6. El Filósofo

El filosofó

Apenas hubo el astro jefe del sistema planetario mostrado su punto tangente al horizonte por dos grados cuarenta y cinco minutos y diecisiete segundos encima de la eclíptica, cuando arrancaron por fuerza a Sancho I el Único de las ociosas plumas donde yacía tranquilamente las manos en la nuca y el talón derecho contra la rodilla izquierda elevada en ángulo de 33°, a unos 58 cm2 sobre el nivel de la cama, y echándole de prisa un sombrero de copa y un pelafustán (o sea robe de chambre) por amor de la decencia, lo llevaron a todo correr a la Sala de los Supremos Acuerdos, donde los acordantes estaban golpeando con bastones y tocando pitos en señal de protesta por la tardanza. Sentose Sancho en su trono, acomodose, se abrochó uno o dos botones más y apretándose fuertemente el cinto del pelafustán impuso silencio a todos los Cortesanos con una sola mirada de malhumor y sueño; quiero decir de ceño.

-¿Qué hay ahora? -dijo Sancho.

-¡Señor! -recitaron simultáneamente todos los acordantes-. Hemos recibido una visita que nos honra, nos ilustra y nos enaltece.

Y esto diciendo se pusieron todos de rodillas, y cuatro reyes de copa introdujeron al recinto, sentado sobre unas andas, a modo de imagen de procesión, a un señor más lamido que ternero nonato, bien engominado él, bien afeitado, con corbata pajarita y una orquídea en el ojal del smoking. Cuadrose Sancho en señal de reverencia y mandó depositasen en el suelo, donde quedó inmóvil la estantigua lo mismo que había entrado, con la barbilla apoyada en la punta del índice izquierdo en señal de meditación   -60-   profunda. Visto lo cual, se entabló el siguiente diálogo:

SANCHO.-   ¿Quién es, Doctor, ese huésped ilustre?

PEDRO RECIO.-  Es el Filósofo Mayor del Reino de Sepharlandia3.

SANCHO.-   ¿Qué cosa es fisólofo?

PEDRO RECIO.-  Es el hombre que investiga las últimas causas.

SANCHO.-   No entiendo.

PEDRO RECIO.-  Vulgarmente hablando, es el hombre que puede hablar y habla de todo cuanto hay que saber del cielo y de la tierra.

SANCHO.-   Grande cosa habéis dicho, Doctor; y pregúntome yo ahora si hay fisólofos en mis reinos: porque sin duda es de oficio de buenos gobernantes fornir a sus ínsulas de cosa tan excelente.

PEDRO RECIO.-  Hay cuatro o cinco filosofillos insulanos, que ni se ven en el suelo, como suele decirse; pero ninguno puede compararse con el menor filósofo que venga del extranjero.

SANCHO.-   Y éste, ¿a qué viene, si se puede saber?

PEDRO RECIO.-  Ocasionalmente viene porque en su tierra se armó una trifulca de la gran flauta y lo han sacado echando humo, achacándole la culpa del dicho zipizape o trifulca: lo cual me parece exagerado. Pero principalmente viene a proponer a Su Prominencia y estos Supremos Acuerdos de la Ínsula un proyecto por el cual nuestra querida Ínsula va a ingresar de golpe en el concierto de las naciones más civilizadas.

SANCHO.-    (Con brío.)  Venga ese proyecto.

Extrajo Pedro Recio unos papeles de una arqueta de oro, y pusiéronse en orden los acordantes, el Acuerdo de los Pares a la derecha y el Acuerdo de los Nones a la izquierda, mientras el Filósofo era izado y sentado sobre una mesa con funda de guadamecí, y traían los ordenanzas rápidamente un pizarrón para marcar los votos.

«El Filósofo Mayor de Agathaura propone al prominentísimo Gobernador General desta Progresista y Pinturera Ínsula:

»Primero, la fundación de una Facultad de Filosofía y Letras Ocultas, y otra de Metafísica y Gnoseología Cognoscitiva, una de cuyas cátedras a opción ocupará el preopinante junto con la Dirección de dicha Facultad y 30000 escudos de renta anuales.

»Segundo, que las Honorables Cámaras de los Pares y de los Nones de esta lustrada y largaluz-iente Ínsula destinen la pequeña suma de 200000 escudos para una edición de lujo de las obras completas de los eminentes filósofos insulanos José Ingenieros, Agustín Álvarez, Juan B. Justo, Aníbal Ponce, José Barroetaveña, Almafuerte y Lisandro de la Torre, edición que dirigirá el preopinante y se repartirá luego gratuitamente a los pobres de los hospitales.

