HAY INFIERNO

“Abandonad toda esperanza, quien entre aquí”

Este es el Cuarto Misterio, acaso el más difícil de todos, que dice Leonardo Lesio, acaso a causa de nuestra sentimentalidad que nos hace repugnante él concepto y en realidad muchas veces no podemos entenderlo, esa es la verdad.

Con decir que nuestro último fin es Dios y que con nuestro libre albedrío podemos perderlo, está dicho que hay infierno; ese es precisamente el Infierno, perder el hombre su Ultimo Fin que como vimos en la clase anterior, no tiene otro Ultimo Fin. De manera que todos los últimos fines que nos ponemos en nuestra vida —salvo el verdadero— al morir se disipan todos, se hacen nada. Si no amamos a Dios en el tiempo que nos ha sido dado no hemos cumplido con nuestro Ultimo Fin, y cuando morimos, se acabó. Pese a lo que  muchí- simos saduceos que niegan que lo haya, incluso algunos cristianos que a semejanza de los que dicen “Yo creo en Dios pero no en los curas”, dicen éstos “Yo creo en Dios pero no creo en el Infierno”, que es una forma de no creer en Dios. E incluso se dejan decir con nuestro Borges “El que crea en el Infierno, no tiene religión” —cuando la verdad es exactamente lo contrario, empezando por él.

La causa de que muchos más de los que niegan el cielo sean los que dicen “eso del Infierno yo no lo trago”, es el sentimentalismo. Algo típico es el caso del poeta Charles Pe- guy que no quería confesar ni comulgar porque decía no creer en el infierno (esto después de convertirse, porque antes había sido socialista) porque eso no se compadecía con la bondad de Dios, aunque la Iglesia enseña que eso se compadece con la Justicia, la Bondad y la Santidad de Dios.

 Esto no lo creyó, hasta que la Gran Guerra del 14 lo persuadió que sí existía ese infierno terrestre que eran los “boches”, es decir los alemanes, bien pudiera ser que hubiese un infierno, pero ultraterrestre. Apenas se hubo hecho bautizar y dar la Comunión, cayo muerto de un balazo en la cabeza en la batalla de Villeroy, la primera de la Gran Guerra, y sus últi- mas palabras fueron: ” ¡Tiren, caracho!” (“Tirez, nom de Dieu”).

Había sido ya católico de deseo muchos años. Había escrito la poesía religiosa más grande de Francia, a saber, la cadena de sonetos de Nuestra Señora de Chartres, las “Tapice- rías” de Sta. Juana de Arco, de los Santos Inocentes y de Sta. Eva. Creía los dogmas de la Fe con toda el alma, pero el sentimiento le hacía no creer en el infierno, o creer que no creía.

Lo que hace que muchísima gente que cree en el cielo y no cree en el infierno, siendo así que son la misma cosa, pero al revés, es el sentimiento vuelto sensiblería, y lo difícil de concebir es la eternidad, de la cual no podemos tener una idea simple y directa sino solo ficticia; a lo más creemos que el “aionion” griego significa eterno, y no significa eterno, sino “sin fin”, incluso algunos dicen que significa “muy largo, de mucho tiempo”, de manera que la eternidad no la conocemos, la eternidad de Dios es incomprensible para nosotros. Y aún eso de que no termine nunca una cosa que ha empezado, como somos nosotros, no po- demos comprenderlo. De manera que cuando algunos teólogos nos ponen el ejemplo de un pajarito que viniese y picase una piedra durante miles y miles de años y cuando recién había empezado a horadar la piedra, recién empezaba el infierno, es decir que no acababa nunca, eso no lo podemos concebir nosotros.

 El sentimiento es enteramente necesario para nuestra vida pero está descompuesto y tiende a correrse sobre la razón volviéndose sensiblería, de la eternidad no tenemos experiencia ni podemos tener.

 La única manera de poner en pretina el sentimiento deteriorado es el ejercicio violento de la razón empujada por la Fe, o sea “la cautividad de nuestra razón en obsequio de Dios”, que eso es la Fe, como dice San Pablo. Es decir, que hay que someter el entendimien- to simplemente, como hay que hacerlo también con muchísimas cosas naturales que no po- demos entender; por ejemplo es un hecho tal cosa porque el físico nos dice que lo es y yo someto mi entendimiento a lo que me dice el físico, a su mejor parecer.

