EL ESPÍRITU SANTO SANTIFICA

LA GRACIA

 Se atribuye al Espíritu Santo la Santificación y eso el mismo Cristo lo dijo. Los teólogos tienen como axioma esto: ”Todo lo que Dios obra “ad extra” (al exterior de El mismo) lo obran las tres divinas personas conjuntamente, porque resulta que las operaciones son de la naturaleza, decía Aristóteles, y en Dios hay una sola naturaleza.

 De manera que las operaciones de Dios proceden de la naturaleza divina pero se atribuyen a algunas de las tres divinas personas a causa de razones históricas.

 Sin embargo existe la “apropiación” o “atribución” por la cual atribuimos a una Persona en especial una actividad: al Padre la Creación, al Hijo la Redención, al Espíritu Santo la Santificación. Cristo mismo nos dio el ejemplo; y el Ángel de la Anunciación dijo a Nuestra Señora: “El Espíritu Santo vendrá sobre tí…” y así la Iglesia atribuye al Espíritu Santo la justificación o perdón de los pecados, las obras meritorias y en general todo lo que pertenece a la gracia. La “gracia” es el principio de la santificación.

 La palabra “gracia” significa cuatro cosas por lo menos, o sea belleza, agrado, bien, don gratuito y don santificador producido en nosotros por la presencia en nosotros de las personas divinas; por ejemplo: “falaz es la gracia y vana la hermosura, la mujer que teme a Dios, ésa será alabada” (Libro de los Proverbios).

 San Lucas dice: “María, has encontrado gracia delante del Señor”, como rezamos todos los días. Don gratuito, dice San Pablo: “por él recibimos la “gracia y el apostolado” en este caso es un don gratuito porque significa la “gracia del apostolado”. Y por último la palabra “gracia” propiamente, tal como la usamos, significa el medio de la santificación, o sea una cualidad adherida al alma (de la categoría del hábito, o sea cualidad permanente).

 Han discurrido los teólogos que pertenecen a la categoría de Aristóteles que se llama el hábito, que tiene cuatro partes y una de ellas es la cualidad. La gracia es una cualidad del alma, no extrínseca sino intrínseca, procedente de la inhabitación de Dios en nosotros. De esta cualidad habla San Pablo veinte veces lo menos —el cual es el Apóstol, de la Gracia, así como San Agustín es el teórico de la Gracia—.

Ella es invisible, benéfica y permanente (como decía mi amigo César Pico: “creo en la gracia porque no la veo” y tenía razón porque se cree lo que no se ve). Si es que la recibimos libremente y no la perdemos libremente, porque supone la aceptación por parte del alma y después la conservación de la gracia, es decir no hacer nada que la haga perder. Los Sacramentos son sus canales y la luz de la gloria es su efecto final. Para llegar a la visión beatífica, a la visión de Dios cara a cara la naturaleza humana es insuficiente, porque el entendimiento humano no está hecho para la visión intuitiva de Dios sino que está hecho para la visión de las cosas sensibles, de las cuales saca los conceptos, que no son intuitivos. La intuición de Dios necesita una ayuda especial, que le llaman “lumen gloriae” “la luz de la gloria” y que produce la gracia; la terminación de la gracia en el hombre es “la luz de la gloria”.

Todo lo que hay de bueno en nosotros viene de la gracia, excepto la naturaleza, la cual tampoco es del todo buena, porque nacemos con la naturaleza deteriorada. “Gratia Dei sum id quod sum”, dice San Pablo: “Por la gracia de Dios soy lo que soy”.

Sabemos que nacemos con el pecado original, cometido por nuestros primeros padres, que habían sido creados en gracia elevante y en integridad natural por puro privilegio.

Por, eso hay una teoría sobre el pecado original, que es la más mansa de todas, digamos, que es la de Billot, que dice que Dios al castigar a Adán, no le quitó nada que le debiera, de manera que no hizo ninguna injusticia ni a él ni a nosotros, porque nosotros heredamos la naturaleza tal como la tienen nuestros padres. Si nuestro primer padre no tiene la naturaleza elevada no puede transmitirla elevada; Dios no la eleva tampoco; una vez que pecó Adán, a los descendientes no los elevó a un estado privilegiado como el de Adán que tenía la “justicia original” o sea el “estado de gracia” y la “integridad natural“, es decir la no muerte, la no sujeción a la muerte y a las cosas que la muerte trae que son las enfermedades.

