20. La cobardía

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Apenas hubo el rubicundo Apolo restaurado apresuradamente con sus polícromos pinceles el inmenso plafón azul del Universo de la agrisada y carbonienta mancha de la noche, cuando volviendo el nuevo Gobernador de una gira inspeccional nocturna, en la cual no halló de irregular absolutamente nada, en parte porque desde su famosa Ley de Queda, promulgada al principio de su reino, todo el mundo se acostaba cuando era oscuro y trabajaba con sol, cosa enteramente contraria a los principios de la libertad y la civilación moderna, y que como es sabido y diremos más tarde le costó el Reino y por poco no la vida; y en parte porque ya en la Ínsula todos sabían por qué lado hacía sus inspecciones, a qué hora y cuándo; volviendo, pues, el Gobernador, como dice el arábigo autor que traducimos en su desmañado y algún tanto desceñido estilo, demasiado aficionado al paréntesis para poder ser estilo cervantino y más parecido al estilo jesuítico de los guaraníes, volviendo, digo, al filo del hilo de esta verídica y descomunal historia, y volviendo Sancho de su infructuosa cuanto edificante gira, se halló de golpe con un golpe de gente con la boca abierta delante de una gran pizarra negra, como si fuese un choque de colectivos o un sermón del Partido Socialista Obrero. Preguntó Sancho lo que era y le dijeron que eran las últimas y más verídicas noticias de la guerra. Miró Sancho el gran placcard parlante y vio aparecer en él con grandes letras luminosas el siguiente letrero:

NOTICIA PRIMERA. «Los italianos carecen de coraje, de valor y de valentía y no saben dar puñaladas más que por la espalda».

Batieron palmas al ver tan fausta noticia todos los mirantes, hicieron gran aclamación, se rieron entre sí, se abrazaron con lágrimas de alegría en los ojos, como si todos de un golpe hubiesen sacado la lotería, por lo cual Sancho no pudo menos de batir palmas, hacer aclamación, reírse entre sí y abrazarse con lágrimas de alegría; en tanto que el director del placcard, que era un mozo grandote, boquirrubio, apelmazado, carne de paloma y ojos de tango, pedía insistentemente silencio para pasar a la segunda noticia. Apretó entonces el botón de cambio y apareció la

SEGUNDA NOTICIA. «Los italianos son unos pusilámines».

Volvieron todos los circumaspicientes a los mismos extremos de sentimiento de antes; menos Sancho, el cual estaba fijo, deletreando penosamente la nueva noticia con gran afán de descubrir el mecanismo que las hacía funcionar por adentro; a lo que no le dio tiempo el manejante que dio curso rápidamente a la

TERCERA NOTICIA. «Los italianos son unos maulas unos mandrias».

Riose Sancho al entender el letrero, esta vez en genuino dialecto de la Ínsula, y alzando una poderosa voz de Gobernador nato por encima de la algarabía de los festejantes, preguntó al letrero:

-¿Y cómo sabe usted que son maulas?

-Porque su flota no sale a pelear con la nuestra.

-¿Y por qué no sale?

-Porque si sale la venceríamos.

-¿Cómo sabe que la vencerían?

-Porque la acabamos de vencer en el mar Jónico, así como la hemos vencido ya otras cuatro veces.

-¿Y cómo la han vencido si no sale? Porque el que nunca sale nunca es vencido, como sabrá usté por experiencia o por ciencia, señor Mandria de la Máquina Parlante -dijo Sancho con velocidad.

Calló el letrero. El Mozo Mandria se precipitó sobre la caja de dirección y bajando una palanquita originó adentro un enorme crujido de ruedas y engranajes, al mismo tiempo que decía con enfado:

-Usted está preguntando demasiado ligero, señor, y me va a romper la máquina, porque no le da tiempo de hacer la combinación.

-Aquí así preguntamos -dijo Sancho-, porque aquí somos preguntones desde los tiempos de Cervantes I, mi abuelo.

Acabó en este momento el laborioso crujido y apareció un elaborado letrero de este tenor o tiple:

«Los hemos vencido en África, y los hemos vencido en Tarento, y los hemos vencido en Albania y los hemos vencido en Etiopía, y encima les hemos echado paracaidistas en Nápoles, los cuales mataron a un pastor de ovejas. Y si no ha habido revolución todavía es porque nojotros no queremos; y en cuanto queramos, se levantarán todos los italianos y matarán al Dus de ellos para dar gusto al Dus de nosotros».

