HABRÁ UN FIN DEL SIGLO

Vamos a ver la revelación divina del fin del mundo; o mejor dicho, del fin del siglo; porque el mundo no finirá nunca, pues Dios no destruye nada de lo que ha creado, como dijo por Sap. XI, 25. No aniquilará nada de lo que existe, aunque podría. Esta tierra en que estamos será renovada, y por cierto, por el fuego, al fin del “ciclo adámico”, o sea la época de Adán. El universo será renovado, “nuevos cielos y nueva tierra” dice el Apokalypsis y también el profeta Isaías, no por el agua sino por el fuego dijo Cristo. El agua acabó con el orbe habitado o una parte de él en el diluvio, pero el próximo diluvio no será el agua. Pero no hay que alarmarse, porque ese fuego no atormentará a los elegidos.

Los físicos no saben, ni cómo empezó la humanidad, ni cómo acabará; eso lo sabe el Génesis y el Apokalypsis; sino es alguno de los seudo físicos (o sea macaneadores) como Renán, que dice que el Universo perecerá de frío o Darwin que dice que la vida empezó por evolución, lo cual creemos que es falso.

Tengo cinco o seis libros famosos de físicos famosos, Eddington, Einstein, Serring- ton, Laplace, Eddington otra vez, Whitehend y Galileo y ninguno se mete ni por sueños con el principio y fin del género humano. Más aún, Sherington en “El hombre y su naturaleza” (edit. Alhambra, Madrid 1947) escribe: “Así, la Ciencia Natural trata de evadirse de todo lo que es humano… Observando lo perceptible, el científico intenta sustraerse de las “Causas”, de las Fuerzas, de los Tiempos Absolutos, de los Comienzos en el Caos, de la Terminación en la Nada, de la Realidad Ultima, de la Vida, de la Muerte, de la Deidad Personal… para no hablar de lo Malo, de lo Justo, de la Esperanza, de los Temores, etc. La ciencia no es buena ni mala; es falsa o verdadera”.

 Es decir, los físicos dicen que no tienen que ver nada con la moral que trata del hombre propiamente, de su conducta, de su fin. Hay uno de estos libros que es un monumento —o digamos sobriamente un “clásico”— que compré por recomendación del poeta Paul Claudel, y es “Man’s Place in the Universe” de Alfred Russell Wallace (Chapman and Hall, 1903, Ld.). Es una larguísima y definitiva investigación sobre los mundos habitados —o mejor dicho, el mundo habitado, pues del estudio surge con evidencia que ningún otro planeta solar, y mucho menos ningún otro planeta que podría haber en las estrellas, son aptos para cobijar la vida, al menos de los vivientes superiores.

 Hizo una investigación astronómica muy profunda usando todo lo que se sabía entonces en astronomía y llegó a la conclusión de que no puede haber hombres en la Luna o en Venus, ni en Marte, ni hombres o animales superiores, como vacas o caballos, ni cualquier otro animal que suplante al hombre o parecido al hombre, racional o por lo menos viviente.

¿Por qué? Porque o no hay atmósfera o no hay otras condiciones necesarias para la vida. El libro es sencillo y sumamente científico.

Lo que lo entusiasmaba a Claudel es que constituye una demostración de la exis- tencia de Dios —indirecta— por el Orden, porque investigando los planetas uno encuentra un orden admirable de la Creación inanimada, hay una especie de artificio o de mecanismo increíblemente sabio de todo lo que da vueltas en el espacio. A mí me gusta porque confirma la revelación de que la Humanidad comenzó y la Humanidad debe terminar.

Comenzó porque en un tiempo la tierra no era apta para la vida del hombre, lo mismo que ahora los otros planetas, y con el tiempo se puso apta. Eddington dice taxativa- mente, en ”The nature of physical World”, que eso pertenece a la religión —a la religión “mistica’ dice, o sea revelada. Hay otros dos físicos que sí especulan sobre el fin del mundo: Kirwan, ”Comment peut fini Univers“, donde expone la conjetura de Renán que acabará por frío “dentro de 20 ó 30 millones de años a lo más”, pero prefiere la versión de San Pedro que acabará por fuego y dentro de poco, por el choque “con un cometa inmenso, como el de 1811” (¿y por qué no por una bomba atómica, digo yo?).

