7. El Profesor de Poesía

POesía

Apenas hubo el rubicundo Apolo asomado su refulgente faz y sonrosado rostro por el lado de la Banda Oriental, «donde el sol siempre nace y no se pone», como dijo Artigas, cuando arrancaron al nuevo Gobernador de la Biblioteca, donde había pasado la noche leyendo el Martín Fierro, y lo llevaron al Salón de los Consejos Constitucionales para resolver los asuntos del día. Inmediatamente el Maestresala introdujo a un señor de levita y cilindro, diciendo:

-Prominencia, éste es un señor profesor universitario que desearía hacer un donativo filantrópico a nuestra brillante Ínsula.

-Me parece estupendo -dijo Sancho-. ¿De qué se trata?

-Prominencia -dijo el señor refulgente-, yo soy profesor titular de Literatura en la Universidad de Buenos Aires, de Retórica y Poética en la de La Plata, de Crítica Literaria en la de Tucumán, de Historia Evolutiva del Cine Hablado en la de Cuyo, suplente de Literaturas Nórdicas en la del Litoral, y catedrático de Historia de la Literatura en los Colegios Nacionales Cornelio de Saavedra y Aníbal Ponce, de esta prodigiosa Capital. Como en todas partes digo más o menos lo mismo (unos apuntecitos sacados de un libro alemán desconocido que me hice cuando joven) y me ocupo a ratos perdidos de preparar bochados y compra-venta de propiedades, «estoy» bastante pudiente, y quisiera, con venia de Usía, ahora que se aproxima mi jubilación, acabar mi próspera y patriótica vida como la empecé, donando la cantidad de 100000 escudos al Estado para la fundación de una nueva Universidad en la ciudad de Bahía Blanca o Puerto Madryn,   -70-   o sea el Estudio de la Poesía Moderna, llamada Misrahit Ashamel, porque yo, aunque me esté mal el decirlo, soy israelita, pero de corazón cristiano, los cuales 100000 escudos, juntos con una subvención de otros 100000 mensuales que pondría el Gobierno, sostendrían el claustro profesoral por el momento, del cual yo sería Decano provisoriamente, pero con derecho hereditario para mi hijo primogénito hasta la séptima generación, con el objeto de aplicar un método de mi invención al estudio metodológico y científico de la poesía moderna.

Señor Gobiernador -continuó el profesor al ver que Sancho no soltaba palabra, mas lo contemplaba con los ojitos entrecerrados como un gato viejo-, usté ha visto la copiosa floración de poesía que produce nuestra rodrigona y redundante Ínsula. De las muchachas que estudian, la mitad se hacen maestras, la otra mitad poetisas. Además de ésas, hay muchísimos poetas que no han hecho ni tercer grado, sin contar las mujeres. Los libros de versos que se publican en el país, la mayoría a todo lujo, bastarían para sufragar, según las estadísticas, dos grandes leproserías y un asilo para hijos de leprosos sin que tuviese ya que cansarse bailando para eso el pobre Patronato de Leprosas Mentales. Toda esa materia prima, bien canalizada, podría convertir a nuestro país en el Primer Productor Mundial, si no en calidad al menos en cantidad, de libros de Poesía Moderna. He aquí mis patrióticos anhelos, los cuales ofrezco de corazón a mi patria adoptiva.

¿Mi plan? Mi plan es sencillo y suave -prosiguió el sabio, después de un mudo silencio insomne-. Como todos saben -desde que yo empecé a enseñarlo- la poesía antigua era desordenada: Cervantes la comparó a una bellísima princesa que danza en medio de un coro de otras doncellas, que son todas las otras ciencias. ¿Quién va a estudiar científicamente una mujer que danza? La poesía antigua es inclasificable; y la razón es que consta de tres cosas: sentido, ritmo y rima, con las cuales se pueden hacer infinitas combinaciones; pero la poesía moderna se puede clasear científicamente y yo la he claseado en seis clases, a saber:

Con sentido con ritmo sin rima: verso libre;

Con sentido sin ritmo con rima: lugonoidea;

Con sentido sin ritmo ni rima: prosa poética;

Sin sentido con ritmo con rima: jitanjáfora;

Sin sentido con ritmo sin rima: logofluncia;

Sin sentido sin ritmo ni rima: gagarroica.

Como ve muy bien Su Prominencia, esto abre a la ciencia posibilidades infinitas. Tomemos un ejemplo cualquiera, manera breve de probar las cosas. Aquí tenemos estas Décimas aparecidas en una revista argentina culta, de ésas que aparecen cuatro cada primavera para morir en la primavera próxima. Bueno. Apenas las oiga, Usía verá que pertenecen al género jitanjáfora. Atención.

Décimas

(De la novia)

En desnudas maravillas

rompiendo la noche, alcanza

la soledad de su danza

compañero de rodillas.

Si agita el laurel a orillas

de su canto, en la mañana

con talle de nardo gana

la pampa del cielo y sube

en las manos de la nube

a la edad de la manzana…

Apenas sonó el décimo verso, interrumpió Sancho al Doctor, que con los ojos en blanco y penetrado tono declamaba, para preguntarle a quemarropa.

