24. El Fabril de Frases Hechas

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Apenas hubo el rubicundo Febo asomado la rútila y aberenjenada faz por entre las randas y encajes de oro de las nubes orientales, cuando dejó el nuevo Gobernador muy descansado y bien dispuesto las bienhechoras chalas y se dirigió a la Sala de las Medidas Momentáneas para resolver los asuntos del día. No bien se hubo sentado cuando se abrieron las anchurosas puertas y entró por ellas el doctor Pedro Recio trayendo del brazo a un señor desvaído, descolorido y sin señas particulares que traía colgado al cuello una especie de organillo titirimundi o máquina de calcular. Mirolo Sancho atentamente, sin poder hallar en él cosa de provecho, y después dijo al hombruco con reposada voz y continente:

-¿A quién tengo el honor de estar medio viendo?

Estremeciose el aludido y dando sin decir palabra una vuelta a la manija del organillo, salió por un lado dél una tira de papel a modo de telégrafo automático, donde decía:

«Las males de la libertad se curan con más libertad».

-Eso lo he oído varias veces -dijo Sancho-, y tanto lo voy oyendo que me persuado que es mentira. Almenos no es respuesta de lo que yo pregunto.

-Señor -dijo el doctor Recio interviniendo-, éste es un pobre ciegosordomudo que se gana la vida con esa maquinita de hacer frases hechas, que le legó su padre, que fue un gran orador llamado Almafuerte Ingenieros. En un tiempo este hombre ha ganado plata a ponchadas, proveyendo de frases al Parlamento, a los Candidatos y a los Diarios; pero ahora resulta que lo están estafando de un modo asqueroso, que pronto lo dejarán en la miseria. Y no hay derecho.

-¿Y quién lo estafa? -dijo Sancho.

-Señor, primero los Diarios ya no le pagan derechos de autor, y dicen que las frases ya son dellos. Después, los Candidatos han abandonado la frase hecha por el floripondio; finalmente, en el Parlamento, tomando el ejemplo del Concejo Deliberante, no se dicen más que zafadurías. Este buen hombre se ha dirigido por medio mío, que soy su empresario, a los pedagogos insulanos. Pero resulta que los pedagogos de la Ínsula exigen unas mercaderías tan entonadas y tan fusquilocuentes y sesquipedales que se descompone la máquina. Y no hay derecho a hundir de esa manera una industria nacional.

-¿Y qué es lo que se pide ahora?

-Se pide la creación de un cuerpo de inspectores y archivistas israelitas para registrar las frases hechas que publiquen los Diarios y cobrar los derechos; una ley que imponga al profesorado la renovación de sus frases hechas cada cinco años; y un decreto prohibiendo al diario La Prensa aumentar su stock existente y cambiar en él una sola palabra, puesto que ella da el tono al frasihechismo de la Ínsula, y las que usa son de la más limpia tradición y cepa ingenieresca.

-Me parece justo -dijo Sancho-; pero realmente quisiera antes tomarle el pulso a esa maquinita y ver cómo funciona, porque realmente es para mí una cosa nunca vista ni sospechada.

-¿De qué género las quiere? ¿Políticas, culturales, morales o religiosas? ¿Y de qué tono las quiere? ¿Tono A, tono B, o tono C?

-De cualquiera, con tal que sea linda y verdadera.

Pinchó Pedro Recio al Fabril y éste rodó por dos veces la manivela, apareciendo incontinenti una cinta o banda que decía:

«La victoria no da derechos».

-¿Qué victoria? -dijo Sancho vivamente.

-La victoria que usté gana en una guerra contra otra ínsula no lo autoriza a hacer nada después de ganar la guerra.

-¿Y entonces para qué hice la guerra? -dijo Sancho-. ¿Para matar gente por gusto? ¿O es que se trata  de una guerra injusta, de las que están prohibidas por el Santo Padre?

Pinchó de nuevo Pedro Recio muy perplejo al sordomudo y salió la siguiente respuesta:

«Todo nos une, nada nos separa».

-¿A quiénes? -dijo Sancho.

-A todas las ínsulas de este continente.

-Está lindo -meditó Sancho-. Pero entonces ¿cómo es que hay límites y cuestiones de límites? ¿Y cómo es que hay guerras y hay victorias y no hay derechos?

Chirrió otra vez la máquina maravillosa y salió el siguiente oráculo:

«Yo respeto todas las opiniones».

-Yo también, con tal que sean buenas -dijo Sancho-. Pero ¿qué me dice usté de las opiniones dañinas?

«El dogma progresista de la fraternidad universal por encima de todas las razas y religiones».

-Algo va de Pedro a Pedro -repuso Sancho- y el único que está por encima de todos es San Pedro, que es el portero del cielo y el timonel del mundo. ¿Se refiere a eso?

«La defensa de la civilación cristiana a cargo de las grandes democracias contra todos los sanguinarios totalitarismos agresivos».

-¿Cómo es eso? -dijo Sancho-. ¿Tota-Lita-Ritmo? ¿San bailarinas húngaras o qué cosa?