 

Billot defiende esa teoría: que el hombre si naciese naturalmente tendría lo mismo que tuvieron nuestros primeros padres. Ahora, ¿por qué el hombre está en una situación que nos parece miserable y nuestros primeros padres estaban en una situación muy elegida, muy hermosa, muy benigna? Porque estaban en el Paraíso. Ya les conté la comparación que hace Billot de que por qué ahora a nosotros nos es pesada la situación actual siendo así que es la situación que tendríamos naturalmente si Dios no nos hubiera ni castigado ni favorecido nada, sino creados en nuestra naturaleza.

 

Lo explica haciendo la comparación con un rey que pierde su trono y después el hijo del rey, el heredero, le parece que está enfermo porque tiene que trabajar como obrero, en cambio a los obreros no les hace nada trabajar como obreros porque es la situación natu- ral de ellos, pero el otro había sido creado para otra cosa y por haber sido educado para otra cosa le resulta como una enfermedad estar sujeto a los trabajos de esta vida. Es muy comba- tida esta teoría de Billot, aunque a mí me gusta; lo tratan de pelagiano o semipelagiano, que equipara la gracia a la naturaleza.

 

Se dice que el ser humano puede hallarse en cuatro estados diferentes, de los cuales dos son históricos, los otros solo posibles y teóricos. A saber:

 

1.   estado de natura pura (es solamente teórico porque nunca ha estado el hombre en estado de natura pura. Apenas lo creó Dios lo elevó).

2.   estado de elevación sobrenatural (eso existió)

3.   estado de natura caída no reparada  (eso no ha existido nunca)

4.   estado de natura caída y reparada (esto es histórico, después de la venida de Cristo N.S.)

 De natura caída y no reparada no existió. Después que cayeron y Dios los castigó a Adán y Eva, en el mismo momento en que los castigó, les prometió la venida del Redentor, de manera que los reparó en promesa y todos los Santos del Antiguo Testamento fueron re- parados por la esperanza en Cristo.

Pero el primer don de Dios o sea gracia es la verdad de las cosas: “omne ens est verum”. Las cosas son verdaderas en sí mismas, antes de serlo para nuestro intelecto. Lo conocido está entre dos intelectos, el de Dios que lo causa y el del hombre que lo percibe.

El primer mal paso de la filosofía llamada moderna, que comienza con Descartes y se precipita con Spinoza es haber negado la verdad que es el ser de las cosas y depende del espíritu de Dios: y haberla aprisionado en el espíritu del hombre.

De allí lógicamente había que derivar al panteísmo, como derivó el judío impío Spinoza, y los “tres grandes sofistas”, Fichte, Schelling y Hegel.

La verdad de las cosas (“omne ens est unum, omne ens et verum, omne ens est bo- num”) es uno de los axiomas fundamentales de la filosofía aristotélica. Por supuesto que Aristóteles lo heredó de Platón y después lo legó a la teología de Sto. Tomás, modelando ambos la antigua y trascendental herencia de la filosofía griega.

La elevación a la Sobrenatura y la Reparación de la caída se efectúa por la gracia llamada “elevante”. Pero Dios no renovó la gracia de la integridad de la naturaleza, sino so- lamente la gracia de la adopción del hombre como hijo de Dios para el cielo, para la gloria, pero nos dejó todos los castigos que tenemos ahora que son bastantes; nos dejó encima por- que le fue mal la primera vez que puso a los hombres en un paraíso de delicias; y entonces dice, bueno, que aprendan…

Cristo nunca nombró la Gracia (con ese nombre) pero habló de ella varias veces; por ejemplo.