 Los adversarios de la tesis fuera de la Iglesia fueron los neoplatónicos y los albi- genses, además de los saduceos que, como hemos visto negaban la resurrección de los cuer- pos. Dentro de la Iglesia, San Agustín enumera seis clases de gente que él ha encontrado (De Civitate Dei — penúltimo libro — XXI) y son:

Primera  Orígenes — (La Iglesia ha condenado muchas de sus proposiciones, pero ahora los estudiosos han encontrado que lo condenado no está en Orígenes, sino que pertenece a sus seguidores, los origenistas). Hay varias proposiciones condena- das, como p. ej. la de que un día Dios va a perdonar a todos los condenados, in- cluso al Diablo. (Los discípulos de Orígenes enseñaban la “anakefaleosis” o re- ducción de todo a su punto de partida, en latín “recapitulatio”). En nuestros días Giovanni Papini adoptó esa opinión como probable en “El Diablo”. No hay que recordar al gran macanero de Víctor Hugo ni a Lamartine, sensiblero. Aquel es- cribió dos libros acerca de Satán, en los cuales al final lo liberta y lo hace un habitante del cielo, no sé cómo. En Orígenes se encuentran algunas proposicio- nes aventuradas o dudosas, pero ninguna heterodoxa, lo cual también es demos- trado porque el oriente nunca lo condenó; pasaron unos 12 concilios ecuméni- cos, de los cuales unos 6 admiten los orientales y no hay ninguna condenación de Orígenes. Fue condenado en el Concilio de Trento, aunque en rigor no fue condenada ninguna proposición que se encontrara realmente en él.

Segunda — De los primeros cristianos que negaban el Infierno, según los encontrara San Agustín; decían que en el Juicio Universal triunfará la misericordia y Dios cam- biará de opinión como con Nínive, que había prometido castigarla y después la perdonó; los condenados ya habrán hecho penitencia y hasta de sobra.

Tercera — Dios perdonará el Infierno a todos los bautizados.

Cuarta — A todos los católicos.

Quinta ~ A todos los fieles a la Fe, aunque hubieren tenido “vida rota”.

Sexta — A todos los limosneros, porque Cristo dijo que en el Juicio Final exclamaría “Venid conmigo, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de co- mer… etc.”.

Como estos cristianos traían textos de la Escritura mal escogidos y peor entendidos el Santo se pone a refutarlos largamente a través del penúltimo libro — XXI — del “Civitate Dei”, acribillándolos con otros textos y sobre todo con la razón contundente que corre a lo largo de todo el libro: “Se trata de una revelación de Dios debidamente comprobada; no podemos entrometer allí nuestras pobres preferencias y ocurrencias, más debemos adorarla de rodillas, pues es un gran beneficio de Dios a nuestro intelecto”.

En particular responde con dieciséis siglos de anticipación a la ocurrencia de Bor- ges en su libro Discusión de que es injusto un castigo eterno por un delito que se comete en diez minutos. Ni la justicia humana da castigos en proporción a la duración de la pena, a veces da una condena perpetua por ejemplo un homicidio cometido en cinco minutos. La duración no tiene nada que ver con este asunto.

San Agustín responde a todos los adversarios que quieren (dice) ser más buenos que Dios mismo y que el que niegue la eternidad del Infierno verá pronto que está engañado,porque se irá al Infierno, puesto que negar un dogma debidamente revelado es pecado grave, y que el amontonar razones contra él como contra otro cualquier misterio, solo muestra la debilidad y presunción de nuestro entendimiento. De si ha sido conveniente que Dios nos revelara misterios, pregunta Sto. Tomás en la Summa, responde que sí, que ha sido conve- niente para nosotros; es un bien cargoso, pero es un bien.

 Dicho esto, veamos la prueba: catorce veces menciona Cristo el fuego eterno en el Evangelio — dejando aparte por superfluo el resto del Nuevo testamento (muchas veces los mencionan San Pablo, San Pedro y San Juan) y el Antiguo, ya que antes de Cristo también creían en el Infierno. Las tres menciones más importantes son la parábola del rico Epulón, la sentencia de los dañados: “Id de aquí, malditos, al fuego eterno” en la parábola del Juicio Final y la tremenda exhortación a cortarse un miembro del cuerpo antes de cometer un peca- do grave.

 

“Si tu mano te escandaliza, córtala y échala de ti, pues vale más entrar manco en el Reino de los cielos que con las dos manos ser echado en la Gehenna del fuego” (Mc IX 42), donde el gusano dellos no  muere; y el fuego nunca se apaga” y repite dos veces más, haciendo alusión “al pie” y “a un ojo” nombrando por tanto al infierno nueve veces.

