4. El Tanguista

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A don Juan A. Carrizo, fijodalgo

Apenas hubo el rubicundo Apolo falseado dulcemente las puertas y ventanas del Universo y entrado en él sin saberse por dónde, cuando sacaron al señor Gobernador Sancho I de la iglesia, lo llevaron a la silla del juzgado y lo sentaron en ella para presentarle a juicio el primer criminal del día. Era éste un individuo joven, bien parecido, morocho, de ojos grandes y tiernos arrasados en lágrimas, que venía armado de facón, revólver, bolas, lazo, trabuco, guitarra, acordeón y organito titirimundi y vestido de poncho, galerita y botines de tacón alto, que no hacía otra cosa sino lanzar profundos suspiros y retorcerse desesperadamente las manos. Lo cual visto, el nuevo Gobernador movido a compasión lo interrogó diciendo:

SANCHO.-  ¿Qué hay, buen hombre?

EL HOMBRE

Se me fugó la percanta.

SANCHO.-    (Al DOCTOR PEDRO RECIO.)  ¿Qué es eso?

PEDRO RECIO.-  La novia, digamos.

SANCHO.-  ¿Nada más?

EL HOMBRE

Se me murió mi madrecita buena.

SANCHO.-  Lo siento, señor. Reciba mis sentidas condolencias.

EL HOMBRE

¡Qué solo, madrecita, me siento en este mundo,

mi vida lentamente se hunde en el dolor,

las noches son muy largas y el frío despiadado

va helando poco a poco mi pobre corazón!

SANCHO.-   (A PEDRO RECIO.)  ¿Habrá comido hoy este pobre hombre?

PEDRO RECIO.-  ¿Éste? Tiene cuenta corriente en el Banco Nación.

EL HOMBRE

 (Quebrándose y contoneándose.)

No manyás ni pal laburo,

la patinás indecente

porque esiste tanta gente

que no tiene corazón…

en mis noches lugubriosas

la tristeza, la tristeza se me abruma,

nadie sabe lo que sufre y se abatata

este pobre corazón sentimental.

SANCHO.-  Es triste. Pero yo no veo qué crimen hay en todo eso.

PEDRO RECIO.-  Espere Su Excelencia.

EL HOMBRE

 (Poniendo facha bruta.)

Bajo el dolor de esa profunda llaga

con que la infiel ha muerto mi esperanza

y sin más ley que la ley de la daga

que ha de apagar mi sed de venganza.

Miré al rival, que era mi propio hermano

y ante la luz del desengaño impío

¡no pude más! y en un mortal desafío

mostré al varón

desnudo ya el facón.

SANCHO.-   (Alarmado.)  ¡Jesucristo! ¿Quién le ha dado permiso de armas a este loco de atar?

EL HOMBRE

 (Trágico.)

Y sin más juez que mi honor

después de un pujante duelo

dejé tendido en el suelo

mi propio hermano traidor.

SANCHO.-   (Serio.)  ¿Ah, sí? Tómenle los datos.

ALGUACIL.-  Su nombre y domicilio, amigo.

EL HOMBRE

 (Lamentoso.)

Mi nombre ya no es un nombre,

mi vida ya no es ni vida,

sólo un trago de bebida

sostiene mi corazón.

ALGUACIL.-   (Seco.)  ¿Quién es usté, señor?

EL HOMBRE

 (Ufano.)

Yo soy el alma que canta

el amor de su percanta,

soy la sangre del suburbio

cual los versos de Iván Diez,

soy la daga y el talero

y el bacán de más valía

y del gran pueblo argentino

soy el mismo corazón.

SANCHO.-   (Pensativo.)  ¡Corazón otra vez! Este hombre es puro corazón.

PEDRO RECIO.-  Sí. Y desciende de hombres de hierro que llevaban coraza.

EL HOMBRE

 (Doliente.)

Chirusita que pecaste

pero culpa no tuviste,

¿por qué tu alma está tan triste

como un canto, como un canto de emoción?

¿Por qué mojás la cabeza

del gurí que te dejaron

si Dios mismo te perdona

porque sabe que has tenido corazón?

SANCHO.-  ¿Qué es eso ahora?

PEDRO RECIO.-  La hermanita de él, una tal Evarista Carriego.

