17. La máquina de Ganar a la Ruleta

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Apenas hubo el renombrado Febo asomado su chata y carirredonda faz de entre las purpúreas sábanas del cielo, cuando arrancaron al nuevo Gobernador de su Biblioteca, donde estaba leyendo La Pasión de San Mateo, en latín, con grandísima curiosidad y sin entender gran cosa, y lo llevaron a la Sala de las Oculares Inspecciones para resolver los asuntos del día. No bien se hubo sentado en su trono, cuando se abrieron con estrépito las puertas del salón, dando ingreso a dos Alguaciles con enmedio dellos un desdichado con traje de empleado público puesto a la miseria, todo bigotudo ensangrentado, que sangraba por varias partes de la cara, al mismo tiempo que resonaba afuera un clamor inmenso que decía:

-¡A muerte! ¡A muerte!

Levantose Sancho alarmado y dijo:

-¡Alto! ¿Qué pasa?

-Señor, un linchamiento…

-¿La plebe?

-No, señor. La aristocracia nada menos.

-¿Y quién es este criminal?

-Señor, un pescador de Mar del Plata.

-¿Pescador? ¿Y ese vestido?

-Mejor dicho, señor, un empleado público de la ruleta de Mar del Plata.

-¿Y por qué lo linchan?

-Porque inventó una máquina para ganar a la ruleta.

-¿Y ganaba?

-Ganaba, y toda esa crema que está fuera perdía. Y por eso lo quieren matar.

-¿Y no sucede eso siempre en la ruleta?

-Siempre, señor, pero sin máquina. Lo malo es la máquina. ¡Y lo que hacía ese infame con la plata!

-¿Qué hacía?

Iba a contestar el Alguacil cuando resonó aturdidor otra vez el vociferio de voces aflautadas y finas, que gritaban al unisón:

-¡A muerte! ¡A muerte!

Alzose Sancho con viveza y abrió de par en par los amplios ventanales que daban sobre la Plaza Mayor de la Ínsula, encuadrada por altos edificios, donde sus ojos tropezaron un espectáculo de ensueño: una cantidad de hombres rigurosamente vestidos de negro, con sus sombreros altos y tubiformes, que gritaban todos, llenos de furia, tirando piedras contra el balcón:

-¡A muerte! ¡A muerte!

Volviose Sancho al doctor Pedro Recio, que había sacado un paraguas de algodón colorado para proteger al Gobernador de algún adoquinazo -que por lo demás no venían con mucha fuerza- y dijo:

-¿Qué quieren decir con ese a muerte?

-Quieren decir ¡que muera!

-¿Y por qué no dicen: que muera?

-Porque así se dice en Francia; y todos éstos han estado en Francia.

-¿Y de ahí?

-Y… como dijo Sarmiento, las cosas tal como se hacen en Francia son más distinguidas de tal como se hacen aquí.

-¡Ah! ¡Entonces ésta es la gente de mi Ínsula que llaman distinguida…!

-Exactamente, Esplendencia.

-¿Y el carnaval también lo trajeron de Francia?

-¿Qué carnaval?

-El sombrero con betún, la chaqueta con dos colas, y los otros vestidos largos por abajo y cortos por arriba.

-¡Jesús, Esplendencia, qué manera de expresarse! Eso es el frac. Están en traje de suaré.

Miró Sancho un rato la inmensa muchedumbre, que no cesaba de agitarse y amenazar arriba, y después dio un chiflido largo y dijo:

-¿En traje de qué? Unos están en traje, doctor Recio, pero las otras más bien están en destraje.

-¡Jesús, Esplendencia! ¿Así habla Usía de los ebúrneos hombros, y los ebúrneos cuellos, y las ebúrneas espaldas de nuestras ebúrneas damas?

-A mí no me venga con esburnis. Yo deso no entiendo nada.

-Pero, ¿Usía jamás leyó la revista Atlántida?

-No sé lo que es.

-¿No asiste al Colón?

-No. Me duermo. Estoy cansado del trabajo del día. Fui una vez y me dormí.

-¡Y así queremos gobernar bien, Esplendencia, a una nación culta! ¡Sin guardar el contacto con la clase dirigente!

-Paciencia, Doctor -dijo Sancho sumiso-, todo se andará. Con el tiempo me acostumbraré a todo, y leeré todo lo que usted quiera. Pero ahora sáqueme de una duda que me atormenta. ¿Así andan de vestidas esas esbúrnicas que usté dice por las calles? Me parece poco sano, cuando hace frío.

