19 ter. Reforma de la Enseñanza

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Apenas hubo el rubicundo Apolo tangenciado la comba convergente -como dice David Fogelmán copiando a Telar de Cardón- del paralelo 37 del horizonte agatháurico, cuando arrancaron a Sancho I de las lavadas lanas y lo llevaron sin ambages ni vestimentas a la Sala de las Tremendas Terminaciones para resolver los asuntos del día; vistiéndolo de paso apresuradamente de unos gregüescos verdes acuchillados de amarillo y jubón y ropón colorados con gorbiones blancos y negros y vivos de raso azul, que era ni más ni menos lo que tenían a mano; o sea, el uniforme de gala del Verdugo del Reino. Apenas húbose recostado en su trono y mandado llamar a la Gobernadora, que estaba dándose ruye y belladona por toda la cara, cuando introdujeron a empujones a dos sujetos que venían sujetándose con los brazos trabados como bueyes al yugo, y lanzándose miradas de muerte. Preguntó Sancho la nómina y le dijeron eran el jefe de Celadores y el Profesor de Mineralogía y Dactilografía del Colegio Nacional Aníbal Ponce.

-¿Qué han hecho? -inquirió Sancho.

-Esplendencia, han dicho zafadurías delante de los chicos.

-¿Qué han dicho?

-Éste le ha dicho al otro «ladrón de eme» y el otro una palabra no soportable a los castos oídos de los presentes; después de lo cual se liaron a piñas; y el portero del Colegio no me dejará mentir.

-Se dececiona por una vez y a título precario la Ley de la Decencia ante Damas n.° 577, porque quiero saber qué diablos le dijo, y más pidiéndolo todas las damas presentes…

-Señor, que lo diga el Capellán del Reino…

-No permito -dijo éste, tragando apresuradamente el resto de sángüiche de queso- que sea afrentado en público consorcio mi gran amigo el multiprofesor Zureta, que es el más enciclopédico polidocente de la Ínsula; pues además de lo ya dicho, es profesor de Gimnasia en el Nacional Capitán Ghandi, profesor de Literatura Hispanoamericana en el Nacional José Ingenieros, de Álgebra en el Nacional Silvano Santander, de Botánica y Zoología en el Lisandro de la Torre, de Francés en el Américo Ghioldi, de Ética y Moral en la Facultad de Filosofía, y de Labores en el Liceo de Señoritas Alfonsina Storni.

-Sabio es el hombre -observó Sancho-. Y es, además, profesor mío de inglés, ahora lo reconozco.

-Como a mí me educaron, así educo -hizo éste altivamente, sin soltar al otro, al cual propinaba un sacudón de tanto en tanto.

-¿Y qué le dijeron, al final? -bramó Sancho.

-Señor -dijo el Capellán tapándose la cara con el pañuelo-, ese deslenguado zascadil de Celadores lo llamó Profesor Taxímetro…

-¡Horroroso! -concedió Sancho-. Y eso ¿qué quiere decir?

-Señor -dijo el Capellán-, este profesor es insigne por su actividad: llega cinco minutos tarde, pongamos, al Aníbal Ponce, pregunta la lección siguiendo con el dedo el libro de texto, sale cinco minutos antes de la campana, toma un taxi, pues posee cinco táxises de alquiler, se va al Capitán Ghandi y hace lo mismo; sale si acaso un cuarto de hora antes, y de un vuelo se pone en el Ingenieros, y así sucesivamente hasta morir en Alfonsina Storni…

-¿Y quién es esa Alfonsina Storni, que cada día la oigo alabar por la radio?…

-Señor, fue una poetisa extraordinaria que hizo poesías amorosas para educar a todas las chicas de la Ínsula; que de no haber tenido un hijo natural, haberse   escapado de su casa, haberse concubinado dos veces y haberse suicidado en Mar del Plata, sería una Santa más grande que Teresa de Ávila…

-A mi mujer no me toquen -interrumpió Sancho-, que habrá nacido en Ávila y será un poco gallega, como dicen aquí, que no saben para dónde queda Galicia; pero es mi mujer y basta; y es más santa que todas las poetisas del mundo.

Riose el Profesor Taxímetro de la ignorancia de Sancho, y soltando al otro, y con grandes y espaciosos ademanes, comenzó a declamar una poesía de la Storni, o de su escuela:

«Si tus besos me ponen loquita

tus abrazos me ponen peor…».

