EL CLERO

181. —Con la Iglesia hemos topado, Sancho.

—Pues tuerza riendas Su Merced y corte por el campo. —

De buena gana torcería rienda si pudiera abolir en mí la facultad de ver; y la facultad de expresar lo visto, que es algo como una misión o encargo dado por Dios a algunos desdichados. Fuérzame la ley de la caballería a hacer mis empeños antes que mis gustos.

182. El problema estaría en hallar la causa de la impotencia o esterilidad de la Iglesia argentina actual. El mismo canonizable Monseñor Franceschi decía:

 ―La Iglesia argentina ha abandonado la actividad de conquista, reducida a la mera actividad de conservación.

 Pero, como en todo organismo vivo, dejada la primera, fenece lentamente la segunda actividad.

183. La causa de la esterilidad de marras es que la Iglesia (o sea, el clero argentino en general) se plegó al liberalismo. Adelantamos esta conjetura sin probarla. Pero poco ha, esa mi donosa conjetura recibió un golpe feroz con el libro de Vasconcelos, Historia de México, donde el historiador censura a la Iglesia mexicana (y le atribuye causal en la desdichada historia de su país), justamente por lo contrario que yo, por no haber sido liberal, sino absolutista y reaccionaria. Palos porque bogas y palos porque no bogas. Me dejó turulato.

184. ¿De manera que habrían hecho bien, nuestros Agüeros, Valentín Gomeces, Castro Barros y demás caterva en ponerse bajo las alas de Rousseau y Rivadavia?

185. Alto, chamigo. Una cosa es la independencia y otra es el liberalismo. Declararse por la independencia de Saavedra y San Martín, como lo hicieron los clérigos del 16, creo era lícito, aunque en eso haya dudas; juntarse con el 53, es muy diverso. Bien es verdad que allí, en Santa Fe, hubo un solo clérigo; y ése, loco.

186. Esta es la respuesta breve: simplemente se bandearon allá a un extremo y aquí al otro. Y los extremos son malos; y en cuanto a labrar daños, ellos se tocan.

187, Aquí el clero no practicó el Syllabus de Pío IX, y ni siquiera parecería que lo conoció. El episodio del venerable Mamerto Esquiú, que panegirizó la Constitución y después se retractó, es elocuente.

188. También lo es el de las funestas leyes laicas: le bastó a Roca-Wilde poner preso al Vicario Santa Clara y despedir al Nuncio, para salir con la suya, sin mayor resistencia. La actitud de los más magnates o magnotes clericales de nuestra historia, ha sido ponerse de capellanes de cualquier gobierno que raye.

189. Parecería que la consigna eclesiástica fuera: ―Cualquier gobierno que raye, sea liberal, reaccionario, democrático, dictatorial, fraudulento, golpista, varón, mujer o de cualquier sexo que sea, será aceptado y servido por nosotros, con tal que dure un poco y nos dé plata.‖ Y aquí es donde los extremos se tocan, porque el clero de México era absolutista, justamente en defensa de sus prebendas y cuantiosos bienes. La verdad es la verdad, pese a Lutero, Calvino y al latrocinio efesino.

 190. —¿Por qué el clero aquí se hizo liberal, o ayudó a los liberales, o simplemente se dejó estar?

—Por deficiencia de luces.

—¿De dónde esa deficiencia de luces?

—Del mal estado de los seminarios.

Esto me dijo hará unos veinte años, en Catamarca, un Obispo que luego llegó a Cardenal. Hay demasiados seminarios y aparentemente todos son malos; aunque confieso que hace veinte años el de Catamarca era bueno.

191. Tener 23 seminarios en la Argentina, donde los recursos (intelectuales, científicos y morales) apenas alcanzarían para tres —y me alargo mucho—, es caminar patas arriba. Peor, es inhonestidad. ¡Es que necesitamos muchos sacerdotes! Bueno, ahí los tienen. (Escrito en marzo de 1968.)

192. La obediencia es una gran virtud cristiana. Cristo murió por obediencia, dice San Pablo, “hecho obediente hasta la muerte; y muerte de cruz”. La desobediencia es hija de la soberbia, y como ella, es la raíz de la perdición, porque, en definitiva, todo pecado es una desobediencia.

193. Pero la obediencia no es el mandato máximo y mejor del cristianismo, sino la caridad. La obediencia es una virtud moral, pertenece al grupo de la religión, que es la primera de las virtudes morales: no es una virtud teologal. Digo esto, porque hay una tendencia en nuestros días a falsear la virtud de la obediencia, como si fuera el resumen de todas. ―Usted no tiene más que obedecer y está salvo‖. La obediencia trae consigo todas las virtudes. El que obedece está siempre seguro. “El que a vosotros oye, a Mí me oye.”

194. Este texto: “El que a vosotros oye, a Mí me oye”; “el que a vosotros desprecia, a Mí me desprecia”, está aquí muy mal traído ; y de hecho lo hemos oído interpretar viciosamente. En su contexto y en la intención de Cristo, no se refiere a la obediencia, sino a la fe; lo dijo Cristo cuando mandó a los setenta discípulos a predicar, no se lo dijo a San Pedro cuando constituyó la Iglesia como sociedad visible. (Véase Lucas X, 16.)