-¡Jesús, Esplendencia, qué horror! ¿Qué piensa usté de nuestra élite? ¿Cree que son mujeres que han perdido la vergüenza? Ése no es el traje de calle, es el traje de suaré.

-Y, dígame -dijo Sancho dándose por entendido y anotando mentalmente la palabra suaré y la palabra esburnis para mirarlas en el diccionario-, ¿cómo es entonces que con ese… destraje andan ahora en la calle?

-El furor por el crimen de la ruleta las saca de sí, Esplendencia; y las hace olvidar hasta de lo que al pudor se debe y siempre se ha debido.

-Y, entonces, ¿por qué usan vestidos de seda para entrecasa?

El doctor Recio se rascó con desesperación la cúspide de la pelada, y miró a Sancho como para tragárselo.

-Gobernador -dijo-, he aquí lo que es no tener mundo y roce social un gobernante. Siempre se lo he dicho: se expone a los mayores papelones. Oigalo bien: pa-pe-lo-nes. El entrecana se llama deshabrillé y es más  ligerito todavía, aunque menos lujoso que el suaré. El suaré se usa solamente para fuera de casa.

-¿En qué quedamos? ¿No dijo que no en la calle?

-Sí, señor, entendámonos. Así se visten cuando se reúnen todos ellos en unos grandes salones dorados con muchas luces y flores caras en la casa de alguno dellos o en los bebederos públicos. Eso se llama hacer vida social o andar en sociedad.

-¿Y qué hacen?

-Divertirse. Chupan, comen, hacen fiestas de caridad, bailan, recogen dinero para los leprosos, hacen sus arreglitos sentimentales, hablan de lo que pasa en el extranjero, y después se sacan fotografías con poses langorosas o arrogantes y las publican en la primera plana de los grandes rotativos todos los domingos.

-¡Satanases! -gritó Sancho comprendiendo de golpe-. ¿Y mi buena plebe de la Ínsula se entera de todo?

-Evidente. No quieren ellos otra cosa sino que todos se enteren. Se despepitan por el periodismo y las revistas ilustradas. Se mueren de gusto de ostentarse compadriando.

-¿Y qué hace mi plebe?

-Asegún el humor, señor. Una mitad los odia o los desprecia. La otra mitad trata de imitarlos, porque al fin y al cabo se trata de la clase dirigente.

-¿Y dirigen algo, por si acaso?

-¡Qué han de dirigir, Esplendencia, si la mayoría es incapaz de dirigirse a sí misma! Dirigen autos, cuando mucho. Lo que hay es que tienen plata.

-¿Y de dónde la plata?

-Heredada, señor.

-¿Y robada, no?

-No, señor -dijo Recio, con cierta vacilación en la pronuncia.

-Perfectamente -dijo Sancho retirándose del balcón meditabundo-. Hágame venir al Ministro de las Medidas Urgentes, Doctor, y hágame subir un franconcola y una esbúrnica désas, los primeros que caigan, para servir de testigos en este crimen de la máquina para ganar a la ruleta deste desdichado pescador o empleado o lo que sea…

Fue cosa de verse cuando se sentó Sancho en su alto sitial justiciero empuñando majestuosamente el garrote con incrustaciones de platino y plata que le regalara la plebe el día del solemne plebiscito que lo elevó al poder: el Alto Consejo Secreto a su espalda, los Cortesanos alineados en dos filas por la sala, el criminal en su caja, ya limpia la sangre que le corría de encima de un ojo, con aquellos ojos centellantes en la aberenjenada cara morena; y al otro lado en el estrado fiscal los dos acusadores: el varón alto, gallardo y facciones delicadas y ñoñas, un dedo en el ojal del inmaculado chaleco blanco y la otra mano aristocráticamente en el bolsillo del impecable pantalón; ella chiquita y flacona, con aquel tanto de labios rojos en forma de corazón y aquel tanto de pelo rizado y aquel tanto de anillos y ajorcas y aquel tan poco de rozagante y acuosa seda sobre el cuerpito distinguido y descontoneado, podrido de tangos y actitudes de cine.

La miró Sancho un rato con ceño, después de lo cual se puso a hacer ¡hum, hum! y a toser de la manera más indiscreta -y ella se puso muy colorada y fruncida, y sacando un pañuelo se lo puso todo por delante de un collar de perlas que traía al cuello- y diciendo Sancho despacito al doctor Recio, de lo cual no poco se enojó el Capellán: «Vea, Doctor, de más cerca me va gustando algo el vestido de suárez; pero no para mi mujer», después de lo cual lanzó una risada desas suyas y abrió solemnemente la audiencia del crimen, dirigiéndose al criminal en esta forma:

-«Quem respónditis de omnibitis quem acusantur tibitis?».