-Entendido -interrumpió Sancho-; pero lo que aquí de vosé quiero saber es por qué anda con su cófrade, que es también docente aunque solamente asimilado, como perro y gato.

-Nones -dijo el Profesor Taxímetro-. Ladrón de porquería.

-Nones -repitió como un eco el otro-. Deso no le vamos a dar dato ni a palos.

Los miró Sancho con peligrosa detención y ordenó:

-Que me traigan isofazto por teléfono al Director del Colegio Ponza o como sea.

-Nones -repitió Pedro Recio-. El Director está ausente con permiso.

-El Vicedirector -insistió Sancho.

-Ausente sin permiso.

-Últimamente -gritó Sancho-, cualquiera que se halle en autos y pueda ser testigo contra la pelea destos dos interfectos.

Salieron, y después de un rato que gastó Sancho en hablar muy bajito y concitadamente con la Teresa y dar una orden al Jefe de Policía, le entraron un gallego gordo y bonachón en mangascamisa y con un cordel sujetando las bombachas, que lo miró con cierta simpatía en los ojos azules e hizo un guiño a Teresa Sancha.

-El Portero -anunció Pedro Recio-. El único que se hallaba de cuerpo presente en el establecimiento.

-¿Dónde está el Director? -le gritó Sancho.

-¿El Dire? -hizo el gallego bonachonamente-. Pal cazo, zoy tan Dire yo como el Padre Zanto de Roma. El Dire no vino hoy ni ayer ni antiyer. Pal cazo, viene zolamente cuando le deja ezpazio el eztudio de dentizta que tiene; doz tiene, uno en Palermo y otro en Zan Martín, gran Buenoz Airez. Pal cazo, puede que haya venido ezta zemana doz mediaz horaz cuando mucho.

-Por eso se pelean los docentes -reflexionó Sancho-, ahora comprendo…

-No, Uzía -dijo el gordo-, que zí viene ez pior. Pal cazo, ézte le robó a ézte otro zeiz máquinaz dezcrebir…

-¿Al Profeso de Dátilesgrafías?

-Ezo. Pal cazo, zeñor Uzía, la Coperativa de Padrez y Madrez regaló al Colegio quinze máquinaz dezcrebir, puez no había ni una, y yo sé ónde fueron a parar las anteriorez, y el Profesor aquí daba clazez teóricaz, de la eztoria del ezcrebir a máquina, dende loz fenizioz de Grezia hasta loz luteranoz de Coztantinopla, y el alumnado tomaba apuntez… Eze fue el cazo…

-No veo motivo -apuntó Sancho.

-Ez que, Uzía, entreztoz doz ze repartieron una dozena de máquinaz mitá y mitá; y eztotro le encajó a ézte laz zeiz que no ezcrebían y ze guardó laz que ezcrebían; y al alunado, que zon ziento y trez rapazez, lez puzieron laz trez que ezcrebían al revez… y el Profezor se enfurruñó, aunque francamente a máquina él no zabe ezcrebir… Ezte ez el cazo y no maz, zeñor Uzía…

-¡Dios de Dios! -exclamó Sancho-. ¿Qué vos parece, Teresa? Este Profesor Tasímetro es un endriago…

-¿Y qué quieren, que yo medre con dos cátedras roñosas que tienen doce índices y no nos aumentan nunca la cuota alícuota por índice? De sobra les he dicho a mis cofrades que debemos hacer huelgas intermitentes de tres días por semana todo el año, como hace el Dire, hasta que nos aumenten… Hasta entonces, trece cátedras… Hay que vivir.

-¡Endriago! -repitió Sancho con furor-. ¿Éste es el respeto que tenes a la educación de la Ínsula? ¿Y cuándo preparás las clases y cuándo corregís las composiciones?

-Paso, marido -lo atajó Teresa-, que no es el peor de los profesores de la Ínsula; que hay otros que enseñan que no hay Dios, y hasta enseñan que los chicos no vienen de París ni de los repollos sino que vienen ¡de los monos! De donde yo resulto mona y no mona de linda sino mona zoológica.

-¿Está pervertida la educación de mi Ínsula?

-No ze puede negar que ze va empiorando poco a poco -respondió el Portero-. En ezo eztamoz todoz, mecachiz.

