibrio; o bien la pro-pensión a responder con otra injusticia, propensión que puede llegar hasta la perversidad, a través del afecto que llaman hoy resentimiento. Es, pues, exactamente un veneno moral.

142. Nada más común en nuestra época que la indignación por la injusticia. Es una de las características de ella. Esa indignación es natural y nadie dirá que sea mala: pero el remedio que se busca ordinariamente es malo, porque casi siempre implica otra injusticia. Pagar con una injusticia la injusticia, aumenta la injusticia. El péndulo empujado de un extremo se va al otro; y comienza el movimiento interminable del mal, ―el abundar la iniquidad‖, que dijo Cristo, destruirá en los últimos tiempos la convivencia.

143. Repartir la tierra a los campesinos: Para eso hay que arrebatarla primero con la violencia (y con injusticia en muchos casos) a los boyardos, quienes cometían injusticias con los mujikcs; o sea, los tenían reducidos a un estado de primitivismo, les substraían quizá el salario justo, pecado que, según el catecismo, ―clama al cielo‖. Pero el bolchevismo que usó como instrumento político el estribillo: ―la tierra a quien la trabaja‖, ha acabado por socializar la tierra y convertir al Estado en el Gran Boyardo —de manos más duras y corazón más pétreo, que todos los otros juntos.

144. La actitud de digerir la injusticia resulta la mejor venganza. En efecto, ¿qué se propone el odio? El odio se propone —o busca inconscientemente, pues hay odios inconscientes—, esencial-mente, destruir. ¿Qué mejor venganza que ofrecerle el resultado contrario, el ensanchamiento del alma urania, la purificación y mejora de la vitalidad interna? Pero, ¿dónde está la alquimia que convierta ese veneno en medicina y alimento?

145. El medio de digerir la injusticia es un secreto del cristianismo. Es la actitud heroica, y aparentemente imposible a las fuerzas humanas de devolver bien por mal, de bendecir a los que nos maldicen.

146. Las fuerzas psicológicas del hombre son limitadas y pueden sucumbir a un gran dolor moral. “Consolar al triste…” Y eso no son palabras, sino con ayuda verdadera, es la mayor de las obras de misericordia.

147. El amor del prójimo es el único remedio de la injusticia social; pero el amor que trajo Cristo es un amor desmedido. Él le señala caracteres enteramente excepcionales: tiene que ser de obras más que de palabras, tiene que llegar hasta a amar al enemigo, y a dar la vida por el amigo.

148. El “resentimiento”, así con comillas, no es vulgar rencor, odio o despecho; es indignación reprimida mal o insuficientemente, por fuerza y no por razón, que se irradia concéntricamente de objeto en objeto y de zona en zona anímica hasta contaminar (cosa curiosa) el mismo entendimiento.

149. Algunos tienen la misión o ―el deber profesional de luchar por la justicia. Sea que ella nos alcance personalmente o no, la injusticia es un mal terrible, perceptible a los que poseen “sentido moral” (sexto sentido que diferencia al noble del plebeyo), y luchar contra ella es obra de procomún, aunque en ocasiones parezca como una locura. Don Quijote tuvo esa locura, que en el ideal caballeresco creado por la Iglesia en Europa, no era locura.

150. Los que tienen deber profesional de luchar por la justicia son: los jueces (los juristas), los gobernantes (los pastores) y los soldados (los guerreros). Desgraciadamente, la época moderna ha transformado a los jueces en máquinas, a los gobernantes en economistas y a los soldados en militares.

151. Lo peor es que la ineficacia de la Justicia parece haberse corrido a la parte suprema. La Corte Suprema de nuestro país no parece haber sido nunca muy Suprema, y ahora parece como impotente delante del duro y oculto poder del Becerro de Oro. (Recordemos el reciente caso Timerman liberado por ella como inocente. Premiado por los usureros internacionales y pagado para calumniar-nos desde el extranjero. Nota I. E. C.)

152. Jamás, que nosotros sepamos, la Corte Suprema ha producido un acto de justicia suprema, la defensa de un derecho natural conculcado: como, por ejemplo, la defensa del derecho natural y constitucional del padre de familia a dirigir la educación del hijo, conculcado por el monopolio estatal de la enseñanza.

153. Si se publicaran las acordadas de la Corte Suprema en sus ochenta años de vida, no hallaría el pueblo en esos documentos herméticos y regiminosos un solo gesto inteligible y grande: la posición de algún principio jurídico —un golpe certero a la insolencia desmesurada del mercader logrero, sea o no extranjero—; el hacer tascar el freno de la ley a un multimillonario; la defensa heroica de la Nación contra alguno de esos grandes estupros[2] de que ha sido víctima.

154. Cualquier actitud en que aparezca el juez y no el legista, el jefe y no el intérprete, la espada luminosa y desnuda de la Justicia en vez del compás y la cinta métrica.

155. Todas las acordadas justifican el dicho cortante de un gran profesor argentino, de que la Suprema Corte se ha mostrado sumamente competente para declararse incompetente.

156. Si la Corte Suprema se convierte en un blocao[3] del Becerro de Oro, y de su horrenda dominación en el mundo, es como si el Apostolado de la Oración se convirtiese en la Corte del Faraón. Cuando un supremo tribunal se vuelve opereta, siempre hay baile.

157. Es peligroso conocer lo mentirosos que son los hombres antes de ser expertos de lo veraz, que es Dios.

158. El pobre es capaz de sufrir. Pero nadie es capaz de sufrir cuando piensa que a su pena no hay remedio. Nuestro pueblo está en camino de desanimarse de los hombres, sin ganar mayormente en confianza en Dios.

159. Una nación se juzga por su justicia. La Justicia es uno de los nombres de Dios, el cual no es indiferente a que se lo santifiquen o se lo ensucien, porque Dios también tiene entre nosotros su buen nombre y honor.

Pbro. Leonado Castellani


[1] Vivo en Villa Devoto‖, alusión al hecho de estar situados en el mismo barrio tanto la Cárcel de Encausados como el Seminario Arquidiocesano, residencia entonces del Padre Castellani.

[2] Estupro: violar una doncella con abuso de confianza y engaño.

[3] Blocao: fortaleza de madera, desarmable

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