»Tercero, que se reúna un Congreso Internacional de todos los Filósofos del mundo en la capital de esta pacifista y proficua Ínsula, pagado por el gobierno della, con el fin de protestar contra el batifondo que hay en la patria del Filósofo Preopinante a causa de la falta de libertad de pensamiento…

»Y a mí, Pedro Recio de Agüero, me ha tocado ser el portavoz indigno de este altísimo acontecimiento cultural».

Y dicho esto, dobló la rodilla Pedro Recio y entregó los pergaminos reverenciosamente al morrudo y retacón jefe Supremo, que había estado todo el tiempo fruncido de morros y con los lampadares clavados en el Filósofo Preopinante. Después de lo cual, se puso de pie y apoyándose en el garrote, dijo:

-Necesito hablar con este fisólofo. ¿Cómo se hace para hacerlo hablar?

-Hay que ponerlo en una cátedra, apagar las luces y hacer profundo silencio.

-Hágase así -dijo Sancho. Y en menos que canta un batitú -que suelen cantar más largo que los gallos- puntualmente todo fue hecho y ejecutado.

Oyose entonces en el religioso recogimiento una voz dulzona y cantarina que decía:

«¿Cuáles son las posibilidades de la existencia trascendental de una conciencia fenoménica? A tal filuda e insidiosa pregunta sólo cabe oponer una pareja interrogación: “¿Cuál es la relación de una conciencia fenoménica con el nódulo de lo noumenal?”. Ya sé que el filósofo de Mazburgo, el aguileño Max Schoener, recusa la segunda parte y se ciñe precisamente al primer planteo. Pero, ¿es lícito a un filósofo que se precie de tal ignorar las implicaciones, aunque sean dialécticas, de sus propias posiciones fundamentales? En vista de lo cual, ardidamente respondemos: o la filosofía agrede el campo de lo antológico-noumenal, o la filosofía se convierte en literatura; y sea cual fuere la consternación de los escolásticos, que se propusieron convertir a la filosofía en una miserable ancilla theologiae, ponemos como primera condición de posibilidad de una conciencia fenoménica en el orden de la existencia trascendental, ¿qué ponemos, sectores? Simplemente, como ustedes han adivinado, La Angustia, o sea la vibración apenas perceptible de lo Contingente en los límites de lo infinito…».

-¡Basta! -se oyó la voz aguardentosa de Sancho en las tinieblas-. He comprendido. Enciendan las luces.

Este asunto me pertenece a mí -continuó el Gobernador-; es inútil que estén preparando boletas de voto. Yo lo voy a resolver por la afirmativa, con tal que el señor Fisólofo Preopinante no rehúse la pequeña condición que le pongo, que será tener un torneo personal de tres preguntas por barba, a resolver por puntos, él y yo, mano a mano.

-Yo, señor fisólofo -prosiguió Sancho al ver una ligera sonrisa de desdén en el fino rostro del sabio-, no me precio de sabihondo. No he estudiado entomología, o mejor dicho, etimología, o como se llame esa ciencia que usté nombró al principio. Diosgracia que me quede, de la poca escuela que mis padres me pudieron dar, mi pizca de Doctrina Cristiana, mi miaja de leer y escrebir, un poco de suma y resta para el gasto, templar una guitarra y un poco de cante a gañote seco o mojado, sea de iglesia, sea de los otros; eso sí, a matar un chancho y hacer una carbonada, no le cedo un punto a ningún bacán de mis reinos. Esto entendido, vengan sus tres preguntas,   -64-   presuponiendo esto: que si usté vence, tendrá los 200000 escudos para eso que se dijo; pero si venzo yo, quedará usté obligado a hacer durante un año mi santísima voluntad, gusto y gana, a pesar de no ser usté ínsulo mío, ni cosa que se le parezca. ¿Choca o no choca?

-Choca -dijo el sabio.

-Pues véngase y juegue duro, que usté es mano.

El sabio lo miró un rato con ojos relampagueantes.

-¡Defíname el yo trascendental de Fichte! -largó al fin de un saque, como lengüetazo’e sapo.

Sancho la pensó un momento.

-¿Cómo era? Repítame la pregunta.

-¿Qué es, formalmente hablando, el yo trascendental fichteano? -replicó el sabio con imperio.

