CLASE DIRIGENTE

166. Nos quejamos de la falta de una clase dirigente. Con razón. Es una lamentable y llorable realidad. O irrealidad: es un vacío.

167. La naturaleza no soporta el vacío: este vacío es llenado por una seudoclase dirigente.

Dicen: —No hay hombres en la Argentina.

Yo les digo: —¡Cómo no va a haber hombres !

Dicen: —Quiero decir, entre éstos que están en circulación no hay ninguno que… —

Justamente —les interrumpo—, es esa circulación la que hay que romper: es un círculo infernal.

168. Es la risible calesita de los politiqueros de profesión; que se les está, parando. Somos distraídos; pero no tanto como para confundir el aceite con el vinagre. La actual sedicente[1] “clase dirigente” no es clase ni dirige.

169. La antigua nobleza europea fue destruida como estamento y elemento societario. Y una nobleza es necesaria; de donde, o legítima o falsificada, siempre existe. Uno de los principales objetivos de la ―instauración nacional (me resisto a llamarla ―revolución) es crearla. ¿Crearla? Es demasiado pedir, no se puede hacer con un decreto. Iniciarla: ponerla en condiciones de posibilidad.

170. Hay mucha gente noble en la Argentina, gente que tiene las condiciones de la aristocracia: conocemos jóvenes que parecen príncipes. Pero no forman clase, de modo que poco o nada pueden. Hay hombres, conocemos coetáneos nuestros (es decir, sexagenarios)[2], que si por un imposible los alzaran con una grúa del rincón donde están trabajando callados (a veces fuera de parque) al triste sillón de Rivadavia, como por arte de magia la nación comenzaría a entrar en cuja[3].

171. El fundamento de una nobleza es el afincamiento permanente en la tierra; o el bien raíz o algo equivalente: como la participación activa en las grandes empresas, hoy día, por vía de ejemplo.

 172. Dada la condición humana, lo normal es: para que un grupo social se dedique al bien común hasta el sacrificio, es preciso que ese procomún esté vinculado al bien propio, si no identificado. Habrá algunos héroes, santos o locos, que lo hagan de cualquier modo; pero serán pocos; y en lo ordinario contingente, no hay que contar con las excepciones.

173. Hasta los santos se mueven, porque creen con fe loca que su propio bien (en la otra vida) depende del bien del prójimo, por el cual se sacrifican en esta vida.

174. La virtud más sólida, hablando de las virtudes naturales es la heredada, la que está ―en la sangre. Es la virtud consolidada y connaturalizada, el honor; cuando es verdadero honor y no se confunde con los honores; con los nombramientos de académico. ¡Infeliz país con tantos académicos y academias republicanas con honores y sin honor!

175. Los antiguos decían: ―Pretor te puede hacer Frondizzi; sabio con un decreto no te puede hacer. “Caesar potest te fácere prétor, mínime rhétor.”

176. El bien raíz trabajado personalmente arraiga al hombre en su país y forma al noble. La nobleza viene simplemente de la virtud, como advirtió Aristóteles. No de la virtud religiosa o mística específicamente, sino de la virtud civil, la virtud del hombre de mando, nacida en el campo de la magnanimidad o grandeza de alma, cuyo nombre español es señorío.

 177. Esa virtud es la que se forma en tres generaciones de educación sesuda, señera y señoril.

178. No ignoramos que puede existir la virtud republicana, es decir, el jacobino, el hombre de mando recto y duro. Robespierre[4] fue eso: guillotinó a muchísima gente inocente (o no), para ir a acabar a la guillotina, sin poder atajar la monarquía inminente de un tenientillo italiano nacido en Córcega[5], una monarquía militar usurpada, sin arraigo y sin nobleza.

179. Si queremos la Instauración Argentina (y hemos de quererla tanto si la vemos como si no), debemos meditar sobre cada uno de los puntos capitales que ella exige. Eso intentan mis artículos actuales, humorísticos o no: todo pertenece a la esfera de lo serio, y los chistes no estorban, a no ser cuando son malos.

180. Es odioso y nos sabe mal, tener que ridiculizar o deshonorar; pero si uno quiere honrar a los patriotas, tiene que deshonorar a los perdueles o apátridas; e incluso, esto es lo primero, más necesario y urgente que honrar la virtud.


[1] Sedicente: aparente, disimulada, irreal.

[2] Escrito en marzo de 1968

[3] Entrar en cuja: poner en vías de realización.

[4] Robespierre, Maximiliano I.: abogado y político francés. Combatió a los girondinos y fue el alma del Terror (1758-1794). Murió en la guillotina.

[5] Napoleón I.

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