El reo no respondió nada.

-¿Qué tiene uste que decir? -se formalizó Sancho.

-Nada.

-¿Qué pide?

-Nada. La muerte.

-¿Qué ha hecho?

-Mi deber -dijo el napolitano con voz ronca.

Volviose Sancho azorado al doctor Recio y dijo:

-Non invenium in eum culpam!

-¡Es un criminal infame, señor mío -gritó entonces la esbúrnica hecha una furia del averno-, que ha perpetrado  perjurio, peculado, secuestro, violación de su oficio, abuso de confianza, robo y sacrilegio! ¡Es un ladrón! ¡Es mil veces peor que un ladrón! ¡Se ha burlado de todos nosotros, y debe ser muerto él y todos los dueños y gerentes del casino que le dieron entrada entre la gente decente! ¡Y también los dos cómplices que se han fugado!

-Ha hecho trampas en el juego y eso basta a un caballero -dijo el franconcola con fría impasibilidad de yéntelman. Y esto dicho, sacó un cigarrillo Navy Cut, preguntó «¿le importa que fume?», encendiéndolo al mismo tiempo, y cuellierguido y nonchalante se puso a mirar a todas partes menos donde debía, lo cual es señal de hombre distinguido. Por lo cual tomó la mano Pedro Recio, y explicó diciendo:

-Señor, éste es un pescador que se volvió loco porque se le murió su único hijo.

-¿Y no era empleado entonces?

-Empleado del Casino. Croupié, si usté sabe lo que es eso. Se hizo croupié después, para robar plata con su máquina.

-¿Cómo es eso?

-Esta maquinita, señor -dijo Pedro Recio, sacando un delicadísimo adminículo lleno de hilillos, bobinas, topecitos y metálicas redezuelas finas como telaraña-, inventada por este animal que fue mecánico en Italia, hace dirigir casi ordinariamente la bola de la ruleta hacia el lugar donde está quien al bolsillo la tenga.

-¿Y éste la tenía?

-No, señor. ¿No le digo que era croupié? Lo llevaba uno de los ladrones cómplices suyos.

-¿Y cómo los dejaban entrar?

-¿Y no ve que venían también con traje suaré? Con frac, ¿quién va a distinguir un ladrón de un aristócrata?

-Doy orden de que me los traigan inmediatamente.

-¡Ufa! Se han hecho humo. Parece que uno era un seminarista, y otro una muchacha de la Acción Católica.

-¡Imposible! -exclamó el Capellán levantándose airado.

-Entonces habrán sido ángeles. El caso está que se han hecho humo, y deben ser ellos los verdaderos criminales que se han valido de este pobre loco.

-¿Loco? Tan loco no me parece -dijo Sancho-. Bribón en todo caso.

-Loco rematado, Esplendencia. ¿Sabe usté lo que hacía éste con la platita que arramblaban los tres cada noche?

-¿En seguida la llevaban al Empréstito Patriótico?

-¡Al mar, Esplendencia! ¡La echaban al mar! ¡Cada mañana salían en su bote y la echaban al fondo del mar! ¡Montones de plata, Gobernador! ¡Al fondo del mar!

Al oír esto, Sancho lanzó un aúllo de dolor. Al oírlo los Cortesanos lanzaron todos un aúllo de dolor. El franconcola y la esbúrnica lanzaron sendos aúllos de dolor, de los cuales se prolongaron miserablemente por todo el palacio y llegando a la plaza mandaron el eco fragoroso de un inmenso aúllo de dolor colectivo como el ruido del Mar del Plata innumerable, que se resolvía en este grito feroz. «¡A muerte! ¡A muerte! ¡Hacía trampas en el juego! ¡Tiraba la plata al mar! ¡Todos perdidos nosotros si éste no muere!».

Volviose Sancho con indignación al falso monedero y demente platero, que estaba hablando en voz baja con el Capellán a toda furia, y le dijo:

-¿Eso se hace con la plata, mastuerzo? ¡Con la falta que me está haciendo por el Ministerio de Hacienda, escuerzo de porquería! ¿Por qué no la mandaste al Gobierno, como era tu deber y justicia?

-¿O por qué no fundó siquiera un asilo de güérfanos con una gran placa de mármol y su nombre encima, como he hecho yo en honor de mi pobrecito Pocholo? -dijo la esbúrnica retorciéndose toda.

