23 bis. Fray Pacífico Q. Ch.

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«Los católicos liberales pueden hacer más daño que los comunistas». Pío X

«Los hombres malos no podrían hacer el daño que hacen si no fuese induciendo a hombres buenos a volverse primero instrumentos y luego cómplices más o menos conscientes… “Huic ille legendo sceleris cucullum praebet”». A. Huxley

Apenas hubo el rubicundo Apolo derramado su regalado aljófar por las puertas y ventanas del Oriente, riéndose las fuentes y alegrándose los platos de su venida, cuando despertaron a Sancho, que se había quedado dormido en su trono, y le dijeron:

-Señor Gobernador, aquí hay un pícaro fraile que anda haciendo travesuras.

-Esos no pertenecen a este foro -dijo Sancho, volteando al otro lado la cabezota-. Déjenme dormir. Tengo apetito de dormir.

Pedro Recio lo sacudió más fuerte, y abriendo Sancho los ojos soñolientos, vio a una especie de sacerdote gordinfloncito, con un holgado hábito que evidentemente no era suyo, si es que era hábito, con una gran pluma de ganso en la derecha y en la zurda un letrero que decía Argentina Libra; al mismo tiempo que Pedro Recio insistía:

-Son travesuras serias. Anda escribiendo en un semanario socialista sin firmar y sin permiso, al lado de un judío que blasfema de Jesucristo y de una teóloga que habla de lo que no ha estudiado.

-¿Y a mí qué me importa? -gruñó Sancho-. ¡A mí dejemén descansar!

-Es que escribe chismes de frailes. Y fíjese, Gobernador, los chismes de mujeres son pésimos, pero los chismes de frailes son encima pueriles y degradados.

-Yo tengo apetito de fumar un toscano -barbotó Sancho ominosamente-, y tengo derecho.

-Gobernador, dispiertesé. Son chismes que producen tristeza en los cristianos y asco en los socialistas. Se pone feo.

-Si producen asco hasta en los socialistas -reflexionó Sancho despabilándose los ojos-, tiene que ser cosa fea.

Y despertando del todo, se dirigió al acusado diciendo:

-¿Quién es Vuesa Reverencia?

-Soy la Inglesia.

-A mí no me metan con la Iglesia. Es uno de los consejos que me dejó mi señor don Quijote. ¡Basta! ¡Llévenlo a la Curia! ¡Tengo apetito de no trabajar!

-¡Señor! ¡La Curia está cerrada, el Capellán de la República está durmiendo y aquí hay que poner algún orden en seguida, porque se vuelve una cosa degradante para la buena educación desta Ínsula! -dijeron todos los Cortesanos-. Las polémicas de frailes son atroces.

Suspiró Sancho y resignose a meterse en el espinoso asunto, por orden de la santa obediencia, como un juez que tuviera que juzgar a su propio padre o un verdugo que por el bien común debiera decapitar a su hermano; pero jurando interiormente templar todo lo posible la justicia con la misericordia, porque el que a hierro mata a hierro muere, y el fraile y el judío nunca olvidan. Pero el otro no lo dejó recapacitar mucho, pues sacudiendo el letrero antinazi, gritó:

-¡Soy la Nueva Cristiandad! ¡Soy la Iglesia Nueva Democrática y Progresista!

-¿Y por qué andáis ansina de botas?

-Mi convento es tan négligé, que a las veces el Hermano Lavandero se olvida de ponerme des chaussettes en mi bolsa, y entonces uso estas des bottes para no mostrar las piernas, como dice el padre De Cotillón.

-¿Y qué habéis hecho, vous messié?

-He hecho la Liga Hebreocristiana; y des verses.

-¿Y eso es algún delitó? -pregunto Sancho.

-Tout au contraire, Esplendencia.

-¿Y qué diabolós andás escribiendo vous por los yurnalés de la Insulé que me dicen acá los Curtesanés son des choses que callar valdría plus, sapristi? -exclamó Sancho en francés.

