15. La camisa del Hombre Feliz

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Apenas hubo el boquirrubio Febo filtrado su cara yema e’huevo a través de la fulígine industrial y azufrada de aquel día caliginoso, cuando tomó asiento el nuevo Gobernador, penosamente sostenido por dos enfermeros en su regio sitial justiciero, dispuesto no ya a brindar remedio sino a pedirlo: desmayado el cuerpo, lacios los miembros, floja la barriga, caída la cabeza, mortecinos los ojos, fofo el belfo, huidos los otrora pintones y pimpantes colores de la cara, todo él viva estampa de la más mortal descompostura. Diéronle la tranca en la mano, y él dejose caer por el siniestro lado, al tiempo que entraba el doctor Pedro Recio de Agüero trayendo de la mano a los dos más grandes físicos de la Ínsula, el doctor Flaco y el doctor Gordo, pues éstos son los únicos nombres o sobrenombres -si acaso- con que nos lo retrotrae hoy la Madre Historia -que es la más inexacta de todas las ciencias-, aunque es de suponer que se llamaban de otro modo.

El doctor Flaco, según la misma Historia oficial de la ínsula Agatháurica, era un tipito cenceño y nervioso que se había matado en la Facultad estudiando medicina y seguía estudiándola; curaba a los pobres de balde, y los ricos no le pagaban; se tomaba las mil penas, cuidados y desvelos por sus enfermos, los cuales abusaban que era un gusto; y finalmente, él la había tomado en serio su profesión -y qué le va a hacer si era así su carácter-, que es un lujo que hoy en día se paga caro. Adelantose pues el buen doctor Flaco al trono, y después de diligente examen y clínico interrogatorio, hizo su concepto y diagnosticó la larga y misteriosa enfermedad de Sancho desta forma:

-Esplendencía, aquí no hay nada roto orgánico, hay un desarreglo funcional, si así puede llamarse. Todo este decaimiento, melancolía, inapetencia y este hacerse el niño mimoso, no se deben como usté cree a dos ratones que le están royendo las dos alas del corazón, ni a una fuentecilla de sangre que le ha brotado en la cabeza del píloro, como usted dice. Simplemente, Gobernador: usté por un lado tiene un oficio muy difícil; y por otro lado, abdicar usted no quiere o no puede. Mussolini dijo que para gobernar un pueblo moderno hay que tener vocación de mártir; y uste reculadelante del martirio y también delante de la renuncia, y dese modo se refugia en el compromiso del mal de melancolía, estaqueado entre dos ímpetus vitales que lo quieren descuartizar, como a Tupac-Amaru el famoso.

-¿Quiere decir todo eso -articuló Sancho todo encendido y con los ojos saltados- que en realidad yo no estoy enfermo?

-Así es, Esplendencia, en cierto sentido; si vamos a ser francos; o si está enfermo, se puede curar queriendo solamente, pero queriendo de veras, que es la cosa más difícil que existe.

-¡Mentira! -gritó Sancho furioso-. ¡Eso es tratarme de nerausténico, que es una manera fina que tiene la gente chic de llamarse locos! ¡Desacato a la autoridad gobernaril! Pena lesae! Pena lesae! Pena lesae mayestatis! Y alzándose con unos bríos que nadie le sospechara, mandó que ipso facto al doctor Flaco le cortaran la cabeza y que entrase inmediatamente a tallar el doctor Gordo.

El doctor Gordo era mofletudo, flamante y florido; nadie nunca lo había visto pelarse los codos ni las cejas, pero tenía una mano de pastelero, una labia de Doctor y una confianza en sí mismo que era un amor: lo que prueba que, en medicina, la ciencia no es todo. Volvió a examinar y a resobar a Sancho por todos lados, con grandes resoplidos y exclamos, mascullando palabras griegas; y después de aplicarle los astrolabios y una botella de Leyden, formuló su diagnóstico del modo siguiente:

-Excelsa y divina Majestad: Su Excelsitud padece la más rara y peregrina dolencia que registran los anales de Eróstrato, y que sólo ataca a los cerebros privilegíados: he nombrado la llamada epiglisumia tantálica, complicada con gran inflamación hiperzoótica de las anastomosis del plexo solar, que si no se ataja a tiempo puede producir hasta una flogosis de las noohorméteras ¡qué digo!, hasta una parkinsonización de los elementos.