Sancho se puso los dos purlos en los ojos y se paró pálido como una pared; visto lo cual, los Cortesanos se pusieron los puños en los ojos y se pararon colorados. Sancho dio un gran suspiro, en lo cual lo secundaron los Cortesanos, y dijo con voz lacrimosa:

-Teresa, ¿y Patricio, Aparicio, Alonsillo, Rodriguillo, Policarpo, Sanchica y Juan Manuel? ¡Hijos míos de mi alma! Teresa, a esta manga de in-responsables hemos confiado nuestros hijos. Aquí hemos pecado, Teresa.

Hubo una risita sorda por toda la sala, pues nunca los Cortesanos habían visto al ínclito e inédito Gobernador tan enternecido.

-Y la Sanchica se está poniendo neura -agregó la Gobernadora-, Policarpo es un respondón, Juan Manuel está raquítico, Alonsillo lo tengo fichado de un si es no es mujeriego y galante, y Patricio hace tres años que no cumple por Pascua. No me digáis ahora que yo soy la culpable, porque vos sois Gobernador, y yo una pobre mujer de su casa: y en la escuela lo que pasa nadie lo sabe.

-Teresa -dijo el Manchego-, aquí creo voy a hacer la mayor justicia que se ha hecho en mis Reinos, porque esto no lo voy a dejar pasar, así me muera ya mismo de un tabardillo pintado. Este profesor es un pan cae Dios, sólo que sabe demasiado, no tiene más culpa que vos y yo; hay que ir a la cabeza. Que me traigan némine discrepante a la Dirección de la Enseñanza; y además al Ministro de Educación, Pedagogía y Afines.

-¿Al Consejo Insular de Educación, Pedagogía y Afines? -dijo Pedro Recio-. Esplendencia, justamente están todos a la puerta para presentar a su Magnanimidad los nuevos programas y el Nuevo Estatuto del Docente. Granadero, adentro los Pedagogos.

Irrumpieron una manga de señorones vestidos de casimir inglés con sendos papeles en las manos; y cuando el Presidente del Consejo -que era presidenta, aunque no lo parecía- iba a comenzar su discurso, bramó Sanchó:

-¿Qué se ha hecho del Trasiego Total de la Enseñanza Escuelera que promulgó este Real Resorte un año ha? ¿Cómo es que siguen los abusos?

Miráronse con sorpresa los pedagogos y se rieron a mandíbula batiente los Cortesanos, diciendo: «¡No se cumple! ¡Qué se va a cumplir!».

Interrumpió con un rugido Sancho a la Presidenta que ya había iniciado el señoras-y-señores, y preguntó al público en general:

-¿Quién es esta bachillera y marisabidilla?

-¡Señor! -dijo Pedro Recio-. ¡No la conoce! Es paidóloga. Es la paidóloga mayor del Reino.

-Pai… ¿qué?

-Paidóloga. Pai-dó-lo-ga. Algunas dicen pedóloga, pero eso es francés. Paidólogo es griego.

-Más decente es en griego -dijo Sancho-. ¿Y por qué no ha cumplido mi Ley de Trasiego Estudiantil Total Estatal?

Levantó los ojos la Magnata y dijo:

-Está loco, usted perdone. No se puede cumplir. No nos toca a nosotros. Toca a la enseñanza privada. No nos sobra tiempo para ocuparnos desas minucias de profesores taxímetros, bedeles ladrones, directores ausentistas y maestras gandulas y haraganas. De vez en cuando, eso sí, echamos algún maestro, cuando encontramos que ha maltratado alguna chica y es del partido contrario.

¿Y en qué ocupan el tiempo? Un momento, primero, ¿cuánto gana su Excelencia la Paisecuencia?

-Yo tengo 289 índices sin contar la antigüedad porque para eso soy funcionaria gubernativa superior. Estos compañeros míos tienen solamente alrededor de   -189-   doscientos índices. A los maestros vulgares les quedan doce.

Sacó la cuenta mentalmente Sancho y vio que la Presidenta ganaba más que él en un año de gobierno, y más que un maestro correntino en siete. Y muy suavemente preguntó:

-¿Y en qué llenan tan fructuosamente el tiempo?

