ENTRA JESUCRISTO

Solamente hace escasas alusiones: “Tendrá un tesoro en el cielo”, al muchacho que quiere convertir. “El ciento por uno en esta vida y después la vida eterna”, a los Apóstoles. “Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso”, al Buen Ladrón. “Venid benditos de mi Padre al Reino que os tiene preparado”, en la Parábola del Juicio Final. “Mejor te es entrar manco en el Reino de los Cielos…”

Después vienen las alusiones al cielo en varias Parábolas, bajo la metáfora de un convite de bodas, como en día de los Invitados, y en la de las Vírgenes Prudentes… Final- mente, la continua referencia en la denominación del “Reino de los Cielos” y la Vida Eterna—sobre todo en las Bienaventuranzas—. Multitud de menciones también de la Resurrección. “Entonces serán como ángeles del cielo”. Cuando hablaba de la Resurrección, hablaba de la propia y de la nuestra. Solamente en San Juan hay 15 alusiones al Paraíso:

III 5 — “Para que no perezca sino que tenga vida eterna”. III 36 — “El que cree en el Hijo tiene la vida eterna”.

IV   14 — “Se hará en él una fuente de agua viva que salta hasta la vida eterna”. IV  36  “Y junta fruto de vida”

V  24 — “El que cree en el que me mandó tiene vida eterna” V  40 — “Si queréis venir a Mí para tener la vida eterna”.

VI  27 33 40 — “Buscad no tanto el manjar que se consume sino el que dura hasta la vida eterna”. . . (y repite dos veces más en el recitado de la Eucaristía en Cafamaún)

VI 54 — “Si no coméis Mi cuerpo no tendréis vida en vosotros”, X 10 — “Vine para que tengan vida y vida más abundante”

X 28 — “Y Yo les doy la vida eterna y no perecerán”.

XVII — “Y la vida eterna consiste en conocerte a Ti, Dios solo verdadero y a quien envias- te”.

XX 37 “Para que creyendo tengáis la vida en su nombre. . .”

Ninguna alusión al amor humano ni cita vez alguna al Cantar de los Cantares, que es un epitalamio bien atrevido, que según los intérpretes significa de la manera más eficaz y aproximada posible la unión de Dios y el alma. El Cantar de los Cantares los hebreos lo prohibían a los jóvenes, para los menores de 30 años y también las profecías de Daniel hasta esa edad estaba vedado leer; yo no sé bien ésta por qué. Quizá porque habla del Anticristo de una manera muy fuerte que podía traer desesperación si la leyeran los jóvenes.

ENTRA SAN PABLO

“Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni mente humana pudo saber lo que Dios tiene prepa- rado para los que le sirven”.

II Corintios XII, 4 — “Si elegimos gloriamos (aunque no conviene) vendré a las visiones y revelaciones del Señor. Conozco en Cristo a un hombre, (se refiere a él mismo) que hace menos 14 años (si estaba en su cuerpo no sé, si fuera de él no lo sé. Dios lo sabe) que fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y sé que tal hombre (si en el cuerpo o fuera de él no lo sé, Dios lo sabe) que fue arrebatado hasta el Paraíso, oyó allí palabras arcanas, que no es permitido decir al hombre. . .”. También Sta. Teresa, refiriéndose a la séptima morada, afirma que no se puede describir, que es inefable.

En el mismo San Pablo es frecuentadísima la mención de la Resurrección de Cristo “en quien todos hemos resucitado”. Es el centro de la Revelación de Cristo y provoca en el apóstol un entusiasmo delirante (si me es lícito decirlo así). En nuestro bautismo, según él, hemos sido sumergidos en la muerte y en la Resurrección del Salvador, que hace a nuestro cuerpo superior no sólo al mineral, a la planta y al animal, sino también a los cuerpos no bautizados; es una semilla de la Resurrección que el Apóstol no vacila en llamar “cuerpo celestial”.

Veintidós veces nombra San Pablo la Resurrección en sus Epístolas, conectando la nuestra con la de Cristo y la de Cristo con la Parusía o “resurrección de la carne”, la cual el Apóstol no llama como nosotros “segunda venida” o Retorno de Cristo.

Un teólogo actual, un filósofo más bien, Adolfo Muñoz Alonso, en un libro que escribió sobre el Infierno que se llama “La cloaca de la Historia”, toma de San Agustín esa idea; dice que no debemos decir “retorno de Cristo” porque Cristo no retorna; somos noso- tros los que subimos a Cristo. Cristo no baja a la tierra por segunda vez. Somos arrebatados hacia El.