-¿Qué le hizo? -¿Quién?

-La novia al tipo. ¿Qué le hizo después de esto?

-Eso no interesa para nada a la Ciencia, Prominencia -contestó el Doctor, resentido-. Son asuntos personales. La Ciencia considera objetivamente el poema y se plantea las siguientes cuestiones:

1. ¿Quién alcanza la soledad de la danza? ¿Es la novia, es la noche, es el compañero de rodillas o es simplemente el mismo poeta?

2. ¿Cuál es la edad de la manzana, la mano de la nube, la orilla del canto, la soledad de la danza y la rotura de la noche?

3. ¿Por qué ley física o cosmológica el que agita un laurel a orillas de un canto produce que el compañero de rodillas con talle de nardo gane inmediatamente la pampa del cielo, lo cual de otro modo no es posible en modo alguno?

4. Dejando para otra clase tres cuestiones profundísimas, vamos a la cuestión-clave del poema entero. «Compañero de rodillas»… ¿es un compañero que está de rodillas, o es simplemente un compañero de las rodillas, como si dijéramos las ligas, las corvillas o la raya del pantalón? Pero aquí surge una duda seria. Las rodillas, ¿son las anatómicas rodillas fémur-tibio-peroneales o son las rodillas que las sirvientas gallegas emplean para el secado? Toda la intención y la metafísica del poema se da vuelta capicúa según Usía adopte una u otra sentencia.

Wilamovitz, Cachini, Rodolfo Arteta, Goycochea, el doctor Martínez-Juárez y Martín Gil están por la primera interpretación. Los fundamentos no son de ningún modo despreciables. Los expone mi colega el eminente crítico Rodolfo Arteta en su libro Rodillas y argentinidad literaria, Editorial Papel y Delincuencia, Buenos Aires, 1939. En brevísimo resumen son los siguientes, y estenme atentos sus señorías:

«El compañero está de rodillas, pongamos, haciendo sus oraciones de la noche en piyama. Si está de rodillas, no puede danzar, he aquí la soledad de la danza, la cual se queda sola y plancha como decimos, con que “la noche rompe en desnudas maravillas”, es decir el cielo estrellado aparece a los ojos del poeta. Pero llega la novia en un piyama verde -con talle de nardo- y subiéndose por un laurel que se agita -naturalmente- salta la tapia, la cual llama metafóricamente el poeta “las orillas de su canto”. Con esto se pone el poeta tan alegre como un chiquilín de edad de un año con una manzana y agarrándose del humo del cigarrillo como mano de nube, sube al cielo que se puede comparar con la pampa, porque ya ha llegado la mañana y está color rucio o bayo barroso». ¿Qué pasa entonces? Vamos a la segunda décima.

-Basta -dijo Sancho-. Me parece que ese verso es inmoral.

-Es muy posible, señor -dijo el Doctor-. ¿Por qué, si no, hacerlo tan oscuro? Pero eso no tiene importancia ya que, como Usía sabe, el arte es independiente de la moral.

-Lo sé perfectamente -dijo Sancho-. Y ahora quiero proponer a Su Sapiencia unas décimas que estuve haciendo despacito de mientras usté hablaba, que aunque improvisadas, le he dado un fondo físico y teológico, y quiero antes, de decretar nada, oír el parecer de Su Sapiencia.

Enderezose Sancho con gravedad y prosopopeya, y como Sancho se enderezó, enderezáronse todos los Cortesanos con gravedad y prosopopeya, mientras siete taquígrafas se aprestaban a tomar sus gobernariles palabras. Hecho lo cual, recitó Sancho su poema diciendo:

Yo vide un caballo tiple

en una maroma enhiesta.

Miré bien y era una fiesta

de triángulos con tomate.

«¡Dele -le dije-, en el mate,

total, para lo que cuesta!».

Yo vide una demagogia

bailar con un basilisco.

Miré bien y era un pedrisco

de mayonesa con cloro…

«¡Ah, loco -le dije-, loro

no te hagás el obelisco!».

Yo vide un tigre con bata

en un adjetivo abstracto.

Miré bien y era un impacto

con vaina y dulce de leche.

«¡Pongalón en escabeche

-les dije-, está putrefacto!».

Yo vide una vaca afónica

patiar contra un alambrado.

Miré bien y era un pescado

que estaba amasando adobe.

«¡Si no tiene, pase o robe

-le grité-, pero al contado!».

-¿Qué me dice usté de mi poema, Sapiencia?

El sabio se había puesto a exclamar tocando el cielo con las manos.

-¡Soberbio! ¡Estupendo! ¡Bestial! ¡Genial! ¡Aplastante! ¡Con un sentido esotérico profundísimo! Toda la teología católica resumida en cuatro décimas. ¡Ni Paul Valéry, ni Jorge Guillén, ni Herrera Reissig en sus últimos años, ni Luis Franco, ¡qué digo!, ¡ni Ricardo Molinari, ni Marcos Fíngerit son capaces de concentrar tal suma de pensamiento, malicia, emoción y rutina! ¡Señor Gobernador, permítame que me ahinoje a sus pies sagrados como al más divino poeta destos tiempos, y que escogite ese fantástico poema para mi primer curso en la Facultad de Poesía Moderna, que yo desde este momento doy por fundada y hecha, desde que los cielos nos han dado un Gobernador Poeta!