-No va a pedir usted por desaforado que sea, que una comisión de doce figurones desde la Capital va a gobernar bien las 12376 escuelas primarias oficiales desta anchurosa Ínsula…

-¡Ezo! -dijo el Portero, que cruzadas las piernas se había repantigado en un sillón y se rascaba el lomo plácidamente-. No hay tiempo, rediez.

-Hacemos nuevos programas y nuevos Estatutos del Docente, trasladamos de lugar a los maestros que tienen cuñas, y elaboramos el puntaje de todas las maestras del país, corrigiendo a las comisiones de clasificación, en orden a los ascensos y directorias, con referencia a los antecedentes. Eso, mis cólegas: yo viajo a Europa de tanto en tanto para observar las novedades paidológicas y copiarlas en el país, no sea que las maestras se arrutinen demasiado…

-Las maestras son las que tienen toda la culpa -dijo Teresa Sancha, que no se sabe por qué, no las podía ver.

-Calma, Teresa -reprendió Sancho-, que las mujeres no tienen culpa, ni siquiera ésta aquí, que ha aprobado sexto grado; sino los varones; porque cuando las mujeres matrerean, es porque los varones las consienten.

Sonrió seductoramente la Presidentesa a Sancho, y prosiguió:

-Por ejemplo, he traído últimamente de Bélgica el método Embeté para enseñar a leer y escribir en diecisiete días, que es sencillamente portentoso.

-¡Con ese método la pusieron neurasténica a mi Sanchica! -gritó Teresa Sancha con rabia.

-Para que usted lo sepa, madama -dijo la otra-, su hija Sanchica tiene de nivel intelectual con el test Raven la ínfima escala de 3,075; es decir, es una mema; y con el test Rohrbach…

Levantose como un rayo la Gobernadora, y si no la para Sancho, allí pasaba un descalabro; ordenó brevemente éste que se pusieran Presidenta, Vice, Vocales, Secretario y Tesorero contra la pared del fondo; y gritó impaciente que le trajeran al Ministro y al Rector de la Universidad, un tal Risiero Gilson. Respondió Pedro Recio:

-Esplendencia, lo siento mucho. El Ministro, cuando sintió lo que se trataba aquí, se fugó a Europa con la caja del Ministerio y la mujer de un amigo.

-Mejor -dijo Sancho-. Yo soy Ministro de Educación agora, con la poca que tengo. Yo aprendí a leer y ezcrebir, como dice mi amigo Caamiño acá, con los palotes y la anagnosia; y después dentré al Seminario donde aprendí las diclinaciones del latín en dos años y medio; deonde me echaron al decir por desaplicao, pero me sospecho que por porro y maula. Y con esta educación, he llegado a Gobernador; de modo que esta educación, pero llevada por todo lo fino, ha de ser la de mi Ínsula. Aó, Alférez. ¿Dónde está lo que he encargao? -gritó sacando de entre las ropas un pistolón negro.

Salieron por el foro seis morochones de uniforme con sendas pistolas negras, que dirigieron a todos los acusados y testigos; los cuales se amontonaron y arrinconaron contra la pared como tropilla de yeguas ante el puma. Y Sancho sentenció con voz clamorosa:

-Aunque yo también tengo culpa y Teresa Sancha un poco, aquí voy a hacer yo más muertos que Dios en el Diluvio Universal: porque eso mandó Jesucristo; porque el que abusa de la iznorancia de las criaturas, ninquesea para ganar dinero y vivir sin trabajar, merece más castigo que el que falsifica billetes o envenena clientes en los restorantes. Palabra de Cristo. Vos, portero Caamiño, salíte de ahí; que con vos no va; y todos estos docentes no decentes, hacer ustes a prisa un buen acto de contrición.

Adelantose Teresa Sancha con las manos en alto:

-Sancho, nosotros dos no tenemos culpa ni éstos tampoco. Siempre ha sido así: hemos seguido simplemente la tradición liberal de la Ínsula.

-Yo esa traición ni siquiera la conozco -dijo Sancho-, si es que existe. ¡Apartaos Teresa, que vos bajo a vos también de un tiro! Hemos pecao gravemente contra   -191-   la educación de la Ínsula: ahora comprendo por qué estamos tan sodesarrollaos. Yo voy a castigar a éstos; y Dios nos va a castigar a nosotros dos, acordaos lo que vos digo Teresa, a vos mandándoos una pluresía o una lepra si a mano viene, y a mí una verruga en un ojo o un grano golondrino en salva sea la parte; porque nos hemos dormido y éstos han jugao con lo más sacro que existe en toda gobernación de cualquier ínsula. ¿Dónde está el Capellán? ¡Que venga incontinenti a confesar a estos reos in-responsables!