-Eso que usté dice es… ni más ni menos… -Sancho se detuvo un rato; y después definió serenamente, eligiendo y pesando maduramente las sílabas-: simplemente la hiper-super-rinosis de la confabulación tricúspide que está abajo de las estrías del ornitorrinco.

-Está mal -dijo el sabio-. Punto para mí.

-Está bien -dijo Sancho.

-Está bien -dijo el Capellán.

-¡Usté no ha entendido una palabra! -gritó el sabio.

-¡Usté tampoco! -contestó el Capellán.

-Pun-to-para-na-die -proclamó el Maestresala, que hacía de rayero y de réfery-. A-nu-la-do.

-Juéguese la segunda con lo que usté sabe. Véngase no más al humo. Largueló al á-de basto -le dijo Sancho haciéndose el taita, para disimular el miedo.

-¿Qué cosa es el ornitorrinco? -envidó el sabio.

-Es una cosa de comer -contestó Sancho audazmente, tirándose un lance, porque no tenía la menor idea.

-Falso. Punto para mí -gritó el sabio-. El ornitorrinco es un paquidermo plantígrado de la clase de los ungulados, subclase de los palmípedos, que habita ciertas regiones de Australia y la América del Sud.

-Está bien -dijo el Capellán-. Punto para el Filósofo Preopinante.

-Punto -cantó el Maestresala, y lo pusieron.

Sancho se puso meditabundo.

-¿Cuáles son las cuatro letras del nombre de Dios en griego, hebreo, sanscripto y asiro-caldaico? -bramó el sabio.

Al oír aquello, todos los Cortesanos quedaron consternados; sólo Sancho permaneció tranquilamente con las piernas cruzadas, acariciándose la mejilla izquierda; viendo lo cual, todos los Cortesanos cruzaron las piernas y se acariciaron la mejilla izquierda.

-Ésas son cuatro preguntas y no una, señor fisólofo de mi alma… ¡Juego limpio aquí, manaya la porta miseria! -dijo Sancho con energía.

-¿Cuáles son las letras del nombre de Dios en sanscripto entonces?

-No tomar el nombre de Dios en vano -saltó Sancho como un rayo-. Dios no tiene nombre. El nombre de Dios es su Hijo. Su Hijo es Jesucristo. Jesucristo no tiene letras, es una persona humana y divina.

Apenas hubo Sancho proferido su estupenda y teológica respuesta, rompió en toda la sala un estruendo de chirimías, dulzainas, laúdes, atambores, atabales y ataúdes, celebrando ruidosamente el acontecimiento. Sancho se restregaba las dos manos de gusto, al mismo tiempo que protestaba modestamente: «Esto no es nada. Lo oí cuando era chico a un padrecito desos jesuditas que predicó para el Nombre de Jesús en mi pueblo».

Después de lo cual se incorporó, y apoyando ambas manos sobre el garrote, como Ulises cuando se le murió el perro, preguntó a su vez al sabio, que lo miraba desconfiado:

-¿Cuál es el ave que vuela más alto y más rápido?

-El ave que más alto vuela es el halcón; y más rápido, es el colibrí.

-Mal -dijo Sancho-. Punto para mí. El ave que vuela más alto y más rápido a la vez es el Avemaría. A la vez, se ha preguntado.

-Está bien -dijo el Capellán.

-Punto -cantó el Maestresala.

El sabio sintió que le cruzaba por la periferia cerebral una mala palabra; pero la contuvo por respeto a la autoridad.

-Segundo -prosiguió Sancho-. ¿Cuál es el ave que nació dos veces, nació en un pesebre y entre pajas, fue despojada de sus vestiduras y puesta en un palo por nosotros pecadores?

El sabio se le quedó mirando a Sancho de hito en hito, con los ojos como boca de horno.

-Hablando con toda reverencia -dijo-, la solución a esa pregunta no puede ser más que una: Jesucristo, el Dios de los cristianos.

-Falso -dijo Sancho-. Punto para mí. Jesucristo no es ave. La respuesta es: un pollo asado.

-¿Cómo un pollo asado?

-Un pollo asado, señor mío, ni más ni menos, para que usté lo sepa, si no lo sabe.

-¿Y el palo? -dijo el sabio.

-El palo -dijo Sancho- es un asador de palo que se usaba en mi casa cuando el de fierro se descomponía.

-Muy bien -dijo el Capellán.

El sabio sintió que una blasfemia horrenda le irrumpía de la laringe a la mucosa bucal; pero se contuvo a causa del respeto a todas las religiones, que está en la Constitución Nacional.