La “Gehenna”, nombre griego del Infierno tomado del hebreo, era un valle cerca de Jerusalén donde los israelitas habían quemado sus hijos en holocausto al ídolo Maloch y después echaban la basura prendiéndole fuego. Después de esa apostasía al dios asirio, que pedía sacrificios humanos y nada menos que niños y al que cayeron los israelitas en su ido- latría (como cayeron tantas otras veces) el lugar quedó como maldito. Los que se arrepintieron temían a ese valle sobremanera y le echaban la basura incendiándola, de manera que estaba el lugar continuamente humeando.

Seis veces habla San Pablo del Infierno, el cual pone la “sentencia eterna” entre los fundamentos del Cristianismo en la Epístola a los Hebreos, VI 2 cuantas veces se encuentra.

En las palabras de Cristo se menciona lo irremisible (en la parábola del rico Epulón “ni una gota de agua”) y “el fuego”.

En el Apokalypsis, quién sabe No sabemos, nadie sabe, qué es ese fuego. Cierta- mente no es nuestro fuego terrestre, que no quemaría al diablo. Tampoco es solamente la separación de Dios para siempre, que le llaman “pena de daño”, contraponiéndola a la “pena de sentido” que es el fuego. Estas penas también se dan en el Purgatorio, como veremos más adelante. Es alguna cosa creada, que Cristo no halló nada mejor para denominar a que “el fuego”, que viene a ser en realidad una metáfora. Sto. Tomás cree que pudiera ser “el orden de la creación pesando sobre el condenado que se ha puesto fuera de ese orden”

Pero ¿el orden puede atormentar? ¡Canastos! Pongan un loco o un borracho en un escuadrón marchando en orden, e imaginen la lluvia de puñetazos, patadas, empujones y gritos que cosechará al salirse del orden.

Esto lo expone Sertillanges en su libro “El Catecismo de los incrédulos”. Yo no lo he encontrado en Sto. Tomás. Más aceptable me parece la opinión de que es el remordimien- to, como el del Purgatorio sería el del arrepentimiento, porque esas dos cosas en las almas separadas, tienen que tener una fuerza muchísimo mayor que en nosotros; deben ser una especie de fuego. Esta es la tesis de Frank Dukesme, un exegeta judío, mejor dicho, su padre fue un rabino judío convertido y su hijo es uno de los mayores exégetas que hay hoy en día. Lástima que sea un poco oscuro, un poco nimio, un poco demasiado detallista.

En un libro muy importante que tiene, que se llama “Lo que te espera después de tu muerte”, editado por Lohlé.

Lo sacó del Libro de Esdras, tomo IV, que es un apócrifo. Los libros primero y segundo de Esdras son legítimos, pero el Concilio de Trento sacó los otros dos libros diciendo que no estaban en el Canon, pero los recomendó muchísimo y mandó que se imprimiesen detrás del Apokalypsis, es decir, detrás de toda la Escritura. Hasta ahora se hacía así, pero últimamente ya no se editan al final de las Escrituras los dos últimos libros de Esdras. Son dos libros apocalípticos, exagerados, me parecen a mí, en cuanto a los detalles.

 Así que el fuego representa un castigo adicional a la pena de daño (y proveniente della) como hay un gozo accidental a la visión de Dios, que va en aumento, hasta donde no sé, como la compañía de familiares o amigos o cuando sucede en la tierra la canonización. Hasta un punto irán creciendo los goces, hasta el Juicio Final.

 

ADVERSARIOS:

Fuera de todos los que niegan la otra vida, están los saduceos y los origenistas, no Orígenes. De los argumentos que aducen contra el Infierno he dicho lo necesario, pues nacen de la sensiblería, y entonces querer refutarlos es peor que querer disputar con una mujer ca- prichosa. La sensiblería es un vicio o defecto mental de la voluntad, y la otra raíz es que de la eternidad no tenemos experiencia y la del infierno nos causa terror, como decía San Agus- tín: “Hermanos míos, yo os aterro porque estoy aterrado”.

Algunos, como el Cardenal Newman y el teólogo español Getino han supuesto una remisión o atenuación de la pena de los condenados. La razón es que está fuera de la capaci- dad de la natura humana padecer un dolor años y siglos sin interrupción, de donde suponen que hay períodos de mitigación, como de sueño o inconsciencia. Esta opinión no ha causado mucho entusiasmo en la Iglesia, que no la ha condenado pero ha sido seguida casi por nadie. Porque qué importa que haya una mitigación si no hay nunca fin.

 

EI Catecismo que me enseñaron a mí de chico (creo que era el de Astete) decía:

¿Qué se goza en el Cielo? En el Cielo se goza de todo bien sin mezcla de mal alguno. ¿Qué se padece en el Infierno? En el Infierno se padece la ausencia de Dios y todo mal sin mezcla de bien alguno. Eso de “sin mezcla de bien ” no puede ser.