-¿Y yo qué sé? -dijo la Iglesia Nueva-. Yo escribo lo que me dictan…

-¿Cómo es eso? -dijo Sancho enfurruñado-. Entonces éste no es el culpable de los chismes fraileros, y me hacen levantar para esto a las cinco de la madrugada; ¡que con la hora argentina cambiada, son las cuatro!

-Esplendencia -dijo Pedro Recio-, es cierto que otros le dictan. Pero éste es el responsable, porque él pone el estilo.

-¿Y qué tal es el estilo?

Riose un poco Pedro Recio, y aseñó con la cabeza que respondiesen los Cortesanos.

Pero los Cortesanos se rieron también un poco, y no quiso responder ninguno.

Pero contestó la Iglesia Nueva:

-Yo sirvo para escribir. Ya he escrito tres libros inéditos. Intonsos e inéditos por culpa de los nazis. El que sirve para escribir debe escribir. Con permiso o sin permiso. ¡Yo quiero escribir y publicar como el nazi Militís Militún! Para eso sirvo y para eso he nacido.

-Y ¿quién te dijo eso?

-Mi abuelita cuando era chico. Y Mary.

-Pásenmén inmediatamente los libros deste varón, o lo que sea, y me traen a los interfectos que le dictan los chismes… ¡Al momento!

-¡Esplendencia! Son personas histerogéneas, y que viven lejos…

-¡Ordeno y mando! -gritó Sancho; después de lo cual se enfrascó en la lectura de un libro llamado Cartas de un cura que fue… cocinero antes que fraile; lo cual visto por los Cortesanos, inmediatamente se enfrascaron en la lectura de Ella y él, Catecismo de las novias, Lo que deben saber las niñas, Lo que no deben saber los niños, Camino del matrimonio, El sacramento del amor humano, y toda clase de pornografía   blanca para taso de la Acción Católica. Mas Sancho se aburrió de las cartas de un cura a las primeras de cambio, y comenzó con el legajo de poesías sin ritmo ni rima y con sentido que lo averigüe Vargas del nombrado fray Pacífico; de las cuales no pudo opinar, pues fue interrumpido por la llegada de los pesquisas que traían encadenadas a nueve personas de ambos sexos y condiciones, que venían muy juntitas, con los brazos cariñosamente enlazados como verdaderos cristianos. Levantó Sancho los ojos, y volvió a bajarlos a leer tres versos más. Después de lo cual bufó, y dijo:

-Este libro me gusta. Puede hacer mucho bien. Pero más me gustaría lo hubiese escrito alguna señora casada, de cierta edad, discreta, y que hubiese sido partera en sus mocedades; y no un sacerdote. Y que en vez de imprimirlo, lo hubiese dicho oralmente a las chicas cuando les llegase el tiempo.

Saltó una señora casada, de cierta edad, discreta, con cara de partera, de entre el grupo encadenado, y discrepó:

-¡Reaccionario! ¿No sabe que eso ya está abolido en la Iglesia Nueva?

-Lo sé -dijo Sancho-. ¿Y usté quién es?

-Soy la Teóloga de la Iglesia Nueva.

-Tanto gusto. Pero en la Iglesia Vieja, señora mía, a la cual yo pertenezco -dijo Sancho con retintín-, cuando los sacerdotes escrebían tratados sobre el Matrimonio, los escrebían en latín. Y nosotros los muchachos los leíamos a escondidas en el Colegio, con lo cual nos apurábamos a aprender el latín. Bien, todo eso ha cambiado, no sé si para bien o para mal. Pero esta señora tióloga que tiene tan linda labia, a falta de otras cosas, me hace el favor de presentarme a todos los demás. ¡Sáquese las botas! ¡Sí, a usté le digo, fray Pacífico! ¡Sáquese las botas y emprésteselás a la señora tióloga! No importa que a usté le veamos las piernas. Y desencardenarlos a todos.