-¿O por qué no construyó al menos unas cuantas iglesias? -exclamó con rabia el Ministro de Culto y Devoción Pública.

-¡Porque odio la plata y mi misión en el mundo es destruir toda la plata! -gritó el italiano con los ojos llameantes.

-¡Loco! ¡Está loco! ¡No hay nada que hacer! -dijeron todos los Cortesanos, y Sancho dio orden que trajesen isofasto dos mucamos del Manicomio.

Pero en ese momento se adelantó el Capellán con con encendido rostro y agitado porte, intentando dominar a  gritos el batifondo que hacían hablando todos juntos, con encima los gritos de «¡A muerte! ¡A muerte!» que continuaban desde la plaza… «¡Indulto! ¡Indulto! -gritaba el Capellán enronquecido-. ¡No es loco! ¡No es loco! ¡Los locos somos nosotros!». Nadie se entendía allí y todo hubiese acabado mal, de no haberse oído en ese momento una voz dulce y potentísima, como la voz de un altoparlante o de un ejército de ángeles, que planeando y cubriendo el tumulto de las pasiones, decía:

¡Oh María, Madre mía!

¡Oh consuelo del mortal!,

amparadnos y guiadnos

a la patria celestial.

-¿Qué es eso? -dijo Sancho en medio del general silencio que se hizo de golpe.

-Es el asilo de huérfanos de áhi-al-lado que están de misa -dijo Recio.

Salió Sancho al balcón y vio a todos los suárez callados y recogidos como queriendo atrapar la melodía de una lengua olvidada; y miró con ternura allá al frente la Casa de Ancianos, el Hospital y la Escuela Para Bobitos, a mano derecha el Orfanato, a mano izquierda la Iglesia Oficial que había hecho construir el primer mes de su gobierno; y diciendo para disimular su emoción «cantan desafinao», volvió a su trono, seguido de la esbúrnica, la cual lloraba enternecida, diciendo: «Mis angelitos, mis angelitos».

Allí los enfrentó el Capellán, que les dijo a grito pelado:

-Señor Gobernador, este hombre no es loco, porque lo que le pasó es para volverse loco cualquiera. Era pescador y tenía un hijo enfermo. Se le murió por falta de remedios. Y la mujer probablemente por desnutrición se le murió de sobreparto. Y vendía el pescado a Borne y Banga, que es una firma de la Capital. Y la firma no le pagaba ni el tercio de lo que ella sacaba. Hicieron una reunión de pescadores para que subiesen los pagos, y éste era el jefe. La firma no les compró el pescado y ellos tuvieron   que venderlo por su cuenta. La firma hizo bajar al polvo el precio del pescado. Éstos se negaron entonces a venderlo, y lo dejaron pudrir. Y el día que tomaron todos juntos esa resolución, y éste era el jefe y no podía volver atrás, va y se le muere el hijo. De allí le vino esa locura contra la plata. ¡Misericordia, Gobernador, misericordia! ¡Tenga misericordia!

Levantó Sancho la cabeza, que había tenido todo el tiempo de la narración inclinada, sorbió los mocos, se pasó la manga por debajo la nariz y le vieron en los ojos un brillo medio raro. Compúsose al fin y dijo al reo:

-¿Es verdad esto?

-Es verdad, señor -dijo, bajando la cabeza.

-¿Es verdad esto? -dirigiéndose a la esbúrnica.

-No sabemos, señor. No teníamos la menor idea nosotros -dijeron los dos esbúrnicos.

-Yo tampoco -dijo Sancho-, y ése es justamente mi pecado. Pero, ¡aquí no estoy para confesarme sino para hacer justicia! ¡Ahó, Alférez! ¡Que los dos hispánicos del Manicomio se lleven a estos esbúrnicos y que queden adscriptos al mucamado del Manicomio, él durante cinco años, y ella, por merced de haber fundado un asilo, le perdonamos a un año solo; a ver si aprenden allí el oficio de clase dirigente. Y vos, seor Escribano, escribid al momento el siguiente

Decreto

Considerando:

1. La extrema pobreza del erario público y la necesidad del Gobierno de buscar dinero donde lo haiga -¿no se dice hagia, Escribano? ¡Usté póngalo como se debe!

2. La habilidad extrema del presente interfecto, a pesar de su locura por tirar la plata, para utilizar el dinero donde lo… haya, por medio de maquinarias con inventos eléctricos y filiformes.

3. La estupidez de la gente llamada dirigente, que no la van a quitar de jugar a la ruleta, bridge, carreras, bolitas,  golf, trompos, tennis, barriletes y suárez nianque la fusilen.