Leyó dos veces el letrero Sancho y dijo después despacito:

-¿Y cómo en tantas partes?

-Porque los infelices querían conquistar Suez, conquistar el Mediterráneo, conquistar colonias en África y defender su territorio y además el de Suiza, por donde nosotros los entramos noche a noche.

-¿Y estaban preparados para tanto?

-No estaban preparados para tanto y se lanzaron lo mismo a todo eso.

-¿Y cómo se llama en lengua costilla el que no está preparado y se lanza?

-Se llama temerario.

-¿Es lo mismo cobarde que temerario?

-No es lo mismo. Es lo opuesto, y es lo contrario.

-¿Y en el primer letrero qué decía?

Crujió otra vez la Máquina espantosamente y el Mozo Mandria se lanzó al embrague, accionando a la vez las tres palancas sin obtener respuesta. Por lo cual se lanzó con furor contra Sancho y apelando al gran público, el cual se estaba arremolinando peligrosamente, le dijo:

-¡Usté está perturbando el orden público! No hay derecho. Éstas son informaciones controladas y suministradas por la mejor y más voluminosa prensa de la Ínsula, prensa seria, prensa que es un orgullo de la Ínsula, principalmente en todas las naciones extranjeras. Retírese, so borracho y desacatador del cuarto poder, si no quiere que lo haga retirar con la policía.

Sacó Sancho cachazudamente su carnet de policía secreto, que tenía para estos casos, y acto seguido interrogó al Mozo Mandria, ya todo sumiso y de oreja a oreja sonriente, en la forma siguiente:

-¿Quién es usté?

-Yo soy el Pequeño Porteño.

-¡Es el Pequeño Porteño! ¡Viva el Pequeño Porteño! -gritó toda la gente entusiasmada-. ¡Qué graciosos que son los porteños!

-¿Edad?

-Joven avejentado.

-¿Ocupación?

-Fabricante de chistes de café para suministro de todas las provincias. Eventualmente, autor de letras para tango.

-¿Títulos?

-Bachiller. Hijo de Papá. Vago. Simpaticón. Sentimental. Año. Papá. Vago. Simpaticón. Sentimental. Año y medio y diez materias por dar en la Facultad de Derecho. Tío político…

-¿De quién?

-Tengo un tío político, un tío que pertenece a la casta superior desta Ínsula, que son los políticos, señor, si es que usté entiende la castilla y sabe algo de historia patria. Él es mi orgullo, mi esperanza y mi herencia.

-¿Y qué hereda?

-Heredo un puesto público que mi tío me da cuando sube y me quita la puerca oposición cuando lo bajan. Veinte años hace que estoy rodando por puestos públicos, esperando hacerme rico para acabar mi carrera.

-¿Y qué puestos?

-Lo que se ofrezca, señor, todo es bueno. He sido desde Inspector de Avalúos en el Mercado de Aves hasta Ayudante Mayor de Fastidiar con Papeleos Inútiles a la Enseñanza Incorporada y Otras. Con tal de no estar abajo, yo a todo me avengo.

-¿Y qué come cuando está abajo?

-Mi mujer, señor, me mantiene, que es maestra normal.

-¿Y los hijos, quién cuida dellos?

-¿Hijos, señor? Ni somos tan pavos ni somos tan ricos para gastar la plata en lujos y en hijos.

-Bien -dijo Sancho-. Me gusta la modestia y la parsimonia.

-¿Se convenció, señor pesquisa, que no soy Ladrón de Guevara, sino más bien, como puede decir esta buena gente, el Tipo Representativo Medio del Muchacho Estatalmente Educado (o sea Estupendamente Educado) desta progresista Ínsula?

Entusiasmose al oír esto toda la plebe circunstante y prorrumpió en los siguientes gritos:

-¡Viva el Pequeño Porteño! ¡Viva el Porteño Medio! ¡Viva el Porteño Representativo y Federal!