Otro físico más católico que este, Kaye (inglés), toma simplemente la noción de San Pedro y se atiene a ella: “Mas los cielos que ahora son, y la tierra, por la misma palabra creados, están reservados al fuego del día del juicio y la perdición de los impíos. . . Pues llegará el día del Señor como ladrón, en el cuál los cielos pasarán con ímpetu magno, los elementos se fundirán con el calor, la tierra misma y todas las obras que en ella están serán consumidas…” y después dice: “En el llegar del día del Señor por el cual los cielos ardiendo se disolverán y los elementos se desharán por el ardor del fuego… “(II Petr. ni,7, 10, 11) El día del Señor es el día del Juicio en toda la literatura de la Sagrada Escritura, en el Antiguo y Nuevo Testamento .

Pero el anuncio más reverendo del fin del tiempo, que es el llamado Discurso o Recitado Escatológico de Nuestro Señor, nos ocupará esta clase.

Los profetas del Antiguo Testamento habían predicho reiteradamente el fin de los tiempos, con el nombre de “el día del Señor magno y terrible”, o como repite San Pablo: “día de la revelación del Justo Juicio de Dios”.

Desde el primer libro, el Génesis, donde Jacob llama a sus hijos (Cap. 47,1) di- ciendo “Venid, juntaos aquí, que os anunciaré lo que va a pasar cuando se acaben los días” hasta el último libro, donde el Apokaleta termina:

Y el Espíritu y la Novia dicen: ¡Ven! Y el que escucha que responda ¡Ven!

Y  el sediento acuda a recibir Agua de Vida gratis

Dice el que testifica esto ¡Cierto, vengo pronto! —Ya, Señor

Ven Señor Jesús!

Toda la Escritura hormiguea de alusiones al “Día del Señor”, sobre todo el profeta Isaías; las cuales culminan en la solemne proclama del Fin del siglo por Nuestro Señor Jesucristo, el cap. 24 de San Mateo, llamado el “Discurso escatológico” o con más exactitud “El Recitado esjatológico”, con jota.

Es el centro de la profecía en la Escritura. Esta profecía que hizo Cristo, es el centro de toda la profecía en el Antiguo y Nuevo Testamento. Es difícil y desconcertante. Parecería que trata una parte del fin de Un Mundo, o sea Jerusalén; o de las dos partes a la vez. Y esto último es la verdad, pero hay que entenderlo. La solución del enigma del cap. 24 de San Mateo es que trata de las dos cosas a la vez, conforme a ese lenguaje profético, que siempre trata de dos cosas a la vez, que llaman el “Tipo” y el “Antitipo”.

 Un exégeta extravagante imaginó que Cristo trató de los dos sucesos por medio de estrofas en ese recitado diciendo por ejemplo: estos 7 versículos tratan del fin de Jerusalén, estos 12 versículos que siguen tratan del Fin del Mundo y así el resto, como si Cristo hubie- se hecho una poesía en estrofas. Trata de las dos cosas, pero de las dos cosas a la vez, no dividido en estrofas. Porque la ruina de Jerusalén fue el tipo del fin del Mundo.

Todos los profetas han descrito un suceso próximo, que era como el símbolo o la figura de otro suceso remoto, que era muy difícil de entender; no lo hubiesen entendido ni creído. De manera que hacían primero la profecía de un suceso próximo, que iba a suceder dentro de 30 ó 40 años y eso iba a ser el símbolo de un suceso que iba a suceder por ejemplo dentro de 20 siglos, como va a pasar con el fin del mundo.

Otro exégeta, Maldonado, muy famoso, después de cansarse reseñando la cantidad de opiniones de los antiguos Exégetas, termina diciendo que él por su parte opina que Cristo dio una respuesta confusa a los que le hicieron una pregunta confusa; solución que adjudica a San Agustín, lo cual dudo mucho; no es digna de San Agustín y mucho menos de Jesucristo. Jesús era el Maestro y no debía responder adrede confuso; y además la pregunta de los Apóstoles no fue confusa sino errónea, que no es lo mismo.

Porque le preguntaron; “¿Cuándo será esto que has dicho?” Es decir, que del tem- plo de Jerusalén no quedará piedra sobre piedra. “¿Y la señal de tu venida?” Creían que la destrucción del templo ocurriría al fin del Mundo. De manera que preguntaron dos cosas diferentes a la vez y Jesucristo les contestó las dos cosas a la vez, haciendo a una figura de la otra. El templo de Jerusalén estaba edificándose en tiempos de Jesucristo, lo había empezado Herodes, y siguió edificándose 40 años más. O sea, casi hasta que destruyeron a Jerusalén.