4. La miseria escondida de mi plebe amada, la cual compromete mi responsalidad, incluso mi salvación eterna…

Ordeno, mando y prejuzgo:

1. Nómbrase al presente interfecto inventor de la máquina, director general de Rentas, Empréstitos, Impuestos al Rédito, Contribuciones Indirectas y Planes Pinedo de la Ínsula, con residencia en el Manicomio;

2. Oblígueselo a hacer desas máquinas filiformes con ayuda de los dementes, las cuales pasarán al punto a manos del Estada, y serán guardadas en el Arsenal con los gases asfixiantes y las armas prohibidas y secretas;

3. Establézcanse doce ruletas en las grandes urbes del país, encargándose la Dirección General de Turismo y Conocimiento Internacional de la Ínsula de hacer venir paraguayos, uruguayos y chilenos a jugar en ellas, con obligación de toda la élite de la Ínsula de hacerles los honores…

Fírmese, séllese, etcétera…

Apenas escrito el estupendo Decreto, iba ya Sancho restregándose las manos a dar la señal de los festejos, cuando de repente un inmenso clamoreo: «¡A muerte! ¡Basta de una vez! ¡Gobernador, acabála!», seguido de una pedrea que trizó una punta de vidrios, le recordó algo olvidado: la fina masa de la Plaza. Volviose Sancho vivamente para dar una orden secreta al Ministro de las Cómicas Consecuencias, y se dirigió al balcón, aseñando a toda su corte de seguirlo, y muy olvidado ya del Ministro de las Medidas Urgentes que llamara al comienzo, el cual lo seguía siniestro con su cara de dogo y la mano en el hacha. Asomose Sancho y gozó un momento de la vista poco común de una aristocracia amotinada. Una rebelión de los ricos contra los pobres, como dicen que fue el Protestantismo.

El Ministro Verdugo le tocó el brazo con una sonrisa feroz en su quijada de bestia.

-¿Los barro a todos con ametralladoras?

Sancho estaba mirando sin decir nada, pensativo.

-¿Hago venir los gases lacrimógenos?

Nada.

-¿Los bomberos con las mangueras?

Sancho se volvió a su corte y dijo:

-Miren lo que va a pasar ahora. Me dan lástima esas mujeres hechas para la noche aquí a la luz del sol. Me compadezco de esos hombres hechos para entrecasa aquí al aire abierto.

Abriéronse al decir esto, copio a una palabra mágica, todas las puertas de los cuatro Asilos; y salieron de ellos como langostas una manga de viejitos, chiquillos, enfermos y cuitadillos, cuidados por monjas, a tomar el santo sol de primavera, ya alto en el horizonte. Fue de verse la reculada y el apretujón de la aristocracia al verse rodeada de toda aquella gentecilla. Se amontonaron todos al centro, como manada que oyó el puma, y empezaron a los gritos («¡Ay, qué chusma! – ¡Ay, qué plebeyería! – ¡Dios mío, qué caches! ¡Qué horror de gente inmunda! ¡Señor Jesús, qué huasos!»), en tanto que toda la manga esponjaba a la libertad del sol sus harapos, sus churretes, sus llagas y sus pulgas. Tanto se comprimió la aristocracia en torno al garito de la Banda, que parecía que iba a desaparecer por momentos, de miedo que la tocaran. De repente de aquella pelota de gente bien desvestida, surgió un grito desesperado:

-¡Señor Gobernador, por amor del cielo, mande al momento un piquete que abra picada entre estos mugrientos, que nos van a llenar de piojos!

-Ya van a abrir senda ustedes solos -dijo Sancho-, no se aflijan. ¡A la voz de áura! -añadió con un rugido que parecía carcajada.

Entonces aparecieron en torno al engarabitado enjambre de la élite diez chiquillos llevando sendas ratoneras, y dieron suelta todos juntos a un centenar de ratones. Salieron los aristócratas, los varones primeros, galopando en todas direcciones como potros enloquecidos, volteando los niños, atropellando los ancianos, pisando los enfermos, empujando a las monjas y dando altos chillidos   que pusieron una irresistible hilaridad y regocijo en todos los circunstantes. Y así no quedó en la plaza ni uno solo.

Visto lo cual, dio el feliz Gobernador la señal de los festejos, los cuales consistieron ese día principalmente en una suprise party, con un moaré de terciopelo y crepe cotín, lápices de ruye escarlatatulipán y rojoprimavera aderezados con chantillí a la marroquí y bulones al gusto de Francia.

 

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