-Perfectamente -dijo Sancho-. Vengan los 100000 escudos.

-Perdón, señor Gobernador. Venga primero el decreto.

-¡Vengan los 100000 escudos!

El Doctor vaciló un momento.

-Quiero ver el decreto -dijo.

Descendió Sancho posadamente las gradas del trono y llegándose al sabio, que se incorporó al instante, lo asió de las solapas, y lo sacudió amablemente diciendo:

-¡Vengan los 100000 escudos!

Demudose horriblemente el profesor -¡quién sabe lo que le vio a Sancho en los ojos!- y sacando del bolsillo del pantalón un envoltijo de trapos viejos, que dejaron el piso a la miseria, desenvolvió después de muchas vueltas cien fragatas nuevecitas.

Manotió Sancho el tapado como un refucilo, y mandando al Alférez que atase al dueño de pies y manos, dictó el siguiente

Decreto

Considerando:

1. Que en la Agathaura hay actualmente superproducción de poesía moderna, la cual no se puede colocar en los mercados…

2. Que el papel y la mano de obra están cada día más caros y la radio abarrotada…

3. Que nuestra Ínsula en su generalidad no está todavía preparada para asimilar la poesía superfina de los poetas extranjerizantes…

4. Que so pretexto de poesía hay cada circulillo literario de alacranes, holgazanes, maldicientes, vagos, borrachos, engrupidos, idos, paranoides y macaneadores que da miedo…

5. Que…

Pero en este momento el Maestresala pegó un golpe tremendo en un gong anunciando el fin del trabajo y la   -77-   hora del reposo. Frunciose un poco el Gobernador y deseó rematar la tarea; pero no queriendo fatigar su Corte, dijo:

-Quédese para mañana este Decreto sobre los poetas, que en Dios y en mi ánima, o me va a costar la vida o va a ser la más famosa y formidable pieza de legislación que han visto los siglos presentes ni esperan ver los venideros.

Dicho lo cual, dio el feliz Gobernador la señal de los festejos, los cuales consistieron ese día principalmente en el Concejo Deliberante desde el punto de vista jurídico, religioso y literario acompañado de una meningitis con uva de Mendoza destilada en ácido sulfúrico y palo campeche, al mismo tiempo que siete bayaderas declamaban a coro la siguiente composición poética, producto del estro de Sancho en sus años juveniles:

El Diluvio

Noé en su Arca tuvo ñanduces, tuvo pájaros en gran escala.

Tomaba leche a cucharones, y los huevos con una pala,

de churrasco comía elefante, de vigilia comía ballena,

y de mosto marca Graffigna se mandó la recala llena,

y decía el viejo catando su buen moscato sanjuanino:

«¿A mí el agua qué se m’importa, con tal que no entre dentro’el vino?».

La primera noche’el Diluvio se encerraba Noé en el Arca

trancándola con una tranca más solemne que un patriarca;

en ese instante se desatan las cataratas del abismo.

Noé dice: -«Stá yovisnando. Pero aunque me yueva, é lo mismo.

E si s’inunda lo potrero, lo lechero farán su agosto.

A mí l’agua non mi fa niente, peró que no me dentre al mosto».

La segunda noche’el Diluvio le pregunta Noé a Rebeca:

«Che, vieca: ¿cuánta pulga metiste; queré decirme un poco, vieca?».

-«¡Y… metí no má un casalito, como estaba mandao, abaco!».

Y responde Noé enojado: -«¡Aquí hay más de dó pulga, caraco!

Pero anque haya dó miyone, e anque haya trentamil y pico,

e anque haya il diablo bicorno, esto vino está moy moy rico».

La tercera noche’el Diluvio le dolió a Noé la cabeza

de ver ahogarse tantos tipos que no habían ganado el arca.

Le querían dar abluciones, una purga y una compresa.

Pero entonces había que verlo, cómo se puso el Patriarca.

«-¡Déquense d’embromar con l’agua ni siquiera en baño de asiento!

¡Demasiado agua hay de afuera, no me vengan con l’agua adrento!».

Envío

Patrón Noé, patrón Noé, que se nos hunde el arca nuestra.

En tu tiempo al menos hubo agua para el pobre, y al rico, vino.

Pero en este tiempo el champán no va a dejar un pan de muestra.

Y vamos a morirnos de sed, con un lujo heliogabalino.

Patrón Noé, si no estás ahora más borracho que don Bepo,

¡Oh inmortal patrón de la cepa!, si no estás por borracho al cepo,

manda a los pobres santiagueños lo que voy a pedirte yo:

¡Que se harten los politiqueros de vino hasta que «ya no quepo».

Pero manden a las provincias toda el agua que les sobró.

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