SANCHO.-  ¡Jesucristo! A este tipo le han venido todas las desgracias juntas.

EL HOMBRE

 (Apasionado.)

China, sos un terremoto,

china, sos un coletivo,

china, sos un chorro vivo

de ternura y de ilusión.

Yo te imploro que me quieras,

yo te imploro que me ames,

yo te imploro que me llames

si es que tienes corazón.

SANCHO.-  ¿Qué le pasa ahora que se pone de hinojos y revuelve los ojos? (¡Maldición! Hasta yo estoy hablando en verso).

EL HOMBRE

 (Quejumbroso.)

Yo fui capaz de darme entero y es por eso

que me encuentro hecho pedazos

y me encuentro abandonao

porque me di, sin ver a quién me daba,

y hoy tengo como premio que estar arrodillao.

SANCHO.-   (Aparte, al DOCTOR.)  ¿Es alferecía, Doctor? Vea usté cómo se tira al suelo.

EL HOMBRE

 (Innominable.)

Yo no puedo alejar de mi mente

tu recuerdo de reina suntuosa

ni el amor que me brinda a torrentes

el calor de tu cuerpo de diosa.

Es por él que yo vivo sin calma

y navego en un mar de opsesión

porque llevo clavado en el alma

el puñal de tu negra traición.

SANCHO.-  Está bien, señor. Cálmese. A todos nos ha pasado algo de eso; pero no veo motivo para andarlo publicando.

EL HOMBRE

 (Terrible y sarcástico.)

¡Gata! con un arañazo

pagás mi amor inconciente,

vos no pagás ni el balazo

que un hombre decente

te acaba de dar.

Y hoy, cuando el llanto te ahoga

no es que estés arrepentida,

es el pensar que la herida

tu cuerpo de loca

te puede estropiar.

SANCHO.-  Pero ¡qué demonios hace este hombre! Oiga, Doctor, ¿qué pasa? ¿No ve usté cómo se retuerce?

PEDRO RECIO.-  A wooing, señor.

SANCHO.-  ¿Cómo?

PEDRO RECIO.-  The native is a-wooing, sir.

SANCHO.-  ¿Qué es eso?

PEDRO RECIO.-  No se puede decir en castellano, Excelencia. No conviene.

SANCHO.-  ¡Cuerpo de mi padre! ¿No me dirán de una vez ¡quién es! este infeliz descabalado?

PEDRO RECIO.-  Es el Hombre Encargado de Hacer las Letras para Tango.

SANCHO.-  ¡Acabáramos!

Levantose Su Excelencia Sancho I y Único tan demudado y furioso como en la memorable ocasión en que expulsó de la Sala Foral al labriego negociante de Miguel Turra; y requiriendo su bastón de nudos a manera de cetro, decretó diciendo:

«En virtud de las reales atribuciones que me confiere el pueblo, ordeno y mando que a este hombre mal hablado y peor cantado se le corte la cabeza, o sea lo que está en lugar de ella; y que se le arranque el corazón vivo por el siniestro costado, el cual corazón se entregue al Museo de Historia Natural para hacer estudios científicos acerca de la hipertrofia cardíaca».

Levantose del suelo al oír tan rigurosa sentencia el hombre de los instrumentos, y sacando el facón amenazó al Gobernador de este modo, meneándose cadenciosamente, y retorciéndose todo, adentro del chiripá que le quedaba grande:

Piantáte de la cancha que hacés mala figura

con fouls y hands chingados te van a hacer sonar,

te falta tenicismo, colgá los papirulos

de línesman hay puesto, si es que querés jugar.

El juego no es paotarios, tenélo por consejo;

hay que saber cortarse y ser buen shuteador

en el arco que cuida la dama de tus sueños

mi shut de enamorado acaba de hacer gol…

Pero antes que la cosa pudiese llegar a extremos deplorables -porque el Gobernador no era maula y había empuñado tranquilamente el bastón en forma poco amable- adelantose el mayordomo entre los dos contendientes y alzando al cielo los brazos exclamó diciendo:

-¡Paso! Es un error. Señor Gobernador, Usía no puede sentenciar eso.

-¿Por qué?

-Porque se alzará en armas todo el pueblo de la Ínsula.

-¿Cómo es eso?