El año 63 se acabó de edificar y el año 70 un soldado romano le prendió fuego y se acabó para siempre, tanto que el General Tito, cuando vio el desastre que había ocurrido en Jerusalén, después de las matanzas que habían hecho los soldados romanos y las matanzas de los judíos peleándose entre sí, quedó tan horrorizado que dijo: “Yo no he hecho esto, esto lo ha hecho algún dios que está enojado con los judíos”.

Jesús les debía haber respondido en todo caso como en otra ocasión: “Erráis, no conociendo la Escritura y el Poder de Dios”.

Uno de los Apóstoles, o bien los cuatro Apóstoles principales (Pedro, Andrés, San- tiago y Juan) cuando diciéndoles Cristo que “dése templo herodiano que veían construyén- dose no quedará piedra sobre piedra” le habían preguntado “¿qué señales habrá de eso, de la ruina del Templo y del fin del Mundo?” les contestó a las dos cosas juntas, haciendo a la más próxima, que estaba a cerca de 40 años símbolo y figura de la remota, que estaba en la lejanía desconocida; desconocida incluso por el mismo Hijo del hombre, como dijo El mis- teriosamente. Como Dios lo sabía ciertamente, ahora como Hijo del hombre, el nombre que El se ponía como Mesías, no lo sabía, porque no tenía que revelar eso como Mesías ni podía entonces revelarlo, porque el fin del Mundo depende de dos libres albedríos que son: el libre albedrío de Dios y el libre albedrío del hombre.

El Cardenal Newman resolvió esta dificultad diciendo: “No es que no quisiese decir que no estaba en la Revelación preparada por El cuándo sería el fin del Mundo, sino que El, como Hijo del hombre, no sabía el fin del Mundo”.

Dios sólo sabía el fin del Mundo. Porque la marcha de la humanidad es como una línea sinuosa o quebrada, que se va aproximando al fin del Mundo y después aparecen San- tos o aparece una especie de conversión del Mundo y entonces se aparta la “ira de Dios”, quedando más tiempo. Así tenemos que en el siglo XIII San Vicente Ferrer pronunció que el fin del mundo estaba cerca y hasta resucitó un muerto para comprobar al Arzobispo de París que era verdad lo que él decía.

 Y no sucedió. Y esto produjo mucha dificultad luego cuando se quería canonizar a San Vicente Ferrer, hasta que uno de los teólogos que se ocupaban de este proceso dijo — No se equivocó, porque el fin del mundo estaba cerca, realmente. Lo que pasa es que sur- gieron una cantidad tan grande de Santos en Europa (algunos por la misma predicación de San Vicente Ferrer) que Dios prorrogó el tiempo de su ira. Entonces canonizaron a San Vi- cente y después el Cardenal Newman hizo una teoría de que la humanidad va al fin del mundo en forma de una línea quebrada por la cual está siempre rozándolo, pero cuando los hombres empiezan a portarse bien, cuando no hay la gran apostasía que dice San Pablo to- davía, aunque muchas veces empezó y ahora parece que ha empezado, entonces cuando no hay eso. Dios espera porque no quiere que nadie se pierda sino que todos lleguen a peniten- cia.

Esa es la característica del lenguaje profético, hablar a la vez de dos cosas, una próxima llamada Tipo y otra remota, que llaman hoy Antitipo.

El que llamó la atención sobre esa peculiaridad fue el exégeta Alfredo Fenillet: no se desconocía antes, se había olvidado; recordó a los exégetas el lenguaje prof ético que siempre es doble; fue seguido de inmediato por Bainnel, Billot, Lagrange O. P. y hoy por la generalidad. El profeta Jeremías profetizó a la vez el fin del cautiverio de Babilonia y el fin del cautiverio del demonio por la Redención; el profeta Isaías predijo la vuelta del hebreo a Palestina y la segunda vuelta de Cristo. San Pablo habló de la conversión de los judíos junto con la venida del Anticristo; y Jesucristo predijo la Destrucción de Jerusalén y su Segunda Venida, que no es segunda sino repetición o conclusión de la primera.