Salió el Portero y dijo:

-Ze ezcapó el Reverendo y ha dejado ezto:

Era un papel con membrete de la Curia, dirigido a Sancho, donde se leía:

«Suprimir el mito del monopolio de la enseñanza estatal y entregar toda la enseñanza en manos de la Iglesia. Que las únicas escuelas públicas sean escuelas privadas».

-¿Y esto qué quiere decir? -dijo Sancho-. ¡Basta! ¡No de balde visto hoy el atuendo de Verdugo de la Ínsula! -Y levantando la poderosa pistola bajó de un solo tiro al Profesor y al Bedel, que se habían agarrado de nuevo a piñas.

A la detonación levantaron sus pistolas los seis mocetones hacia el montón de docentes y comenzó un tiroteo graneado como en la fiesta de San Pedro de Génova que los derribaba uno a uno, con unas balas de vidrio tamaño nueces. El fondo de la sala se llenó de un humito verduzco. Los interfectos andaban a los saltos, detrás de las sillas y contra las paredes, pero implacablemente iban cayendo; y Teresa se juntó al Capellán, a Tirteafuera y a Sansón Carrasco, que andaban escondiditos buscando una salida, pues vistamente Sancho se había vuelto loco; mientras los Cortesanos estaban todos panza a tierra de boca al suelo. Aquello era un campo de Agramante.

Cuando no quedó de los docentes ni uno en pie, miró Sancho el tendal de pedagogos, golpeó el gongo y comandó:

-Ustedes aquí. Atentos todos. Que falta el Decreto.

-¡Ajá! -dijo el Portero-. Me guzta. Primero la ejecuzión y dimpuez la zentenzia. Como en mi tierra.

-¡Asesino! -gritó Teresa Sancha a su marido.

-Teresa -dijo pesaroso Sancho, poniendo las manos en la panza-, me extraña, tantos años de casados, y entavía no me has conocido. No es nada -prosiguió-. Estas pistolas son las nuevas que he armado a mi Polecía, que andaba matando malevos a porrillo desque se suprimió la pena de muerte; y éste es un invento alemán que dispara una ampolleta con gas anestéchico, que lo deja al que le ha desmayao y dormido por una hora, sea quien sea. Así que los agarramos ahora sin matarlos a los criminales. Después los mato yo si acaso, o el Verdugo del Reino que hoy yo represento, previo juicio, convición, sentencia, confesión general y demás requilorios, si es el caso. No creo con éstos haya de hacerse, que con el sueño y el susto que se han llevao, desta hecha no vuelven a docentear en falso en la vida de Dios; teniendo ojo a que yo tamién tuve culpa por dormilón y confino, y mi mujer un poco. En fin allá veremos; porque este delito de decaer, pervertir o emponzoñar la crianza de los críos es tal que aun a mí, con ser quien soy, me da temblores en la barriga -dijo, y se dio dos palmadas en ella.

Después de lo cual el Gobernador mandó llamar a todos sus hijos, se despojó del vestido verdugado, se vistió de botas altas, bombachas blancas y un gabán azul de terciopelo de aguas, y empuñando la tranca dictó el siguiente

Decreto

Visto y considerando que:

1. Antes de morir tengo de hacer algo, ni aunque me cueste el trono y la vida, porque de no, dadas las ecelsas cualidades que Dios me dio, nunca podría salvar mi alma.

2. Que la educación en mi Ínsula anda muy mal, como se ha visto, y en parte tengo la culpa, pero la principal culpa todos estos in-responsables como yo; porque yo soy in-responsable ante los hombres y responsable   -193-   ante Dios; y éstos, in-responsables ante Dios y responsables ante los políticos; y mi mujer Teresa, ante nadie, anoser ante mí cuando me enojo;

3. Que si no arreglamos isofazto y némine disculpante este grave asunto de la paidosecuencia, estamos todos perdidos y recondenados en esta vida o bien en la otra, si a mano viene, por sécala seculorum y ultra…

Ordeno dispongo y mando:

1. Nómbrase Maestro Honorario Principal desta Ínsula a Jesucristo Hijo de Dios, conforme Él mesmo dispuso desde los siglosinfinitos.