Adelantose la Teóloga vestida de pantalones y de chancletas calzada, y presentó a sus cofrades, a saber:

1. Yo, doña Silvana de Polluela.

2. El Aprendiz de Figurón Apostólico

3. El padre Domingo de Cotillón.

4. El Separatista Vasco.

5. Jaimito Caído del Nido.

6. Cristófilo Satanowski.

7. El Arquitecto Vicente.

8. El Gran Teólogo Extranjero.

9. El Editor Católico.

-¡Póngansen todos en fila inmediatamente, mar! -bramó Sancho, al ver que cada uno sacaba del bolsillo unas cuartillas para decirle un discurso-. ¡Firmes! ¡Saquen pecho, canejo! ¡Más pecho! Bien. Ahora, ¡buenos días! No saben decir buenos días. ¡Cuando entran en una sala delante de un Gobierno! ¡Buenos días, canejo!

-Buenos días -dijeron abatatados los teólogos.

-¿Ustedes son los que andan en difusión de chismes de iglesia?

-¡Qué chismes! ¡Si son cosas necesarias para el gobierno de la Iglesia! -apuntó el Figurón Católico.

-¿Y quién los mete a ustés a gobernar la Iglesia? -quiso saber Sancho.

-¡El Papa mismo! Vivimos en democracia, gracias a Dios; y todos debemos gobernarlo todo. En eso consiste la democracia -roncó la Teóloga.

-No creo que el Papa haya dicho eso -dijo Sancho-, hasta que venga aquí el Capellán del Reino, y me declare esa Bula. No lo creo, simplemente. Nianque lo digan ustés. ¿Ustés son ésos que llaman católicos progresistas? Tendieron todos los interfectos a una las manos, y cantaron a dos voces:

-¡Progresistas católicos de la mano tendida!

-¡Criollos lindos! -exclamó Sancho-. A ustés justamente los andaba buscando. A ver, salí vos al centro, Cristófilo Satanowski, que no se puede negar que sos criollo viejo. Doctor Tirteafuera, vaya a traer al Capellán del Reino, que aquí nos vamos a meter en tiología. Si está durmiendo a estas horas, le rompe la puerta, o ninquesea ¡el alma! a patadas. ¡Aquí lo necesito!

Se enjugó Sancho el sudor con la manga y se dirigió al judío católico:

-Gauchito lindo -le dijo-. No entiendo mucho de política extranjera y vos con tus revistas y tu tele sabes de todo. Me dicen que mi probre Ínsula está en guerra por cuenta del extranjero, y que las dos facciones se llaman Democracia y Nazismo, o sea Tacuara.

-Así es, quiridos. Pero no ista esplendente Ínsula sola, sino todo il mundo tirráquio. Y vos no poides ser neutralista, quiridos.

-Yo no soy nada deso, sino que soy partidario, secuás y faicioso desta Ínsula mía, que es la más linda del mundo tirráquio, y del otro. ¡Ella sola! -dijo Sancho.

-¿Y la Soledá Ridá Cuentinental, quiridos míos?

-¡Más linda que esa mesma! -gritó Sancho, creyendo le nombraban alguna bailarina.

-¡Gobernador! Usté es nazi… Usté tiene que volverse democrático como nosotros ¡como todo el mundo, como el mismo Papa! No. ¡No estamos aislados en el mundo! ¡Como nosotros, como los buenos católicos, como Maritain, como Telar de Cardín, como la gente más ilustrada del mundo, como todo el mundo!…

-¡Quiridos! -añadió el judío.

-¿Y quiénes son esos católicos más ilustrados, vamos a ver? -preguntó Sancho.

-Yo -dijo el Cristófilo-, la Teóloga aquí, De Caulle, Maritain, Bonomi, La Nación, La Revolución, Gerchunof, Eichelbaum y el Papa.

-¿El Papa verdadero? -dijo Sancho santiguándose.

-Entero y verdadero. Es il último qui intró, pero intró, quiridos. ¡Yo ti la juros por la civilición cristiana qui il Papa istar más democrátco qui yo mismos!