¿Está respondido del todo con esto? No, es la mejor respuesta que hay, pero subsisten dificultades: por ejemplo cuando Cristo recomienda la presteza en huir de Jerusalén sitiada, eso no puede aplicarse literalmente al fin del mundo (vers. 1523); porque entonces no se va a poder huir o bien cuando Cristo saca toda esa fenomenología meteorológica de “el sol se obscurecerá, la luna se pondrá color de sangre, las estrellas caerán del cielo” y todo eso, que son metáforas usadas continuamente por los profetas, no se puede aplicar eso al fin del templo de Jerusalén, aunque puede ser que haya pasado algo de eso, pero de suyo se re- fiere al fin del mundo. De modo que hay dificultades en la interpretación esa, en los dos sen- tidos, aunque en general sí se puede aplicar a los dos sentidos, como veremos.

Y se puede suponer que son defectos de los cronistas, es decir de los evangelistas, porque al fin y al cabo el Evangelista que más cerca de Jesucristo habló —San Mateo— lo escribió a 30 años después de la muerte de Jesucristo. De manera que no hay que buscar en los Evangelios una perfección total que no puede ser. Tomaron los recitados que habían oído a Jesucristo y retenían de memoria e hicieron recitados con las obras de Jesucristo, estando reunidos en el Cenáculo probablemente, y los hicieron conforme a los usos de ellos y de eso constan los cuatro Evangelios.

Veamos ahora todo seguido lo que profetizó Cristo, añadiendo al capítulo largo de Mateo, lo que hay en Marcos y Lucas.

1°  Guerras y rumores de guerras, terremotos, pestilencias y hambre: esto se realizó antes del año 70, según las historias de Josefo y Tácito, que describen un tiempo calamitoso. Pero esto, dice Cristo, es sólo el comienzo de los dolores.

 2°  Una encarnizada persecución religiosa a los Apóstoles y los cristianos en general; pero de cualquier modo se predicará el Evangelio en todo el orbe. También se verificó. En tiempo de San Pablo se había predicado en todo el mundo conocido.

3°  La desolación abominable o la desolación, la palabra de Daniel ya aplicada a la tiranía de Antíoco varios siglos antes. También se verificó ahora, el año

70, aunque es dudoso cuál fue. Ahora en el fin de los tiempos sabemos por San Pablo que el Anticristo profanará el Templo de Dios, entronizándose en él como Dios; y eso es realmente una horrible profanación.

4°  Habrá una tribulación tal como no se ha visto desde el Diluvio acá. Esa tribulación se cumplió según la historia de Josefo (“De bello judaico”) que después reprodujo Bossuet. Realmente describen algo horroroso. No quedó piedra sobre piedra. El General Tito se asustó de las matanzas; madres que comían a sus hijos acosadas por el hambre y cosas así. Tito dijo: “Yo no he hecho esto. Esto lo ha hecho algún dios que está enojado con los judíos”. Y acertó. Porque él no quería que pasara todo eso. Y pasó.

5°  Caerán al filo de espada y serán llevados cautivos a todas las naciones; también se cumplió. Eso no se verificará a la letra en el fin del mundo.

6°  Prevención a los Apóstoles otra vez contra los falsos Cristos y falsos Profetas: abundaron antes de la caída de Jerusalén; y abundarán más antes de la del mundo. Digamos que abundan yá ahora.

7°  Perturbaciones del sol, la luna y las estrellas: un lugar común de los Profetas, con significado metafórico; se secarán los hombres de miedo y angustia, “las fuerzas uránicas se desquiciarán”. La Vulgata Latina dice: “las Virtu- des de los cielos se conmoverán”, pero el texto griego dice: “las virtudes uránicas se desquiciarán”. “Uránicas” significa del cielo, pero significa también un metal con el cual se fabrica la bomba atómica: uranio.

8°   Fin: verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes, y los ángeles con trompetas; y congregarán los elegidos desde los cuatro vientos. Juicio Final y la Resurrección.

La herejía de los “escatólogos”. La secta protestante (o más bien impía) más fuerte deste tiempo es la llamada “escatóloga” fundada por Wilhem Wrede, alemán, seguida por Wellhausen (Joannes) y sellada por “el Suizo Schweitzer que acabó de liquidar a Jesucristo en su “The Guest of historical Jesus” (publicada en alemán en 1906, traducida al inglés en 1926 y del inglés al español en Buenos Aires, no hace mucho).