-Este hombre es el alimento espiritual de la vida emocional de nuestro pueblo; y le hace más falta que el buen pan.

-No entiendo ni medio.

-Señor Gobernador, este hombre usa andar por las plazas públicas de nuestra gloriosa Ínsula cantando esas tonadas que Vusarcé ha oído, y otras símiles; y las gentes usan agruparse en su torno en grandes concursos y en enormes masas, oyéndole horas y horas con la boca abierta.

-Pero ¡cómo! ¿Por ventura mis súbditos no son…? ¿cómo es que le dicen?… ¿alfareros?

-Alfabetos, Excelencia.

-¡Eso es lo que digo, alfareros, que saben leer!

-Son eso que dice Usía, efectivamente.

-¿Y entonces?

-Pues por eso mismo. Leen diarios.

-¿Cómo puede ser eso, doctor Pedro Recio? A mí me parece contradictorio.

-Es un misterio, Gobernador. Pero el hecho patente es que antes, cuando las gentes no eran todavía alfabetas   no escuchaban tangos por radio, sino que cantaban ellas mismas coplas, relaciones, glosas, décimas y romances, de ésos que está recogiendo por el Norte insuleño el fijodalgo don Juan Alfonso Carrizo. Eran coplas religiosas, llenas de alta teología; o canciones psicológicas y morales, llenas de humilde sabiduría; o cantares amorosos, llenos de finezas tan por lo alto, que hasta un cura podía cantarlos, aplicándolos al amor de Dios; y había también, no hay duda, coplas picarescas, pero hasta las mismas coplas lascivas eran espirituales.

-¡Dígame una! -dijo Sancho con toda seriedad.

-¿Religiosa? -dijo el Doctor.

-No. Más bien de esas últimas.

Aproximose el Doctor al trono y le dijo unas palabras. Riose Sancho plácidamente con toda la panza, y dijo:

-Es una porquería; pero tiene gracia, tiene.

-Lo que tiene gracia, no es nunca una porquería… -dijo el Doctor.

-…del todo… -dijo el Capellán.

-Propter elegantiam sermonis -dijo el Alguacil.

Riose de nuevo Sancho al ver al buen Alguacil echárselas de latino; y sosegado su ánimo, enarboló de nuevo el cetro y dijo:

«En virtud de la plenitud protestatoria y judicial que me confiere mi designación de representante del pueblo soberano, conmuto la sentencia de muerte de este desgraciado en sentencia de cárcel perpetua, como malhechor público y corruptor del magín y la cordura de las gentes».

Adelantose al oír esto el Maestresala y dijo:

-¡Alto! Ni usté ni nadie podrá hacer eso, señor Gobernador.

-¿Por qué?

-No durará ni un mes en la cárcel. Tiene una varita mágica que rompe cadenas, candados y muros como manteca.

-¿Cuál es?

-1000000 de escudos en el Banco Nación.

-Ganados, ¿cómo?

-Honradamente con sus honorarios, Gobernador.

-¿Gana éste honorarios mayores que yo?

-Mucho mayores, por supuesto, Gobernador.

-¿Es justo eso?

-Es justo, all right, de acuerdo a la ley de la oferta y la demanda.

-¿Quiere usted decir que no hay jueces, ni guardias, ni alcaides honestos en mi reino?

-Haylos, Gobernador. Pero hay también negociantes. Y los que gobiernan por ahora son los negociantes, a los cuales Usía representa.

Aquí fue donde Sancho pronunció la sentencia famosa, que Cervantes, por yerro, pone en otro lugar: «¡Cuerpo de mi padre el chivo! Por Dios y en mi conciencia que si me dura el gobierno -que no durará según se me trasluce- que yo ponga en pretina a más de un negociante».

Después de lo cual pronunció, agitando el palo con furor, la siguiente sentencia:

«En uso de mis atribuciones soberanas, y mirando más la misericordia que la justicia, vengo a conmutar la sentencia anterior de prisión perpetua contra el Hombre que Hace los Tangos en secuestro total de todo su dinero, el cual se aplicará a hospitales, leproserías y escuelas de mecánica, agricultura, minería y otras manualidades útiles, siempre que no sean de leer, escribir ni cantar, porque de eso ya hay hasta de sobra».

-¡Jamás! -gritó el Capellán, adelantándose hacia el trono-. Eso no lleva camino, Excelencia.