Inmutose Sancho I al ver que el judío lo reventó introduciendo al Papa, del cual el ínclito Gobernador respetaba hasta el nombre; y para disimular volviose a Teresa Sancha, que con las taquígrafas se estaban riendo a socapa de la facha de la Teóloga Silvana de Polluela, y le preguntó con disimulo:

-¿Quiénes diablo, serán éstos?

-Vaya a saber, marido -dijo ella-. Lo que ocurre es que son gente buena, que, como vos y yo, quieren mandar; y no sirviendo para mandar en el mundo, quieren mandar en la Iglesia.

-¡Mandar en la Iglesia ése! -exclamó Sancho, señalando al Editor Católico.

-O por lo menos hacer negocio.

-¿Y cómo la Iglesia permite?

-La Iglesia, como ha renunciado a las pompas o pampas deste siglo, no se preocupa del gobierno ni de los negocios, y así éstos pretenden suplir a la Jerarquería.

-¡Pero la Tiología! ¡La Iglesia no puede renunciar a la Tiología! ¿Y estas tiólogas hembras?

-¡Si no hay teólogos machos! -respondió secamente Teresa Sancha.

-¿Pero no acabo de donar yo dos millones de escudos para fundar una Facultad de Tiología Privada en mi Ínsula? ¿Qué se ha hecho desa plata?

-Ésa es la Facultaz Nueva, que todavía no funciona. Me extraña, marido, lo mal que os informáis. La Facultaz Vieja la van a destinar a las mujeres, y abrirán la nueva que será mejor.

-¿Cambiarán el rector y todos los profesores?

-¡Oh marido, qué torpe estáis! Dejarán los mismos profesores y el mismo rector. Eso sí, echarán dos o tres profesores de los más estudiosos, porque los sabios siempre estorban dondequiera se hallen. Estudian, piensan y molestan.

-¿Y cómo va a ser mejor, entonces?

-¡Oh marido, estáis retorpe! Han conseguido la potestaz de dar títulos de dotor, licenciado y jurisprudente. En nuestra Ínsula lo que importa es el título. Empezarán a pulular dotores en cardúmenes.

-¡Ay mi plata! -dijo Sancho-. ¿Y la ciencia?

-La ciencia, como los perros, en la Iglesia estorba -dijo la Teresa, muy templada.

-Estas mujeres siempre saben más que uno de cosas de iglesia -concedió Sancho. Y volviéndose a Pedro Recio, que acababa de entrar muy mohíno, le gritó estentóreamente:

-¿Dónde está el Capellán del Reino, so inútil, que si no este pleito no se acaba nunca?

-Está muerto, Esplendencia -dijo Recio, enjugándose dos lágrimas que no existían-. O es como si lo estuviera. No contesta. Le están hundiendo la puerta a  golpes. En ella estaba clavado con un puñal este pergamino con un epitafio. Debe ser cosa de la Masonería. Empezó Sancho a leer el epitafio y a soltar la risa. «¡Que lea fuerte!», dijeron los nueve reos. Pero Sancho se levantó impaciente y dijo:

-No puedo resolver yo solo este pleito, que es del fuero eclesiástico. Por lo cual voy a probar si se resuelve él mesmo de por sí.

Y mandó que encerraran isosfazto a los teólogos nuevos junto con fray Pacífico (a) Iglesia Nueva en un espacioso retrete que había allí al lado; donde hizo introducir al mismo tiempo una caja cilíndrica de sospechoso olorcillo. Después de lo cual empezó a leer fuerte el epitafio del Capellán del Reino, que decía más o menos:

Desde el fondo inmortal de los siglos

una voz sonorosa clamó

con un ruido de rotos vestiglos:

«Como tuerto entre ciegos triunfó».

Pero vino después la execrable

vanagloria con la adulación

y el nacido para hoja de sable

se hizo pronto facón de latón…

Mas no importa aunque el caso sea triste

adelante con ese fanal

editemos sus obras, y existe

aunque sea un cadáver mental.