Copiaré uno de los textos principales (I Cor. XV 35). Todo el final de la I Epístola a los Corintios cap. XV— trata de la Resurrección; desde el versículo 35 dice acerca del MODO: “Dirá alguien ¿cómo resurgen los muertos y con qué cuerpo vendrán? “Ignorante, lo que tú siembras no revive sin morir pri mero. Y lo que siembras no es el cuerpo que ven- drá sino un desnudo grano, como de trigo o de otros cereales. Dios le da a ello un cuerpo como le place, y a cada semilla su propio cuerpo.

“No toda carne es igual; una de los hombres, otra de los animales, otra de las aves, otra de los peces. Y cuerpos celestes y cuerpos terrestres, y una es la gloria de los celestes, otra de los terrestres. Pues una es la claridad del sol, otra de la luna y otra la de las estrellas; pues de una estrella a otra difiere la claridad; así en la resurrección de los cuerpos”.

“Se siembran en corrupción (griego Fthora, podre) resurgirán en incorrupción. Se siembran en ignominia, resurgen en nobleza. Se siembran en debilidad, resurgen en virtud. Se siembra cuerpo animal, resurgirá cuerpo espiritual”.

“Si hay cuerpo animal hay también espiritual, como está escrito: “Y fue hecho Adán .en psiquis viviente, mas el nuevo Adán en espíritu vivifica. Pero no primero lo que es espiritual, sino lo animal y después lo espiritual. El primer hombre de la tierra, terrestre; el segundo hombre, del cielo, celeste. Así pues, como hemos llevado la imagen del terrenal, llevemos también la imagen del celestial…” y sigue el arrebato y la gloriosa transformación de los resucitados.

Hay un pasaje difícil acá que no es necesario tomar literalmente o como una mane- ra de decir de San Pablo. Dice que al venir Cristo resucitarán los muertos, no todos juntos, sino que los primeros que resucitarán será una tanda de muertos que son los martirizados por el Anticristo y que han sido constantes en la persecución al mismo tiempo, dice San Pablo, los que vivimos, los que estemos en la tierra, saldremos al encuentro de Cristo Glorificado en el aire. Ahora qué quiere decir eso, no lo sabemos. San Pablo creía que la Parusía estaba cerca, como lo creían todos los primitivos cristianos. Entonces creía que iba a vivir cuando se produjese la venida de Jesucristo. Entonces dice que resucitaremos después de morir un instante, porq;ue nadie se escapa de la muerte. Para resucitar es necesario morir primero. Y saldremos al encuentro de Cristo por los aires. Algunos dicen que eso es una manera de de- cir, en tanto otros sostienen que es literal.

La filosofía griega, desde Pitágoras hasta Plotino, había deducido la inmortalidad del alma, de que ella era inmaterial y simple, como ella se manifestaba a la conciencia. Ana- lizando el acto intelectual del hombre veían que era simple e inmaterial, que no estaba sujeto al espacio y que no estaba compuesto de partes. Por lo que decían que el alma que lo produ- ce no podía descomponerse porque para descomponerse hay que tener partes. Pero los hebreos no hablaban nunca del alma; siempre hablaban del hombre entero, hablaban de la resurrección de la carne, como decimos nosotros. No creían que el cuerpo, solo, material- mente, iba a resucitar. Naturalmente, el hombre solo no podía hacerlo. Por eso Jesucristo les dijo a los saduceos cuando vinieron y le pusieron una dificultad referente a quién pertenecía la mujer viuda que había casado con varios hermanos sucesivamente: “Insensatos, erráis porque ignoráis la Escritura y el Poder de Dios…” La secta de los saduceos negaba la resu- rrección como los incrédulos actuales que son ambos los adversarios deste dogma, el final y la cúspide del Credo.

Después de San Pablo remata nuestra tesis la Epístola I de San Juan (III 2) “Carísimos, nosotros somos ya ahora Hijos de Dios;

Pero lo que seremos algún día

No aparece todavía

Sabemos sí que cuando se manifieste

Seremos semejantes a El

Porque lo veremos como El es…”