El Bien y el Ser son correlativos, recíprocos.

El Ser es Bien y el Bien es Ser. Entonces los condenados no existirían porque no tendrían ser y los sufrimientos no tendrían donde radicarse, serían como el mal. El mal es una privación pero no puede existir sin sujeto, no puede andar por el aire el mal. Es una privación de algo en alguien. Así también el bien no puede estar enteramente ausente de un ser cualquiera.

Quizás dirán: el bien está presente en los condenados por la existencia, pero es poco eso, porque si existe para sufrir solamente no es bien, el mal más bien. El mal no es una cosa positiva, sino que consiste en privación. Lo que sufren los condenados del Infierno es la privación de lo que tenían que tener por su Ultimo Fin. Cualquier mal que padecemos en la tierra no es una sustancia, como decían los maniqueos y le costó tanto trabajo refutar a Sto. Tomás. El mal es la falta de la cosa en quien la cosa es debida. Por ejemplo: la ceguera no es una cosa que anda por ahí sola y flotando, se da en un individuo que tenía que tener vista.

Dios no creó ni el Pecado ni el Infierno. Tenemos que corregir a un venerable y admirable poeta, que atribuye la creación del Infierno al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

Per me si va nella citta dolente Per me si va nel eterno dolore

Per me si va tra la perduta gente Giustizia mosse il mio alto Fattore

Fécemi la divina Potestate

La somma Sapienza el Primo Amore

Dianzo a me non fur cosa create

Se non eterne, at io eterno duro . . . Lasciate ogni speranza voi che’ntrate …

 En entrada del Infierno según el Dante.

 Dice crearon el Infierno la Suma Potestad (es decir el Padre), la Summa Sapienza (o sea el Hijo) y el Divino Amore (el Espíritu Santo), pero no es así.

 Tampoco es verdad que antes del infierno no hubiera ninguna cosa creada sino co- sas eternas, porque antes del Infierno estuvieron los ángeles buenos creados antes de que se rebelaran y creasen el Infierno. Luzbel creó el Infierno, creatura excelentísima y libre, sin poder para crear, pero sí para destruir.

 En el instante de poner su acto de desobediencia y quizás de odio a Dios estalló una inmensa llama brotada de su propio ser, que fue el Infierno —”preparada para el diablo y sus ángeles” dijo Cristo, que significa “proporcionada al diablo y sus ángeles”, es decir, preparado no significa que existiera antes, sino adaptada a la naturaleza del Diablo y sus ángeles. “Antes de mí no existieron cosas creadas sino eternas”, prosigue el Dante. Tampoco es exacto; antes del Infierno existieron los ángeles que, pecando, crearon de sí mismos el Infierno que es una destrucción, no una creación.

 El mandato principal de Dios creador nuestro es amarlo sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo y no huir del Infierno, lo cual es una resultante de lo primero. La cloaca del Universo llama San Agustín al Infierno y “La cloaca de la Historia” es el título de un libro hecho por encargo, no muy excelente pero sí pasable, de Muñoz Alonso, un filó- sofo español, que fue muy amigo mío, que murió hace poco tiempo; tiene libros muy buenos y estuvo en la Argentina varias veces.

 El Infierno está hecho para espoleamos a cumplir con su Ley, para arrastramos a mantenemos con Dios, ése es el fin para nosotros, porque para los condenados ya se acabó. Como hizo San Ignacio en los Ejercicios Espirituales: no pone primero el Infierno, sino tres meditaciones sobre el pecado (el pecado de los ángeles, el pecado de nuestros primeros pa- dres y por último el pecado mortal único de un alma que se condenó por ese solo pecado, de lo cual no tenemos seguridad, pero probablemente alguno existirá. Lo cual muestra lo espantoso que es el pecado).

Después, San Ignacio hace una meditación de seis puntos en que se considera la maldad del pecado en sí mismo. Después suele hacer una meditación sobre el Hijo Pródigo. No hace primero la meditación del Infierno porque sea lo primero sino “para que si del amor del Señor Eterno me entibiare por mis faltas, a lo menos el temor de la pena me retraiga de caer en el pecado”, o sea como una especie de “guarda locos” como dicen los franceses a esa especie de barandilla que se pone en los pisos altos para que ni un loco se pueda caer. Ese debe ser el papel que debe representar la creencia del Infierno para nosotros. No para ate- rramos sino para que sirva de espolín en nuestra vida espiritual.

Pbro. Leonardo Castellani

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