-Tercera -dijo Sancho-. ¿Qué es quisicosa -y es una sola cosa- que está más alta que Dios, más baja que el diablo, más profunda que el mar y más patente que el sol?

El sabio sacó un lápiz y empezó a hacer cálculos en un papel.

-Rápido -dijo Sancho-. Esto no es juego de tablas.

-El punto sobre la i de la palabra Dios -dijo el sabio.

-Falso -dijo Sancho-. La D mayúscula es más alta que ése…

-Punto -cantó el Maestresala.

-El infierno, donde está tendido el diablo.

-Falso -dijo Sancho-. El infierno, el diablo lo lleva adentro.

-Punto -cantó el Maestresala.

-La arena que está en el fondo del mar.

-Falso -dijo Sancho-. La arena no es profunda, porque es el fondo mismo. Profundo es lo que está cerca del fondo y la misma palabra lo dice, por el fondo.

-Punto -cantó el Maestresala.

-Me doy por vencido -dijo el sabio-. ¿Qué es?

-Nada -dijo Sancho-. Pero vení acá, pedazo de animal. ¿No ves que en cuanto te digo «más alto que Dios», ya no puede ser, porque no hay nada más alto que el Altísimo? ¿No sabes que cuando te espetan un apsurdo, lo primero que hay que hacer, una persona cuerda, es rechazar todo el resto, y no correr carrera ninguna con un tipo que hace largada con un apsurdo, que es largada falsa?

El sabio sintió la tentación inminente de matar a Sancho rugir en todos sus lóbulos occipitales izquierdos; pero se contuvo por amor al quinto mandamiento.

Pero Sancho se había bajado de su trono, y llegándose a la cátedra le había puesto al sabio el puño en las narices.

-¡Y éste es el que pedía 200000 escudos para empezar -bramó Sancho-, como quien pide cuatro reales, sinvergüenza! ¡Doscientos mil escudos a ti, insolente, mal criado, luterano! Pero, ¿con qué garantías, roñoso? ¿Y dónde los tengo yo, piojoso? ¿Y por qué tengo que dártelos, aunque los tuviera, manyatrippa? ¿Y los huérfanos, mastuerzo de los demonios? ¿Y los leprosos, marisabiduelo de Satanás? ¿Y los enfermos de los hospitales, fachendoso de… bueno, de lo que todos saben? ¿Y los pobres de los conventillos? ¿Y los niños de la doctrina? ¿Y los que no tienen qué comer? ¿Y las doncellas sin dotes? ¿Y las maestras sin puesto? ¿Y los maestros correntinos? ¿Y…?

Pero el sabio entonces, viendo que la tomaba por las tremendas, perdió la retentiva y exclamó en el más puro acento catalán:

-Chicu, tumenuz el purtante

-purq’ ezt’ animal-

es muy capaz pur las trazes

-d’hacernuz una perreríe d’aquellez…

Y echando por encima de la cátedra las piernas, descubrió debajo del pantalón de seda Grósvenor Square, un par de alpargatas sudadas y unas medias a rayas bastante sucias, con unos pies probablemente lo mismo, que intentó poner, como se dice, en polvorosa. Pero por suerte el Alférez lo cazó por la nuca, y lo dejó suspendido como abadejo en percha.

-He ganado -proclamó Sancho triunfante-; y en consecuencia he aquí mis voluntades. El señor fisólofo partirá hoy mismo con esos padrecitos misioneros gallegos que vinieron ayer a despedirse para dar una misión en Estación Bosch (Cinco Cerros); no de changador -por esta vez- sino de secretario dellos, para anotar los matrimonios, enseñar la doctrina, visitar los ranchos en busca de bautizos, bendecir las casas y preparar comuniones desde los llanos de Balcarce hasta las selvas de Misiones. Allí podrá ver de cerca a la gente de su propia tierra, y de todas las tierras del mundo, lo que es el mundo, lo que es la gente y lo que es la vida. Y conocerá las necesidades de esta tierra y la fisolofía de ella. Y después de un año vendrá aquí, y hablaremos de fisolofía. Que no la despreciamos tampoco, como se habrá visto por las muestras…

Dicho lo cual, dio el feliz Gobernador la señal de los festejos, los cuales consistieron ese día principalmente en un gato con relaciones y un perro sin ellas, acompañados de un combate naval entre cruceros británicos y alemanes, con resultados desfavorables para todos, menos para el Uruguay.

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