Por la visión beatífica seremos unidos al Ser de Dios y seremos como dioses, es decir semejantes a El. Esta es la promesa falsa que hizo el diablo a Eva. No se puede decir cosa mayor que esa. Seremos unidos íntimamente porque los espíritus se unen por el intelec- to y el nuestro, confortado con una ayuda especial llamada el “lumen gloriae” o luz de la gloria, se fusionará con el Creador con una fusión espiritual que no solamente no hemos visto nunca, sino que no podemos imaginar siquiera, como dice San Pablo. San Pablo dice que no se puede contar lo que le pasó cuando estuvo en el tercer cielo. Sta. Teresa habla de seis o siete maneras de oración extraordinaria. Hubo muchos místicos que no supieron ex- plicar el grado de oración extraordinaria, pero Sta. Teresa lo explicó magníficamente. Prime- ro de recogimiento, después de quietud, tercero de unión (que tiene tres o cuatro grados, el arrobamiento, el desposorio espiritual, el matrimonio espiritual). La sétima morada renuncia a explicarla como imposible, pero tiene una comparación: que hay tres maneras de unión con Dios, como por ejemplo dos velas que se pueden unir por las llamas, después hay otra unión más nítida que es juntando las dos velas y la tercera es la más subida, es decir, fun- diendo las dos velas sin que desaparezcan las dos llamitas, sin que la personalidad humana sea aniquilada o deshecha por la personalidad de Dios, sino que las dos personas permane- cen cada una ella misma, pero lo que se siente y lo que se ve se funde en Dios de tal manera que no se puede separar.

¿Pero, me ha dado Dios vestigios o ejemplos de ese sublime y divino estado a que estamos destinados? Sí, en el mismo San Pablo, cuando fue arrebatado al tercer cielo. Una antiquísima tradición o doctrina teológica enseña que Moisés (como está escrito en el Anti- guo Testamento) y San Pablo, (como este mismo dice) vieron a Dios cara a cara, o sea en su propio ser y no por espejos o enigmas como nosotros. A esto se oponía lo que dijo el mismo Dios: “Nadie puede ver a Dios en esta vida y seguir viviendo”. Se abrió una discusión inter- minable sobre este punto, desde San Agustín, cuya opinión varía desde la juvenil a la de la madurez. Habían aparecido dos nuevos candidatos a la visión de Dios en esta vida, San Benito y ¡abajo los sombreros! la Santísima Virgen María. Sto. Tomás instituye un análisis profundo y minucioso en varias obras, sobre todo las dos Summas, cuyas conclusiones últi- mas parecen ser:

1  —Milagrosamente. Dios puede conceder un cachito de la visión beatífica en es- ta: vida, como sin duda concedió a San Pablo.

2 — Esta visión es fugaz como un relámpago, imperfecta y rarísima.

3  — Solamente puede darse en un rapto, o sea medio fuera de la vida (“si estaba en mi cuerpo no lo sé, si fuera de mi cuerpo no lo sé, Dios lo sabe”). De María Santísima no dijo nada Sto. Tomás, no quiso meterla en cuestiones a la Reina de Cielos y Tierra, pero antes había dicho en la Summa (III qu, 27, a, 5) que Ella recibió toda la plenitud de gracias que pueden caber en una criatura, lo cual ya había indicado el Ángel (“llena de gracia”).

Pero después surgieron otros candidatos: Adán, los fundadores de las órdenes reli- giosas como San Ignacio (que dicen tuvo en Manresa un rapto de siete días) es dudoso esto; un rapto debe haber tenido, pero de siete días ya es mucho decir. Y como no tenemos más testimonios que los de los vecinos de Manresa que lo dieron por muerto, no es tan seguro como el testimonio de Sta. Catalina de Siena, que estuvo tres días como muerta, de tal mane- ra que la iban a enterrar y cuando despertó se encontró con que le habían puesto ya la cera en los ojos para enterrarla.

Dijo que había tenido un rapto y dictó —porque no sabía escribir— su obra prin- cipal que se llama “El diálogo”. Este rapto sí lo creo. También tuvieron raptos San Juan de la Cruz y la postrera pero no la última (last but not least) Sta. Teresa de Ávila, la que también habla de un rapto y dice que incluso el cuerpo pierde calor y queda como muerto.

Dios hizo para nosotros un milagro que debe faltar poco para no ser igual a la crea- ción del mundo. Una santa que era a la vez una gran escritora, capaz de analizar su interior mejor que Sto. Tomás, la cual hizo el análisis de la “oración extraordinaria”, como ya he dicho, hasta llegar a la Séptima Morada o Cumbre de Contemplación (o Muerte Mística para Sta. Catalina de Siena).

Y  desta cumiare Sta. Teresa dice lo mismo que San Pablo, que no es posible decir- la ni describirla, ni explicarla, ni entenderla, y que ella cree que es descubrir en un relámpa- go fugitivo alguito de lo que ha de ser nuestro destino eternal. En cuanto a la excelencia des- te favor extraordinario y momentáneo no tiene palabras para ponderarlo, ni yo tengo pala- bras para recordar lo que han dicho de él algunos demoníacos contemporáneos, como Pierre Janet, Leuba y los argentinos Ingenieros y el Dr. Ombra Bella, que desprecian todos los fe- nómenos místicos de los santos y lo atribuyen a cualquier cosa, como Freud a la sexualidad.