Es un libro impiísimo acerca de Jesucristo; la búsqueda del Jesucristo histórico, se llama. La llamada “Escuela Escatológica” ha ido progresando (o despaturrándose) hasta lle- gar a dudar de la existencia de Jesucristo en esta forma: Wrede dijo que el único Evangelio histórico era el de Marcos; pero eso no quería decir que se aceptaran los milagros y todo lo sobrenatural: suprimir todo eso; añadiendo una teoría de la personalidad, medio chiflada, de Jesucristo.

Wellhausen dio un paso más allá, negando que Marcos fuese un libro, siendo una serie de trocitos añadidos y escritos por los primeros cristianos: Marcos fue su colecciona- dor. En realidad Marcos se guió por los recuerdos de San Pedro. Jesús había creado una nueva idea del Mesías, el cual iba a triunfar después de una catástrofe, al fin del siglo, que lo iba a entronizar a El mismo como Mesías. Esto es lo que enseñaban estos señorea.

Alberto El Suizo le da el golpe de gracia al Jesucristo histórico (cree él) diciendo que ni siquiera Marcos es de fiar, y que hay que investigar de nuevo al Jesús histórico, lo cual él se propone hacer, con total fracaso, pues desemboca en una completa incertidumbre o escepticismo; y al final de su “Encuesta” termina mandando a sus antiguos feligreses lutera- nos (pues fue un tiempo jefe de la Iglesia Luterana de Berlín) que creen o recreen ellos a Jesucristo en sus corazones practicando la moral que dejó Cristo en el Evangelio, que es una moral provisoria, porque es una moral de tiempo de guerra o de tiempo de viaje, porque Jesucristo creía que el fin del mundo iba a ser pronto y entonces no se ocupó de hacer una mo- ral permanente. Se olvidó por ejemplo de poner que había que tener compasión de los ani- males, pues ésta era una de las cosas principales, para él, de la moral.

Alberto el Suizo murió hace tiempo y no sé quién es ahora el jefe de los Esjatólo- gos. Pero leo en un reciente “Comentario inglés de la Sda. Escritura” que esa escuela pasó de moda (en realidad, se agotó) y fue sustituida en la moda (en la novedad) por la Formcritcism (Formgeschichte), la teoría de la estructura, de Martín Dibeluis y Martín Bultman; en Inglaterra Lightfoot, que rechaza no solamente a Marcos sino todos los Evangelios, conside- rándolos compuestos de una amalgama de unidades independientes, las cuales hay que investigar y escudriñar, por medio de la crítica para ver de qué fecha es cada fragmento y cuál sigue a cuál otro, como un rompecabezas.

A eso le llaman la teoría de la estructura. Es decir, hay que hacer con los Evangelios una especie de descuartizamiento y componerlos de nuevo de acuerdo con esta teoría. Y dicen que son fragmentos independientes que reflejan los pareceres de los primeros cristianos y no tienen nada que ver con la historia.

Bultmann y Dibeluis se golpean entre ellos. Parece que esta teoría es la más avan- zada de todas, después de los esjatólogos. Esjatólogos significa la teoría del fin del mundo. Ahora los periodistas y los diccionarios dicen escatología, pero escatología significa porno- gráfico en griego, de manera que el pobre San Juan Evangelista se convierte en un escritor pornográfico. Scathos significa excremento.

El núcleo desta enseñanza de dementes es que Jesucristo erró, y por ende no fue ni profeta, ni Mesías, ni Dios, ni cosa que se le parezca, y prueban que se equivocó desta manera:

1°  Dijo que no pasaría esta generación (ni Su vida) sin que sobreviniese el fin del mundo; y se equivocó.

2°  Otro error de Cristo: “El Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada cual según sus obras. En verdad os digo que hay algunos aquí presentes que no probarán la muerte hasta que vean al Hijo del Hombre viniendo en Su Reino” (Mt. XVI, 28); y exactamente con las mismas palabras en Lc. IX, 27.

3°  Añaden otros textos disparates como, “Haced penitencia, porque está cerca el Reino de Dios…” (Mt. IV, 17 ó Lc. X, 9). Eso lo había dicho Juan Bautista y lo dijo muchas veces Cristo, pero ellos le dan el significado de que Cristo creía que ya no más iba a venir el fin del mundo, antes de morir El.