Adelante y que caiga el que caiga

de Francisco Gustavo el laurel

brillará, Democracia mientr’haiga,

con Andrea Cucheta Miguel…

Pero aquí fue cubierta la voz del buen Sancho por un alboroto monumental que había ido creciendo adentro del florilegio. Sancho se reía ahora de veras, pero no del epitafio. Salía un ruido como el terremoto de San Juan. «Abran, se están matando», decían los Cortesanos. «No abran -decía Sancho-, déjenlos que se arreglen entre   ellos». Parecía que estaban diezmil demonios tirando a la vez la cadena de diezmil inodoros. De repente se oyó allá adentro el chillido inconfundible de una mujer que ve un ratón o ve al diablo. Entonces Teresa Sancha se adelantó agitada a su marido, y le dijo:

-¿Qué pusiste adentro? ¡Se están peleando entr’ellos! ¿Qué les pusiste?

-Un queso -dijo Sancho-. Se están peleando por el queso.

Corrió la Gobernadora y abrió de par en par las anchurosas puertas. Viose un espectáculo cervantinodantesco. Los diez interfectos estaban aporreándose bárbaramente uno al otro. Como en el famoso paso de la Venta de Maritornes, fray Pacífico le pegaba a Gerchunof, Gerchunof le pegaba a doña Silvana, doña Silvana le pegaba a Eichelbaum, Eichelbaum le pegaba al Figurón Católico, el Figurón Católico a Jaimito, Jaimito a Maritain, Maritain a Levene, Levene a Satanowski, y finalmente Satanowski al Editor Católico, el cual lo cascaba a fray Pacífico; mientras sobre las cabezas y la polvareda del entrevero flotaba majestuoso el impoluto estandarte de la unión sagrada: Antinazi.

Viendo lo cual, levantose sonriendo Sancho, y dando con la tranca en la tarima, dictó, después de hacer silencio, el siguiente

Decreto

Considerando:

1. Que los interfectos presentes en el fondo lo único que quieren es figuración y puestos públicos, como todos los demás súbditos desta industriosa Ínsula, sólo que éstos meten de tercera a la Religión, donde los demás meten solamente -exceptuando los militares- coima y cuñas, ordeno y mando se provea comida gratis y jubilación a todos.

2. Que el nombrado fray Pacífico (a) Iglesia Nueva es de sacerdocio dudoso y frailación notoriamente nula, se lo descardina de su diócesis, se lo descangalla del fuero  eclesiástico y se lo relaja al brazo secular del Satírico Mayor del Reino, Militís Militún.

3. Que la Teóloga no es mala, no escribe tan mal, no hace daño a nadie, sólo que no sabe teología ni tiene por qué saberla, se la manda a un Asilo de Huérfanos a criar hijos ajenos, ya que ha criado mal que bien a los siete o nueve que tuvo.

4. Que el Aprendiz de Figurón, si fuésemos a castigar a todos los que hay, pobre Ínsula… se lo nombra director del Museo Iconográfico Marítimo.

5. Que el Editor Católico ha hecho mucho «apostolado» -que él llama- con sus libros, aunque estén mal escogidos, abominablemente impresos y robados los derechos a los autores, se lo premia con un gran banquete en el Alvear Palace Hotel, al cual asistirán de real orden varios sacerdotes libres, junto con varios escritores católicos, junto con variados judíos, junto con varios chadistas y frigeristas, con el agregado del Hermano Septimio, el padre Furlong y Constancio Vigil.

6. En cuanto a las mujeres, y a los que se pueden asimilar a ellas, quedan sujetos a la sentencia judicial de mi señora Teresa Sancha, porque este decreto es muy largo y yo estoy muerto de sueño.

Dicho lo cual dio el feliz Gobernador la señal de los festejos, los cuales consistieron ese día principalmente en la Suma de Santo Tomás seguida de la Resta de Santo Tomé y una multiplicación y división de los cefalópodos considerada en sus aspectos culturales económicas estratégicos y epistemológicos.

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