Sin embaído, por grande y pasmosa que sea esta rarísima y excepcional experien- cia que se da solamente “per modus actus, no per modus habitus”, es decir que se da en un acto momentáneo y no queda luego como hábito, es mayor lo que dice San Juan que sere- mos “semejantes a Dios” y fundidos y asimilados a El como si fuésemos El mismo.

Y  llegamos por fin al Apokalypsis, que al fin y al cabo tiene por asunto la resu- rrección de los muertos y todo lo que la precede. Y todo lo que nos describe del cielo son los cuatro animales, los veinticuatro ancianos y millares de ángeles que están rodeando el trono de Dios con cítaras canta que te canta; que nos hacen acordar lo que dijo el chico a la madre que le explicaba la gloria del cielo; “mamá, y si nos portamos bien toda la semana; ¿el do- mingo podemos ir al infierno a divertirnos un poco?”.

En efecto, cuando llega el momento de mostrarnos el mundo de los resucitados, el Vidente no describe gran cosa, describe una gran casa o palacio que baja del cielo y asienta en el Monte Sión, edificada “ex vivis et electis lapídibus” que dijo San Pedro, de electos y vivientes sillares. Cada una de las almas en su lugar, componiendo una armonía perfecta. Pero la ve como una casa o palacio, que no dice nada. Si va a bajar realmente del cielo una ciudad de 16.000 millas cuadradas, de medidas inverosímiles, 12.000 estadios de anchura, longura y altura —o sea en forma de cubo— no lo sé ni me importa mucho. En realidad es un símbolo que a algunos no les gusta mucho por ser “una ciudad mineral, una ciudad fría y metálica”, como dijo el Canónigo Viñas; un símbolo del mundo nuevo de los resucitados, pues dice la Voz Magna —Velay la morada— De Dios con los hombres — y ellos serán su pueblo — Y El con ellos su Dios. Y los ladrillos desa casa son todos piedras preciosas y oro.

Las basas, que son doce, son de jaspe, zafiro, jalcedón, esmeralda, cornalina, sar- dón, crisólito, berilo, topacio, crisópaso, jacinto, amatista. Y las 12 puertas ¡cada una perla! Menos mal que hay también un río de Aguas de vida, y del río aquende y allende el Árbol de la Vida que da doce frutos, cada mes un fruto y las hijas del árbol medicina para las gentes.

Pero lo que a mí más me contenta es que “no entrará nada manchado en ella” —en la Nueva Jerusalén— ni los que hacen asquerosidad y mentira y lo que es más, en esta “mo- rada de Dios con los hombres” no habrá más enfermedades, “pues la muerte ya no será”. Y secará Dios las lágrimas de sus ojos. Ni el grito ni el luto ni la pena, ya no serán. Porque lo de antes pasó. Con esto, aunque sea negativo, a mí me basta. Si hay más ya lo veremos.

El gaucho uruguayo Salaberry —mi maestro de filosofía de quinto año— decía que lo que más le contentaba era el dote de agilidad.

La agilidad es la posibilidad de moverse instantáneamente de un lado a otro. Tam- bién los resucitados tendremos las cuatro dotes que mostró Cristo Resucitado a saber: impa- sibilidad (no poder sufrir, ni enfermarse, ni morir) agilidad, que ya lo dije, sutileza, poder pasar por los cuerpos sólidos como pasaba Cristo en el Cenáculo, y claridad o belleza. Con el don de agilidad podremos viajar por todos los astros desta galaxia y las demás y comprar un lotecito, digamos en Júpiter, con una casita para recibir visitas de compinches; pues en todo el Universo sí que habrá espacio para los miles de millonadas de salvados.

Mark Twain hace una sátira bastante estúpida de la Resurrección, diciendo que no cabrán todos los resucitados en esta tierra. Pero quién le dice a él que vamos a estar todos en esta tierra. Podremos estar en todas partes, donde queramos. Este escritor, con ese cuento que se llama “La Visión del Capitán Ringless” o algo así, cree postrar a la Iglesia diciendo estupideces. Lo cierto es que en la Nueva Jerusalén del Apolaketa, simplemente no cabe ni la millonésima parte de los resucitados, dicho con todo respeto. La Resurrección es más ver- dadera que el triste, hecho que todos habernos de morir. De modo que podemos morir tranquilos.

Pbro. Leonardo Castellani

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