-¿Por qué?

-Porque si le quita el dinero a éste, en justicia tendría que quitárselo también a todos los que amontonan plata sin trabajo.

-¿Y qué mal hay en eso?

-Eso es muy peligroso, Excelencia. Niente mudanza, niente mudanza.

-Peligroso, ¿para quién?

-Peligroso para la religión. Se producen grandes disturbios sociales. Se quebranta el orden establecido. La   gente se pone furiosa, agarran a los curas, los ponen contra una pared, y los fusilan.

Sancho I se agarró la cabezota con las dos manos y durante un paternóster consideró gravemente cuán difícil era el arte de hacer justicia y cuán ardua la ciencia del gobierno. Después de lo cual, se volvió lamentosamente hacia su Corte y dijo:

-¿Qué les parece a ustedes entonces si le hiciésemos cortar la lengua a manos de verdugo?

-¡Dios nos libre! -gritó el jurisconsulto Mayor-. Se opondría el Otro.

-¿Cuál otro? -dijo Sancho.

-El que limpia los bolsillos de las masas, mientras están escuchándolo a Éste.

-¿Entonces existe un socio?

-No es socio propiamente, porque el Otro saca diez escudos donde Éste toca uno.

-¿Y quién es ese Otro? -dijo Sancho I con voz de trueno, alzando el bastón de roble.

Enmudeció el jurisconsulto y todos se miraron azorados.

-Que se lo diga el Confesor.

-Cualquier día. No me toca a mí. Yo no puedo meterme en política.

-¿Quién es, doctor Pedro Recio? -bramó Sancho revoleando el poste.

-Señor, no se puede decir -respondió éste temblando.

-¿No se puede?

-Está prohibido.

-¿Por qué?

-No conviene.

El bastón cayó sobre la mesa con el fil de un relámpago y se hizo astillas en ella. Todos retrocedieron aterrados.

-Basta -dijo Sancho I-. Veo que tengo que averiguar muchas cosas en mi reino. Quédese esto aquí por hoy. Pero entretanto mando que se administre medicinalmente al acusado una tunda de cincuenta azotes.

El reo dio un quejido de paloma.

El doctor Pedro Recio de Tirteafuera se adelantó temblando al trono gobernadil y cayendo de hinojos suplicó de este modo:

-En nombre de la humanidad, de la higiene y de la eugenesia ¿no ve Su Excelencia que eso y matarlo es todo uno?

-¿Por qué?

-No es apto ni para el trabajo corporal, cuantimenos para el castigo corporal, con aquesas carnazas fofas, con esas pechugas de paloma. Éste sirve solamente para cantar -y hacer- el amor. Por lo menos, para cantar.

Sancho I el Único se dejó caer en su trono, y, metiéndose un dedo en la nariz, pensó profundamente; y al verlo pensar profundamente, pensaron profundamente a su vez todos los Cortesanos. Después de lo cual levantose Sancho y dijo:

-Última resolución irrevocable. Ordeno y mando que a este cuitado se le hagan leer compulsoriamente cincuenta páginas de El Quijote y aínda más aprender de memoria cincuenta coplas de aquellas de don Carrizo. Entonces el condenado se levantó de su asiento con un grito de desespero terrible, y se arrojó a los pies del buen Sancho, propio como un endemoniado.

-¡Perdón! -gritaba-. ¡Jamás! ¡Eso no! ¡Cualquier cosa menos eso! ¡Más vale los cincuenta bastonazos! ¡Prefiero los cincuenta bastonazos!

-Todo se andará, hijo mío -dijo Sancho I alegremente-. ¡Aó, Alférez! ¡Llévenme a este sujeto a una poltrona y que lea Cervantes en voz alta; y a cada yerro, tropiezo, trabuque, o tilde que no emboque, le encaja usted una patada en el sitio que más le duela donde no haya hueso, hasta acabar las cincuenta páginas!

Dicho lo cual, dio el Gobernador la señal de los festejos, los cuales consistieron aquel día principalmente en una revisión del Tratado de Versailles desde el punto de vista metafísico, social, religioso y didáctico, acompañado de vuelos de reconocimiento y ligera actividad de artillería en todos los frentes.

Pbro. Leonardo Castellani

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