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. . .” “Sin mí no podéis nada”. Jo.XIV,23   “Si quis diligit me, sermonem meum servahit, et Pater meus díliget eum, et ad eum venemus et mansionem apud eum faciemus”. “El que me ama, cumplirá mis mandamientos; y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos nuestra morada en él…” La morada de Dios en nosotros es esa cualidad invisible, intrínseca, que es la gracia. También le dijo a Nicodemus que había que nacer de nuevo para entrar en el Reino de los Cielos.

La Escritura habla de la Gracia con variadísimos nombres: es un Don, una Vestidura, un Injerto, un Nacer, un Renovarse, una Fuente de agua viva, una Adopción, un Consorcio, un Sagrario, una Alianza, una Amistad, un Matrimonio.

 Los teólogos y los herejes se han puesto a explicar y discutir la Gracia y han tramado un verdadero laberinto. Filtraré las cosas más principales y claras:

Hubo dos famosas discusiones sobre la Gracia, en la Historia de la teología.

Una la discusión llamada “de auxilius” entre los dominicos y los jesuitas en el siglo XVI en que el dominico Bañez, que era el jefe de la discusión los acusaba a los jesuitas de ser pelagianos porque no creían en la Gracia sino en el libre albedrío y el Jesuita Molina, autor de un tomo enorme sobre “De Auxilius Graciae”.

El acusaba a los dominicos de calvinistas o sea exageradores de la Gracia. Discutieron casi con ferocidad mucho tiempo y hubo tres intervenciones de la Santa Sede que no logró apaciguarlos y al fin la Santa Sede mandó que no hablasen más de eso. Se acabó la discusión. No se podría acabar nunca la discusión porque, como Billot anotó después, esta- ban discutiendo sobre una cosa que es un misterio, sobre la presciencia divina, es decir cómo Dios sabe lo que nos va a pasar a nosotros siempre, incluso después de la muerte, sin suprimir nuestra libertad. Dios sabe si vamos a salvarnos o condenarnos, eso es la presciencia divina, aunque sabe que si nos salvamos nos salvaremos por su Gracia y si nos condenamos será por nuestro capricho. Los dominicos decían que Dios sabía eso por la predeterminación física, o sea que todo acto bueno nuestro era predeterminado físicamente por Dios, de tal manera que no se podía hacer otra cosa más que lo que Dios había predeterminado.

De modo que negaban el libre albedrío aunque hacían una cantidad de sutilezas para probar que no. Y los jesuitas con Molina a la cabeza, habían inventado la “ciencia media” que decían, también muy complicada, que era una ciencia por la cual Dios conocía todos los “futuribles”, es decir las cosas que podían ser futuras, y entonces Dios elegía de esas cosas que podían ser futuras para el hombre una que El sabía que le iba a resultar bien, la gracia eficaz y entonces se la daba al hombre.

 

De cualquier manera no resolvían el enigma terrible de la “presciencia divina”, cómo Dios sabe todo lo que va a ser de nosotros y sin embargo nosotros somos libres. No podían saberlo. Es un misterio tan grande, aunque es obvio que Dios sabe todo y sabe tam- bién lo futuro, que Cicerón dijo que Dios no conocía lo futuro, pero los cristianos dice que Dios sabe el futuro. Y ese misterio no se puede resolver con razones; no se puede escudriñar en el ser divino, qué es lo que hace que el ser divino sepa lo que va a pasar y sin embargo nos deje enteramente libres en manos de nuestro albedrío.

No se puede resolver, dice el Cardenal Billot y aduce a Santo Tomás que dijo “Al llegar aquí llegamos a un misterio”. Es un misterio. Y se acabó. No podemos ir más adelan- te.

Adversarios de la Gracia: Nombremos a Pelagio, Lutero, y Jansenio.

Pelagio ya lo conocemos: atenuó y casi volatilizó la gracia de Dios: “No es mala cosa pero no es necesaria a no ser que ella sea el libre albedrío”, decía—como “no es necesa- rio el Bautismo ni la Penitencia”, “ni Jesucristo en definitiva”, dijeron sus alumnos; el cual en vida no fue tenido por hereje, pero después exageraron su doctrina y prácticamente anula- ron la Gracia los discípulos.