195. “El que a vosotros desprecia, a Mí me desprecia”; y “el que a Mí desprecia, desprecia al que me envió”. Es paralelo del texto de Juan V, 24: “El que oye Mi palabra y la cree, tiene la vida eterna.” En caso contrario, Cristo hubiese dicho: “El que a vosotros obedece, a Mí obedece.” Lo cual, siendo verdad en un sentido, induce, sin embargo, a una conclusión desmesurada, a saber: incluso potestad directa en las cosas temporales, cosa que la Iglesia siempre ha negado, pues es evidente que a Cristo debemos obediencia en todo, incluso en el dominio temporal, político o civil: es Rey de reyes y Señor de señores.

196. La interpretación viciosa de ese texto autoriza a los jerarcas eclesiásticos a elegir o a deponer reyes, hacer leyes civiles, y gobernar naciones, error teológico denominado cesaropapismo.

197. El que obedece no puede equivocarse, porque hace la voluntad de Dios. Hay que matar el juicio propio. La obediencia es pura fe y pura caridad. El Papa es Cristo en la tierra, etcétera. Todo eso es menester entenderlo bien.

198. Algunos representantes de Dios parecen a veces pretender substituirse a Dios. ―Lo que yo digo es para usted la voz de Dios, no se puede seguir nunca el propio juicio. La obediencia lo dispensa a usted de todo. Eso ya no se puede entender bien, es engaño. Sería un grave y dañoso error teológico equiparar la obediencia con las virtudes teologales.

199. La obediencia, como todas las virtudes morales, tiene sus límites. No se puede amar demasiado a Dios, no se puede esperar ni creer demasiado; pero sí obedecer demasiado a un hombre.

200. Los límites de la obediencia son la caridad y la prudencia. No se puede obedecer contra la caridad: en donde se ve pecado, aun el más mínimo, hay que detenerse, porque “el que des-preciare uno de los preceptos éstos mínimos, mínimo será llamado en el reino de los cielos”. Y no se puede obedecer una cosa absurda; porque “si un ciego guía a otro ciego, los dos van al hoyo”.

 201. ¿Se puede obedecer un mandato absurdo? Materialmente se puede a veces, helás, pero ningún voto religioso obliga per se a tal cosa, “status enim religiosus est status racionalis, non irracionalis”. (Cf.: A. BALLERINI: Op. Theol. Mor., vol. IV, n9 130.) 202. ―Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres‖. Esto dijeron los Apóstoles ante el sinedrio, que los conminaba a cesar su predicación. Pedro, Santiago y Juan resistieron a las autoridades religiosas con esta palabra. ¿A dónde iríamos a parar? Conozco un cristiano que escribió esta palabra a una autoridad religiosa, y recibió esta respuesta: ―¡Eso lo han dicho todos los herejes!‖ ¿Qué me importa a mí? Eso prueba que está en la Sagrada Escritura; y que los herejes lo hayan mal usado, no lo borra de la Escritura.

203. ―El Evangelio enseña que la primera virtud del cristiano es obedecer a la jerarquía‖. Puede leer todo el Evangelio y no encontrará esa enseñanza de este teólogo improvisado. Al contrario, Jesucristo anda todo el tiempo aparentemente levantado contra las autoridades eclesiásticas, quiero decir, religiosas. Aparentemente, he dicho.

204. Un ironista inglés ha dicho con gracia: “los que conocen el punto exacto en el cual hay que desobedecer, ésos son pocos y les va mal, pero son grandes bienhechores de la humanidad”. El punto exacto es cuando los mandatos de hombres interfieren con los mandatos divinos, cuando la autoridad humana se desconecta de la autoridad de Dios, de la cual dimana.

205. En ese caso hay que “acatar y no obedecer”, como dice Alfonso el Sabio en Las Partidas: es decir, reconocer la autoridad, hacerle una gran reverencia; pero no hacer lo que está mal mandado, lo cual sería hacerle incluso un menguado favor. Si esto que digo no fuese verdad, no habría habido mártires.

206. En este Evangelio (Mat. XXII, 15-30) tan conocido y decantado, se propone a Cristo la cuestión de la obediencia a las autoridades civiles, y por extensión a toda autoridad en general. “Dad al César lo que es del César, pero dad a Dios lo que es de Dios”. ¿Qué podemos decir acerca de este efato que no haya sido dicho mil y una veces? ¿Y asimismo que no haya sido muchas veces también interpretado mal, como una moneda ya gastada por el uso? Los democristianos, por ejemplo, creen que hay que darse por entero al César; es decir, a la política. Se meten a salvar a las naciones, por medio de la política, antes de salvarse a sí mismos.

 207. Cristo se hizo mostrar una moneda nueva, no la tomó en sus manos, y desconoció a Octavio Augusto. —¿Quién es éste? —preguntó. —El César de Roma. —Pues entonces, dad al César lo que es del César… —es decir, las monedas; no le deis el alma

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s