CRISTO MURIÓ POR NOSOTROS

Hemos visto someramente el misterio de la Encarnación en tres tesis: Jesús es verda- dero Dios — Jesús es verdadero hombre — Esas dos naturas se unen en una sola persona. En la Encamación surgen varios misterios, que pueden condensarse en realidad en uno solo que es el de la unión hipostática, el cual ha traído muchas dificultades. Si se suprime a Dios o se suprime al hombre, como dijeron en un principio los herejes, no hay ninguna dificultad. Pero si se admite que hay verdadero Dios y verdadero hombre, con sus naturalezas enteras que se han unido, la cosa es complicada y ha dado lugar a muchas discusiones. Más o menos lo zanjó Sto. Tomás hace mucho tiempo pero su solución más o menos ya estaba en la tradi- ción de la Iglesia.

Hemos visto también el enjambre de opositores a esas tesis, o sea la resistencia de la razón humana ensoberbecida a cautivarse a Dios. Ahora pasamos al fin de esa Encarnación, que es la Redención, un misterio más grande si cabe. “Una religión sin misterios, no puede ser una religión verdadera”, dijo Pascal.

Lo que pide la fe es que se cautive el entendimiento del hombre, es decir, que en algunos casos renuncie a él y eso le cuesta mucho a la razón humana, sobre todo cuando es soberbia. Es obvio que tiene que ser así pues si la inventa el hombre sabe poco de Dios, si la revelación se limita a lo que el hombre puede saber de Dios. Quedamos en que el hombre no puede saber nada de Dios y nos ocurriría lo que le pasó al deísmo inglés, que quería amoldarse a la consigna de Kant: “La religión dentro de los confines de la razón pura”.

Así salió el deísmo que es una religión apagada, que no sabe nada, que en el fondo acaba en el ateísmo, porque un Dios que cabe en la cabeza del hombre no es Dios.

El misterio no es ni contradicción ni oscuridad: es no entender. La contradicción es absurda; el trabajo de los teólogos ha sido liberar del absurdo a los misterios de la fe. Tam- poco es oscuridad solamente porque no son oscuros los términos de los misterios que cree- mos, son enteramente obvios o vulgares; no hay oscuridad, lo que ocurre es que no enten- demos, no podemos entender. Por ejemplo, con respecto a mí, el binomio de Newton. Entiendo los términos (a + b)2 = a2 + 2 a b + b2, pero no entiendo la demostración del mismo hasta que alguien me la enseñe.

Pero en la Revelación creemos a Dios y no a otros hombres. Pero pasa como en “La Prensa” diario del 29-8-75, donde creen o quieren creamos a un inglés Lovell que con un te-lescopio electrónico pudo captar la explosión que dio origen al Universo —dice él—. Una cosa pasadísima, una gran masa que explotó y dio origen nada menos que al Universo.

En la Redención podemos notar tres misterios

1° el Pecado Original por el cual se hizo —

2° la inmensidad de los dolores de la Pasión de Cristo —

3° por qué ha de seguir siendo castigado en nosotros el Pecado Original, después de haber sido redimidos y bautizados.

La respuesta a estas tres objeciones es una sola: la inmensidad del pecado que es “en alguna manera infinito”, porque es una relación en uno de cuyos extremos está el hombre, en el otro la infinitud de Dios. Sto. Tomás dijo que todas las cosas que tienen algún contacto con Dios son en alguna manera infinitas. Pone como ejemplo justamente al pecado. También pone el ejemplo de la humanidad de Cristo, la persona de la Sma. Virgen, el Infierno, el Cie- lo. Dice que son cosas en cierta manera infinitas porque se relacionan con Dios.

Adversarios: los principales de la Redención uno por carta de más y otro por carta de menos son: Lutero y su hijo Freud, y Pelagio y su hijo Ruso (o Roseau).

Lutero (y otros muchos) consideró la Redención como ineficaz porque el pecado corrompe de manera irremediable la natura humana, de modo que para que Dios Padre nos acepte. Cristo echa sobre nosotros como un manto sus méritos, lo mismo que Jacob se puso guantes velludos de cabrito para hacerse pasar por hermano de Esaú. El Padre Celestial nos hace entrar en el Cielo con suciedad y engañado con el capote de los propios méritos de Cristo. Estaría, según Lutero, más ciego que Isaac cuando fue engañado por Jacob.

Es curioso que esta idea de los luteranos de la perversión absoluta e irremediable de la natura humana haya rebotado en nuestros días en la Cosmovisión o “WeltAnschaung” del ateo Freud.

Para Freud nuestra natura está afectada irremediablemente por la “concupiscencia” (en sentido más restringido que San Agustín) y de eso no la redime ni Mongo. La concupiscencia, hoy día, se refiere a la lujuria, a lo sexual, pero no era así en los Santos Padres. San Agustín dijo que por el Pecado Original se soltó la concupiscencia, pero él entiende por con- cupiscencia a todos los deseos malos contra cualquiera de los siete pecados capitales: la soberbia, la lujuria, etc.