Pero la reacción de Sancho fue muy diferente, porque arrebatándose bruscamente y cayendo sobre el Mozo Mandria con resolución insospechable a su plácida papada y risueña pancita, y agarrándolo por las solapas del saco lo sacudió brutalmente imponiendo:

-¡O usté contesta con su máquina a mi última pregunta, o se las ve conmigo mano a mano, porque creo que aquí debe haber una especie de trampa!

Palideció el Mozo Mandria al oír esto, e hizo bramar de un violento rodadón de la manija toda la máquina, la cual se puso furiosamente al trabajo, viéndose claro que estaba dando todo lo que podía a revientacaldera. Y Sancho se puso a preguntar precipitosamente, al mismo tiempo que sacaba de la cintura un gran facón del tiempo de Rosas:

-¿En qué quedamos? ¿Los italianos son cobardes o son temerarios?

-Son las dos cosas. Oscilan continuamente entre los dos extremos.

-Y el que oscila ¿no es más fácil que pase por el medio que el que no oscila nada?

-No, señor, ni por pienso. Los únicos que estamos en el medio somos nojotros.

-¿En qué medio? ¿En el medio de la vía?

-En el medio de la valentía. «In medio consistit virtus».

-No me venga a hablar aquí en guaraní o quichua -dijo Sancho-. ¿Y de qué clase de valentía?

-De la valentía que consiste en no dar puñaladas por la espalda.

-¿Y recibir con paciencia puntapiés por la misma mano?

-¡Alto! -hizo la Máquina en ese momento con el último vapor que le quedaba-. ¡Este hombre es un traidor! ¡Detengan a este hombre! ¡Es un neutralista, es un totalitario y es un nazi de la quinta columna! -Y dando un gran estallido, se descompuso.

-¡Alto ustedes! -dijo Sancho enfrentando a la muchedumbre con el facón desenvainado, la cual retrocedió espantada-. ¡Sepan ahora que yo soy italiano, y no sólo italiano, sino calabrés, mejicano y napolitano, y ahora les voy a mostrar, al primero que se ponga, uno a uno, de a dos y hasta de a tres, si quieren, por dónde usamos nosotros las puñaladas!

Dio un grito de desesperación el abriboca multicéfalo de la calle Florida al saber que tenía delante de sí a un calabrés con armas, que con el furor que mostraba y la arrogancia más que otra cosa parecía paraguayo o correntino, y se arrojó a huir en mil direcciones, atropellando a las mujeres y a los vendedores de columbas, que así era posible darle una puñalada por la espalda como volverse turco. Pero Sancho manoteó a tiempo y agarró al Mozo Mandria otra vez por la solapa, y dejando caer el cuchillo le dio tal bofetada en los rosados y rasurados mofletes que -con gran espanto suyo- se le cayó la cara y apareció detrás otra carita, pecosa, ganchuda y miope.

-¡Hola, hola! -dijo el Gobernador-. ¿No dije yo que aquí había trampa?

Sacudipse y convulsionose el cuitado para garrearse del puño de Sancho, y en esas tironeadas se le arrancó de golpe el impecable -como dicen los radiocharlistas- traje azulgris de casimir inglés, con la corbata de fantasía y los refucilantes zapatos crema y apareció de golpe ante los ojos asombrados de Sancho una muy diversa figura:  patas abiertas, zapatones punta arriba, calzones caídos, cara de bobo con rulitos y dos puchos de bigote, nariz aguileña o lechucífera, pavita aplastada y un traje de arlequín multicolor o payaso de profesión, hecho todo con retazos falsos de banderas extranjeras. Parpadeó Sancho un rato como vizcachón al sol sin dar crédito a sus ojos, y al fin, reconociendo al disfrazado, que lo miraba con una sonrisita triste pidiendo lástima, lo agarró con más furor por el cogote y empezó a sacudirlo como un pelele:

-¡Eras vos, entonces, payaso de nacimiento -decía con poco gobernil decoro-, eras vos, vagabundo reconocido, Juan sin Patria, mercachifle zalamero y sin lomo, hijo de la raza menos guerrera del Universo, que me estabas sembrando la Ínsula de chistes contra Italia, la tierra del amor y de la guerra, la tierra del vino, el canto, la gloria y el catolicismo, con esas manos lavadas que no solamente no son capaces de agarrar un acero por la hoja pero ni la mancera de un arado, ¡qué digo! ni el oro ya lo manejan por pesado, sino inmundos billetes y roñosos cheques todos llenos de endosos al 50 por ciento! ¡Eras vos, que en el fondo no tenés más pasión patriótica que el odio inextirpable a Roma, que representa sólo con existir la muerte de todas tus malas artes y todos tus embustes y trapacerías, que representa el refugio sacro del honor y de la sangre del hombre! ¡Ahora vas a ver por la espalda, como ven los cangrejos, qué es lo que te va a subterministrar más abajo de la espalda un hombre de bien, que no anda por el mundo disfrazao!…

Aquí terminó la elocuente tirada de Sancho, o por lo menos no hay más en los deficientes y descuidados papeles de Cide Hamete (h.), donde se puede ver en este punto un considerable borrón o laguna que no han podido reconstruir hasta ahora los esfuerzos de Carbia y Colombres Mármol, a pesar que se sospecha una interpolación de fecha dopocrónica por el diferente estilo y arte con que aparece aquí, como habrá notado el discreto lector, el conocido Gobernador Manchego hablando. Por lo cual dejando todo el asunto a los progresos futuros de la criptografía, es deber nuestro estricto proseguir la traducción en el punto en que aparece inexplicablemente de nuevo Sancho rodeado de todos los badaudglios de la calle Florida,   desaparecido del todo el chaplín o parravichino de la máquina parlante y sonora, y dictando en voz alta a un secretario, que aparece ahora no se sabe de adónde, su sacramental Decreto:

-Señores, yo no soy italiano sino que soy el Gobernador desta Ínsula, como podían ustés haber concluido fácilmente por mi porte o, cuando no, por mi pronuncia; el cual en uso de las atribuciones del poder absoluto que ha recibido más de Dios que del pueblo, y que en custodia y ejercicio detento hasta que Dios me lo quite según mi juicio y el de la Santa Madre Iglesia, juzga por mayor servicio de Su Divina Majestad promulgar el siguiente

Decreto

1. Queda prohibido en esta Ínsula llamar cobarde al que ha sufrido una derrota, si es que todavía aguanta, para lo cual es preciso muchas veces más valor que para la victoria misma.

2. Ninguno podrá llamar cobarde a nadie, que no tenga certificado de ser todo un hombre, otorgado por este Superior Resorte, el cual no lo otorgará a nadie que no tenga lo menos cuatro hijos, y mucho menos si es mantenido por la señora.

3. En caso de sinculpapropia no tener hijos, séase por ser solterón, séase porque Dios no se los dio, séase por pertenecer al estado sacerdotal o semejantes, averígüese si al menos ha gritado una vez en contra de los verdaderos y vivos enemigos desta querida Ínsula, y eso de cerca y no de lejos y con toda la voz que tiene; y si está dispuesto a morir por la Verdad. Ley general de que no serán eximidos ni siquiera los honorables miembros del Estado Clerical del Cabildo Metropolitano o séase curas.

4. Recójanse en carros de basura todos los chistes que se hallan en venta contra la cobardía de los italianos, lo mismo que de otras naciones, sean colindantes, o deslindantes, y déjense en suspenso y en devolutivo mientras dure esta incomprendible guerra hasta ver en qué acaba todo, que no puede tardar mucho.

5. Prohíbese a todos los payasos de profesión hacerse millonarios, suicidarse, decir chistes obscenos y remedar imitando a los curas, militares, gobernantes amigos o enemigos de la Ínsula y a cualesquieras personas decentes, aunque sean grandes dictadores.

Fírmese, promúlguese, archívese y el que no lo cumpla se puede dar por muerto.

Sancho I, Gobernador

Aplaudió una gran parte de la plebe, aunque otra parte viose que no aplaudía por estar murmurando por lo bajo del rechoncho y feliz Gobernador, el cual dio inmediatamente la señal de los festejos, los cuales consistieron ese día principalmente en un desparrame general de sentido común con flecos y palmas de arrapiezos vivos seguido del desfile de un elefante enteramente desnudo y la historia de la Confederación Argentina en verso por Enrique de Trastamara.

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