Cuando San Agustín vio eso, que Cristo ya no era necesario se puso tremendo y escribió tres ó cuatro opúsculos “De Natura et Gratia”, “De la naturaleza y de la Gracia”, contra los pelagianos. Después los hizo condenar en el Concilio de Cartago y después los condenaron en muchísimos otros concilios. No existe el pecado original, como lo entiende el Africano Agustino, decían éstos.

 Lutero y Calvino negaron la gracia, de diferentes modos. Calvino: la gracia a quien Dios la ha dado no la puede perder y no se puede perder él tampoco: es un predestinado. A quien no la da, no se puede no perder. Es decir, inventó  una predestinación  peor que  la  que achacaban a los dominicos los jesuitas.

Lutero cree a la natura corrompida de un modo insanable. Nos salvamos con los méritos de Cristo, el cual nos los atribuye si tenemos la Fe: la fe luterana, que es como una confianza desenfrenada. La gracia viene a ser como una vestidura externa consistente en los méritos de Cristo. Y entonces, el hombre necesariamente hace obras buenas.

Lutero dice: Yo no niego las obras buenas para entrar en el cielo pero yo se que son enteramente seguras cuando hay Fe y la Fe para Lutero, es una fe muy especial, no es la fe nuestra, la fe de los misterios, sino que es una especie de confianza en Cristo desenfrenada, ciega, que no puede doblegarse. A eso le llama Fe Lutero.

Los jansenistas, al revés, (Francia, siglo XVII), tenían una Ley muy rigurosa por un lado, es decir eran muy austeros pero no con ellos mismos sino, con los demás, eran hipócritas en el fondo. Inventaron la gracia suficiente y la gracia eficaz, la cual nos salva; la gracia suficiente sola de hecho nunca nos salva. “Entonces no es suficiente” decían los jesui- tas o “molinistas”, que fueron los grandes adversarios de los Jansenistas.

Pasaron todo el tiempo peleando ferozmente contra los jesuitas a quienes acusaban de laxos en moral, o sea “Casuistas”. Casuistas significa los que se dedican a una ciencia que se inventó entonces: poner casos para ver si hay pecado o no hay pecado en cualquier caso. Los jesuitas adoptaron esa ciencia que San Alfonso M. de Ligorio autorizó, y que es para los confesores, para saber resolver los casos y la casuística se aplica en muchas otras ciencias, por ejemplo, la medicina.

La casuística es una cosa natural. Los jansenistas la reprobaron diciendo que era una cosa inventada por los jesuitas para aflojar la moral de la aristocracia francesa, para permitirle cualquier cosa. Y en parte pasó eso. No solamente los jesuitas sino todos los casuistas empezaron a aflojar, a resolver los casos por el lado benigno, por el lado laxo. Hicie- ron tres escuelas diciendo que había que resolver lo seguro, lo muy seguro y lo común: laxismo, tutismo y tuciorismo (tucior, lo más seguro). Ya no se usa eso. Se resuelven los casos conforme a lo que piensan tres buenos doctores o por lo menos un doctor eminente. San Alfonso María de Ligorio hizo prevalecer el “tutismo”.

De hecho, algunos casuistas, jesuitas o no, tuvieron doctrina laxa, y fueron conde- nados por el Papa siguiente, Inocencio XI, 1679; como por ejemplo: el duelo, la mohatra (venta con engaño), matar a un ladrón por una sola moneda de plata… y otras 65 proposiciones.

El más maltratado de los casuistas fue el español Escobar, quien escribió un Trata- do de Matrimonio. No era tanto como dijeron los jansenistas. Hoy día en la lengua francesa existe la palabra “escobarderíe” que significa “autorizar con manga ancha”; Boileau, dedicó a Escobar este epigrama:

Si Bourdaloue vous dit severe: “Craignez, craignez la volupté” “Escobar vous dirá: “Ma chére:

“Je vous la permet pour la santé…”

Si Bourdaloue (el gran orador jesuita), os dice, severo, “temed, temed la voluptuo- sidad”, Escobar os dirá: “Querida, yo te la permito por la salud”.