La respuesta a estas cavorias la da por ejemplo Billot en su libro especializado “La Parousie” que no trata casi más que de esto; y más brevemente en el tratadito latino “De Novisimis” que fue mi manual en Roma, a saber:

Los “hipercríticos” no leen entero el lugar de San Mateo. En él hay una referencia clara a dos sucesos diferentes, los consabidos typo y antitypo de la profecía, a saber: “en verdad os digo que no pasará esta generación hasta que todas estas cosas se cumplan. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Pero de aquel otro día ahora nadie sabe, ni los ángeles del cielo sino sólo el Padre. . .” Los adjetivos esto y aquel significan diversidad y distancia. Está hablando de dos cosas: de la destrucción de Jerusalén, que no pasaría esa generación sin que la viesen y del fin del mundo que ni El mismo sabía cuando iba a ser. “Ni el Hijo del Hombre, dijo El, sabe cuándo va a ser”.

 De manera que primero dijo; “estas cosas, no pasará esta generación sin que se cumplan” y después dijo. . . “Pero de aquel día y aquella hora nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo del Hombre, sino sólo Dios.”

 No puede decirse más claro. De manera que éstos no quieren entender, no quieren leer bien el Evangelio.

 Y para Mayor abundamiento, en San Lucas está lo que llaman “el Intersticio”; es decir, entre la ruina de Jerusalén y el fin del mundo hay un “intersticio”, un período de tiem- po que San Lucas lo expresa de esta manera: “caerán al filo de la espada, y serán dispersos por las gentes, y Jerusalén permanecerá desolada hasta que se cumpla el Tiempo de las Naciones” 0 sea el día del Juicio de las Naciones, como explica San Pablo ; hasta que las naciones hayan caído en la misma culpa en que cayó Jerusalén, es decir, hayan caído en la apostasía y entonces las Naciones sean juzgadas y los judíos entren en la Verdad —dice San Pablo—.

 Además, por San Mateo, Cristo dice que “primero se predicará este Evangelio del Reino por todo el orbe, y después vendrá la consumación”. No ha venido todavía la predica- ción del Evangelio por todo el orbe; hay regiones a donde no ha llegado el Evangelio y aun- que algunos se esfuerzan en afirmar que el año 70 ya se había predicado el Evangelio en todo el orbe, es vano. Es cierto que San Pablo dice una cosa que suena a eso; les dice a los Romanos: “Vuestra fe es conocida en el universo mundo”, Pero el universo mundo era para San Pablo el Imperio Romano, el mundo habitado y civilizado, Y esa predicación total del Evangelio “Id y predicad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” que será antes del fin del mundo. No sé si será predicado de ma- nera que se formen Iglesias en todas partes, o bien si habrán oído hablar de Jesucristo.

 Además, Jesucristo en varias parábolas supone claramente que su Reino va a crecer lentamente y por mucho tiempo, y no va a ser instantáneo o pocos menos, como dicen éstos que El creía. Por ejemplo el Trigo y la Cizaña, el Grano de Mostaza.

 El otro texto que ellos aducen como error de Cristo es donde dice que “hay quienes están presentes y antes de morir verán la gloria del Hijo del Hombre”. Pero ese término se refiere con toda claridad al milagro de la Transfiguración que los Evangelistas narran inme- diatamente después. La Transfiguración es una ligera señal de la Gloria futura de Cristo, o sea de su Resurrección; y eso vieron Pedro, Santiago y Juan.

 Billot se da el gusto de hacer trizas a los sofismas anticrísticos destos “hipercríti- cos”; esos textos tienen siglos de existencia y han sido leídos y manejados por letrados inteligentísimos y no vieron ni notaron lo que después de 20 siglos de repente descubrieron estos cuitadillos.

 Realmente, cuando uno alcanza a leer las mismas palabras y discursos arbitrarísimos destos desaforados, se tienta de no creerlos normales.

 En fin final, en religión estamos en tiempos muy malos, y por consecuencia en t do lo demás, o si se quiere, en tiempos muy buenos por otro lado, pues estar cerca de cumplirse las profecías, para un cristiano es más bien muy bueno, por mucho que haya que pagar. Eso yo no lo sé, a pesar de que las monjitas de Méjico me tratan de “profeta”. En eso no les voy a dar dato, como me dijo el coya cuando le pregunté cuantos dioses había.

Pbro. Leonardo Castellani

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