-¿Y qué tengo que hacer para sanarme? -exclamó Sancho todo suspenso y asustado.

-Solamente un remedio queda: dormir una noche con la camisa de un hombre feliz -exclamó el doctor Gordo con prosopopeya, después de lo cual acató al regio enfermo y salió de la sala orondamente sin volver la cabeza, en medio de dos filas de Cortesanos estupefactos. Mandó Sancho al instante al doctor Pedro Recio que le buscase un hombre feliz; de lo cual se regocijaron internamente todos los Cortesanos, sabiendo que un hombre feliz no existe, por lo cual peligraba la cabeza deste doctor Recio, que ninguno dellos amaba, ya que venía ocupando por más de diez años un alto cargo de 10000 escudos o sanmartines mensuales. Pero cuál no fue la sorpresa de todos, al verlo regresar a la media hora trayendo a un señor de chaqueta, alto, rollizo y robusto, mal afeitado, de modales abiertos y campechanos y de resonante acústica; y diciendo:

-Aquí está un hombre feliz.

-¿Es usté feliz? -dijo Sancho.

-Lo soy.

-Sáquenle inmediatamente la camisa.

Sonrieron todos los Cortesanos y se frotaron con fruición las manos, sabiendo perfectamente por la misma Historia oficial de la Ínsula Acatháurica que el Hombre Feliz no tenía camisa: y por ende peligraba otra vez la cabeza de Pedro Recio. Pero su sorpresa no tuvo límites cuando vieron aparecer un amplio camisón de cefir a rayas verdes y rojas que pasó volando a las manos de Sancho, mientras le alcanzaban a toda prisa una salida de baño al velludo y globuloso descamisado.

Tomó Sancho la prenda en sus manos y la consideró por todos lados largamente con cierta visible aprensión; por lo cual todos los Cortesanos no pudieron menos de mostrar una cierta aprensión; después de lo cual levantó   Sancho la barbicaída testa y se entabló entre los dos el siguiente diálogo:

SANCHO.-  ¿De veras es feliz usté?

HOMBRE.-  Positivamente endeveras.

SANCHO.-  ¿Y por qué?

HOMBRE.-  Porque soy un ocioso; y un ocioso tiene tantas cosas que hacer, que no tiene tiempo de aburrirse.

SANCHO.-  ¿Y cómo come?

HOMBRE.-  Me paga el pueblo soberano.

SANCHO.-  ¿Para qué?

HOMBRE.-  Para que hable.

SANCHO.-  ¿Para que hable?

HOMBRE.-  Se comprende: para que delibere. Para que hable deliberando y delibere hablando.

SANCHO.-  ¿Qué es delibere?

HOMBRE.-  Delibere, señor Gobernador, es la expresión y defensa de la Democracia. Se trata de hablar encomiásticamente y sesudamente delante de un alto Cuerpo Colegiante, en forma que prosperen no sólo los intereses de la nación entera sino la conculcación de las ideologías que conducen al progreso y a la ilustración de la Humanidad civilizada.

SANCHO.-  ¿Y cuáles son estos asuntos, si se puede saber?

HOMBRE.-  Con tal que usté no hable ni de la suciedad y abandono de las calles, ni de las chapas nomencláticas que faltan en las esquinas, ni del empedrado caro y arbitrario, ni de la horrenda y anárquica edificación urbana, ni del problema atroz de los ruidos, ni de la ordenación del tránsito callejero, ni de hacer plazas y jardines para el pueblo pobre, ni nada por el estilo, usté, ch’amigo Gobernador, puede tocar todo otro tópico que conduzca a la eflorescencia de una nación libre, abierta a todos los hombres de buena voluntad, sin diferencia de razas ni religiones.