 Esa fue una tremenda discusión en la cual al final intervino el Rey y empezó a dar sablazos a diestra y siniestra y acabó con todos, incluso con la madre Angélica que era una de las jefas del Jansenismo. Abadesa de la Abadía de Port Royal, de la cual se decía que “era pura como un ángel y soberbia como Satanás”.

Enrolaron a un gran matemático, Blas Pascal, muy devoto y muy ingenuo, el cual resultó un gran escritor y aplastó a los jesuitas con sus 18 “Cartas Provincianas” que fueron una de las causas de la expulsión en el Reinado siguiente. Son un movimiento clásico de la lengua francesa, aunque sean un movimiento tremendamente calumnioso y mentiroso pero la prosa de Pascal resultó estupenda. Dicen que es el creador de la prosa coloquial francesa. Las tres primeras cartas tratan de la disputada “gracia suficiente”, o sea que los jesuitas decían que la “gracia suficiente” era suficiente y los jansenistas decían que la “gracia suficiente” no era suficiente, la eficaz tenía que ser una nueva gracia. La gracia suficiente de la cual Pascal no sabía nada.

 

Desde la cuarta carta se resuelve contra los “molinistas” y los deshace a burlas, sá- tiras y calumnias. Es notable que en la decimoquinta acusa a los jesuitas de haber borrado la calumnia del Decálogo y él los calumnió tremendamente; y en la decimosexta habla de “las calumnias horribles de los jesuitas contra los curas y las religiosas”.

 

El material de todas estas cartas se lo aprestaba un jefe jansenista llamado Arnaldo, o sea “Arnauld”. Pascal antes de morir se arrepintió, pues se dio cuenta que estaba haciendo un mal camino empujado por otros, y la decimonovena no la publicó; y la veinte quedó re- ducida a notas, en las cuales se metía hasta con el Papa. Voltaire mismo censuró las cartas tratándolas de mentirosas (“Lesiéde de Luis XIV”). Los fragmentos que tenemos de la carta veinte son enteramente contumeliosos, injuriosos y pretensiosos. Por ejemplo: “Yo estoy solo contra 30.000 personas” (Lo contrario era la verdad). “Atienden: ustedes son la impos- tura, yo la verdad; es toda mi fuerza; si la pierdo estoy perdido. Pero yo tengo la verdad, veremos quién gana”.

 

Bueno, murió bien. Al menos se confesó. Hizo un gran mal a la Compañía de Je- sús, pero también le hizo un bien, si se quiere, porque a causa de eso el general de los jesui- tas Luís Martín, reprimió fuertemente la tendencia al laxismo que había entrado en la Com- pañía. Condenó el laxismo e impuso a los jesuitas la escuela más rigurosa de interpretar los casos que es el “tuciorismo”, interpretar siempre lo más seguro.

 

Prueba  La gracia nos hace:

 

1°) renacer (a Nicodemus) Jo. III

 

2°) hijos de Dios adoptivos  Jo. IV 14.

 

3°) partícipes de su naturaleza  Jo. XVI “Yo soy la vida, vosotros los sarmientos” Además, San Pablo dice: “participantes de la naturaleza divina”.

 

4°) merecedores del cielo (por la adopción) Rom. VI, 23.

 

5°) unos con Dios en la vida eterna Jo. III 2

 

Y hay otros 35 textos de San Pablo en estos sentidos que he dicho. De manera que hay prueba de sobra de la existencia de la Gracia y de sus efectos.

 

Sin la Gracia el hombre no puede:

1° ) ni llegar a la fe (la gracia nos previene)

2°) ni prepararse a la gracia 3°) ni hacer ningún acto meritorio 4°) ni evitar largo tiempo el pecado grave 5°) ni perseverar. Es una gracia especial la perseverancia hasta el fin, que hay que pedir.

 Con la Gracia el hombre puede:

1°) Evitar todos los pecados graves, aunque no todos los veniales.

2°) Orar pro auxilio contra toda tentación.

3°) Pedir la buena muerte, o sea la perseverancia.

Dios es la causa de la Gracia; y Dios no niega a nadie la gracia suficiente, que jun- to con nuestro albedrío, hace la gracia eficaz.

Pbro. Leonardo Castellani

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