2. Suprímese el Consejo Ínsular de Educación, Paidosecuencia y Afines el Ministerio símilicadente y respetivo; para que la educación retorne a sus cauces naturales.

3. Nómbrase Ditador Provisorio de toda la Educación, menos Mineralogía, al presente humilde Gobernador aquí, aladeriado por el nuevo Inspector General el Portero Gallego Caamiño acá, y como Asesor de Mineralogía y Materias Difíciles al científico Bachiller Sansón Carrasco.

4. Desfundansén todas las Universidades y fundansén de nuevo por mano de los cinco sabios reconocidos del país con poderes ultratotalitarios.

5. A mi augusta esposa Teresa Sancha, considerando que ha educado siete hijos, aunque bastante mal, sin contar dos que nacieron muertos, se la nombra Asesora Consejera Ínclita de la Crianza de Chicos Displásticos, Poliédricos y Atravesados.

6. Todo el que tenga capacidad y quiera, queda autorizado a fundar y amueblar Escuelas, Colegios y Orfanotrofios con ayuda dente Superior Resorte y sometidos a su inspección continua e irrefragable.

7. El supracitado Inspector General escogerá un cuerpo de ispectores entre los porteros, barrenderos y pintores interiores de Escuelas, que están interiorizados de lo que anda allí dentro, desde luego más que yo; y al primer Director que falta a su deber, ninquesea Monseñor Derisi, trancazo en serio; es decir multa que te crió.

8. Ninguno aprobará sexto grado sin pasar por un desamen riguroso que acredite sabe leer bien, corrido y entonado, escribir de buena letra, ortografía y ortodoncia, cuentas hasta división por enteros y quebrados, Catecismo Mayor hasta los Siete Dones del Espíritu Santo -que es donde yo llegué-, ejercicio militar de pistolas alemanas, andar a caballo, nadar, guiar auto, y trabajo manual de hacer hondas, barriletes y boleadoras; con más breves nociones de Mineralogía Comparada, Historia de la Iglesia, las Declinaciones del Latín y Educación Democrática Ínsular.

9. Todos los que han de ser Médicos, Abogados o Dentistas…

-¡Basta, Gobernador! ¡Mire que se están despertando los Docentes! -dijo lastimero Pedro Recio; y efectivamente, todos los difuntos estaban restregándose los ojos.

-Acabo… -o Dentistas o Curas, no ejercerán hasta pasar un desamen general ante las autoridades respetivas presididas personalmente por el hijo de mi madre acá; y una internación de tres meses en el Monasterio Trapense para hacer Ejercicios Espirituales con un desamen de moral personal.

10. Todo Director que viole, trespase o tropelle ninquesea el artículo más ínfemo -que no hay ninguno ínfemo- de nuestra Ley de Trasiego Total, primera admonición, segunda multa, tercera esoneración, y cuarta y última pena capital infradorsal de mano y rebenque del Verdugo del Reino.

11. Ninguno podrá enseñar que no sea dotor desaminao y comprobao; y cada dotor que haya enseñado siete años con provecho y aplauso, será nombrado Conde Duque de los Olivares y recibirá un feudo hereditario de setenta kilómetros por veinte en las Islas Malvinas.

12. Los dos primeros interfectos, que veo están de nuevo a los puñetazos, se los deja darse puñetazos hasta el fin de su existencia, ya que eso les peta y engorda.

13. A los demás docentes desafectados se los deja sin castigo hasta más ver, que no es cosa de dejar despoblada mi Ínsula en cuatro patadas locas, ahora que tanta falta hace la población rural.

Después de lo cual se frotó las manos, dio un trancazo confirmatorio, e impartió el ya compungido Gobernador la señal de los festejos; los cuales consistieron aquel día principalmente en dos cosmogénesis convergentes, acompañadas de sendas notas por radio sobre La Actualidad al Minuto de David Fogelmán, Celia Paskero y Telar de Cardón, respectivamente, guarnecidas de berenjenas en su tinta, crémor tártaro, puerros, pasta de anchoas y picadillo, en baño de anhídrido sulfuroso y dinamita.

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