Para Freud, la concupiscencia es la líbido que llama él (o libido como dicen aquí). Por supuesto que Freud no dice ni Pecado original ni Redención, sino que habla de los tres estratos que hay en el hombre el Ello, el Yo y el SuperYo.

El ello o sea el inconsciente es una especie de animal fiero e inmundo cuyos atributos son: escondido, insaciable, sexual, indomable e incorregible.

En el otro extremo está la sempiterna herejía de Pelagio Angélico que niega el Pecado Original y por tanto la necesidad de la Redención: el hombre se salva o se condena por su libre albedrío. La gracia de Dios y la Pasión de Cristo que la mereció sirven pero no “ad esse” sino solo “ad bene esse” (no para ser sino para ser bien) es decir son como añadiduras muy útiles pero no necesarias, porque la gracia para Pelagio no era nada más que el esplén- dido don que Dios hizo a la naturaleza humana dándole el libre albedrío.

Pelagio fue un monje inglés cuando los Anglos eran la raza más recia y hermosa del mundo (non Angli sed Angueli). El Papa Gregorio I el Grande, que mandó misioneros a Inglaterra, los mandó porque le trajeron dos prisioneros ingleses jóvenes y él se quedó es- pantado de la belleza de los dos ingleses y entonces dijo aquella frase: “No anglos sino án- geles”.

Entonces mandó a San Agustín de Cantorbery a misionar a Inglaterra. El mismo quiso ser misionero e ir a la Ultima Thule, como le decían a Inglaterra. Esto ocurrió antes de que fuera Papa.

Pelagio no era sacerdote, sino lo que llamaban entonces “asceta” o “cenobita”. Una especie de monje laico o doctor laico. Era elocuentísimo, muy diserto, con gran don de gen- tes y muy austero; más aún, rigorista.

Fue a Roma e hizo muchos prosélitos, el principal el Obispo Juliano de Enclasum y otros 17 Obispos (no todos de golpe sino durante el curso de su predicación). La herejía que él predicaba era en el fondo nada más que naturalismo. Naturalismo que ha rebotado hasta hoy, que dice el historiador de las herejías, el Canónigo Cristiani que es la última de las herejías porque después de ella no puede haber nada más malo. Pero se equivoca porque hay todavía un paso que dar en la línea de la maldad, que lo va a dar el Anticristo. El paso es hacer adorar al hombre como si fuera Dios.

También tuvo como discípulo al Papa Zózimo y hasta al mismo San Agustín cuando se encontró con él en Cartago como refugiado de la gran catástrofe de los visigodos y Alarico, que saquearon a Roma.

Allí lo “engatusó” a San Agustín. Quedó muy entusiasmado con Pelagio porque su vida era enteramente correcta y edificante. Luego viajó a Efeso y se hizo ordenar sacerdote. Algunos creen que predicaba de buena fe que la gracia no era más que el espléndido don divino del libre albedrío. Pero cuando San Agustín se dio cuenta que los pelagianos predica- ban en realidad la inutilidad de Cristo, reaccionó con violencia, quizá demasiada, y escribió 4 libros “De natura et gracia” el principal— e hizo condenar a Pelagio en el Concilio de Cartago, en el año 411.

Pelagio había nacido en el año 354, el mismo que su acérrimo enemigo San Agustín. Cuando fue condenado tenía 57 años. El pelagianismo se propagó mucho y repentinamente, pero también se acabó pronto al golpe de varios concilios locales. Sin embargo dejó su huella: el semipelagianismo, al cual se adscribió el gran Padre de la Iglesia o escritor eclesiástico Casiano. Este famosísimo Abad Casiano de Marsella, autor de las “Collatíones” (en el que relataba la vida de los padres del desierto o eremitas) fue llamado la atención varias veces, pero no hacía caso. Defendió tan sólo que “el inicio de la fe parte de nosotros, lo mismo que la perseverancia final”.

Los teólogos ortodoxos dicen que el comienzo de la fe es de Dios. Dios manda una moción para que tengamos la fe y la perseverancia final, es decir, perseverar toda la vida hasta la hora de la muerte es un don de Dios que hay que pedir.

Pelagio, a los 14 siglos, tuvo un hijo no parecido a su padre en hermosura y austeri- dad, sino feo, inmoral y demente: Juan Jacobo Ruso o Roseau, que sabía escribir en francés (es lo único bueno que tenía) y con sus obras propagó como quemazón, en la corrompida aristocracia francesa del siglo XVIII, el “naturalismo”, que es pelagismo agravado y que ha llegado hasta nuestros días, cuya peor variedad es el modernismo, que en el fondo es naturalismo.

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