SANCHO.-  Me parece que no queda nada.

HOMBRE.-  Sí, estimado cólega. Por ejemplo: usté puede tratar de Rumania, de la politiquería nacional, del personalismo que largó contra usté el otro cólega el otro día, de las dictaduras totalitarias, de una moción de orden y de cuarto intermedio, de la nueva pileta higiénica municipal, de las efectividades conducentes al logro, de la invasión de Noruega y de Inglaterra, de la quinta colupna, de los premios municipales, del segundo frente, de los argentinos cencentrados en los campos de Francia, de la liberación del obrero, del salón de arte municipal; de los premios municipales de poesía, drama, ensayos, filosofía, numismática y democracia; y así de mil otros elencos gaseosos y electrizantes que lo ponen a uno boyante y satisfecho y lo preconizan delante de las masas populares, con vistas a pasar al Congreso.

SANCHO.-  ¿Y después?

HOMBRE.-  Y después, cuando menos te lo piensas, te cae a casa al anochecer un señor en auto a traerte unos cuantos miles de patacones en títulos que te ruega que embolses sin la menor dilación con tal que calles esto o digas aquesto, votes aquello o desvotes lo otro, todas cosas que no pueden hacer daño a nadie, y dependen de operaciones complicadas que tienen lugar en Europa, y no hay por qué nosotros los criollos andemos preocupándonos, que ni siquiera se entienden y están llenas de tepnicismos. ¡Qué país, amigo! ¡Qué país éste! ¡Pero qué país rico! ¡Qué país más lindo! ¡No hay país como éste, Sancho hermano, y la raza criolla a que pertenecemos, usté por nacimiento y yo por naturalizamiento!

Oyó Sancho toda esta tirada, dicha en arrogante voz y gallarda apostura, todo estupefacto y perplejo; y después despalancó los ojos y alzándose del trono dijo con júbilo:

-Te conozco, mascarita. Ya sé quién sois. Vos sois un…

-¡Eso mismo, lo adivinaste, aparcero! -dijo el hombre-. ¡Concejal! Cadisto Segbadesco, pa su servicio y el de su madre. ¡Vengan esos brazos y aprenda la ciencia de gobernar sin matarse ni volverse loco!

Cayó Sancho en los brazos del hombre del toallón, teniendo aún la camisa verde en las manos; y fue tal el júbilo que le dio al verlo tan garifo, tan ufano él, tan contento, tan reposado, tan lleno de sí mismo, tan bruto, tan plantado en la vida, que de un golpe se le fue el mal de melancolía. «Mirá un poco los bichos de Dios que andad por la tierra, Sancho, si no da gloria solamente el contemplarlos se decía a voces el Gobernador llorando de consuelo- y no te hagás tanta mala sangre por tus fallas y pecados».

Al decir esto, se inmutó horriblemente Sancho, acordándose así como en sueños de una brutalidad y un pecado que había hecho esa misma mañana medio en sueños; porque al hombre que manda, el poder se le sube a la cabeza como el vino. Pero he aquí que entró el Doctor Pedro Recio todo regocijado por la milagrosa curación del amo, para avisarle que la ejecución del doctor Flaco que él había ordenado en un rapto no se llevó a cabo, puesto que el guardabosque encargado della, a quien el Capellán guiñara el ojo, había dejado escapar al médico en desgracia y había traído en cambio del bosque una camisa manchada en sangre de perro.

Visto lo cual, dio el recobrado Gobernador la señal de los festejos, los cuales consistieron ese día principalmente en un sufragio universal con acompañamiento de fraudes, intervenciones, peculados y homicidios con una procesión de antorchas de todos los niños fiscales hasta el Palacio de Gobierno de la Ínsula.

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