-Es una palabra nueva, señor. Nadie sabe a punto fijo lo que significa. Pero tiene una caidita macanuda para terminar discursos.

-¿No le parece entonces que sería mejor prohibirla? En mi tiempo era feo decirle a un hombre que hablaba lo que no sabía.

-¿Prohibirla, señor? Imposible. Mire lo que dice la otra frase ritmal y decadente:

«La libertad de prensa es el sostén de la Democracia».

-Con tal que los dueños de las prensas no nos prensen el celebro demasiado -reflexionó Sancho-. Me está pareciendo que en mi Ínsula hay que libertar a la gente de la prensa, y no a la prensa de la gente.

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«Ciegas opiniones reaccionarias que quisieran retrotraer el mundo al Medio Evo».

-Adiós mi plata. Cada vez más peor está hablando en difícil. Lo único que entendí fue Evo. ¿Es el marido de Evita?

«La libertad es el don más grande que Dios ha hecho al hombre».

-Al hombre preso -dijo Sancho-. Al hombre varón el don que le hizo Dios es la mujer, como dice la Escritura, anoser que salga mala, porque entonces el diablo se los lleva a los dos.

«La democracia orgánica, con tal que no se abuse de ella, lleva en sí el índice de una superación indefinida para las naciones».

-No entiendo -dijo Sancho.

-Es que viendo que Su Esplendencia no se convence, estoy dándole al registro de los pedagogos.

-Cambie registro -dijo Sancho- y vuelva a la pata la llana hablando en cristiano como la gente fina.

-Ése es justamente el gran progreso de esta máquina -dijo Pedro Recio-, que tiene tres registros, tono A, tono B y tono C; y el mismo concepto o sea filosofícula lo puede formular para uso del pueblo, para uso de los burgueses y para uso de la gente fina. Fíjese su Esplendencia en estas tres teclitas. Aquí dice La Prensa, aquí dice La Razón y aquí dice Crítica. Apretando cada una Suecencia traslada el concepto a una octava mayor o menor sin variar en lo más mínimo la melodía.

-Es como los pianos automáticos -dijo Sancho-, vamos a ver, hágame ver un poco esos pedales.

-Aquí tiene -dijo Pedro Recio clicando una tecla- las tres frases hechas fundamentales de la prensa, que se las hemos arrendado en monopolio exclusivo por espacio de 99 años.

1. «Las enseñanzas dogmáticas y teológicas no son lo mismo que el espíritu científico del empirismo moderno».

2. «Los colegios privados, que son empresas de lucro, anquilosan y estertoran la marcha de la función educativa».

3. «El espíritu de violencia totalitaria agota el libre juego de las instituciones democráticas».

-¿Qué le parece, Gobernador?

-Magnífico -dijo Sancho-. No las entiendo muy bien, pero me suena magnífico por el sonido y por el corceuto. A ver si las anota, Secretario, para mi próximo Mensaje.

-Ahora verá Su Esplendencia cómo se trasponen al plano de la razón… Atención al cuque.

Crujió la máquina de arriba abajo, se engulló los tres letreros grises y los devolvió incontinenti en lindas letras rosadas de esta forma:

1. «La enseñanza del Catecismo es opuesta a la soberanía democrática y por lo tanto a la Tradición Liberal de la República».

2. «La actividad docente privada debe coordinarse a la actividad docente oficial de forma que si ésta es mala aquélla tiene que ser peor y pagar encima».

3. «El ideal republicano, que es propio de los pueblos libres, repele los medios de coacción yvirulencia, casi tanto o poco menos que los medios de corrupción, mentira y soborno, debiendo todos los hombres marchar derecho por pura buena voluntad y conciencia autónoma, cumpliendo con su deber solamente porque es su deber, como dijo el filósofo de Konisber».

-¿Qué me dice, Esplendencia?

-Éstos ya son más claros -dijo Sancho-, pero por lo mismo más discutibles. Saque los otros, Doctor, los que no se prestan a crítica.

-Al revés, Esplendencia. Se le prestan a la Crítica, que es justamente la que no quiere pagar derechos.

-Sáquelos de todos modos. ¡Hola! Ahora salen letras rojas. ¡Qué fantástico!

1. «El fanatismo inquisitorial de la reacción cavernícola intenta coventrizar con una inundación de dogmas la tiernamente del infante argentino».

2. «La infiltración jesuítica amenaza la libre y democrática docencia que nos legaron nuestros gloriosos patricios, los primates antropomorfos de Mayo».

3. «La neurosis nazifascista ensangrienta con sus manos de hiena las gloriosas conquistas del pensamiento humano».

-¡Fantástico! -dijo Sancho-. Ésos sí que son bravos, y así, puestos en grandes letras con dibujos y fotografías, van derecho de los ojos al corazón y al alma. Pero a mí me parece ahora, ¿no es verdad, doctor Recio? por lo que yo calo, que esos títulos van contra el decreto Fundamental número 7 de mi glorioso reinado.

-¿Qué decreto, Esplendencia?

Que todos los niños de esta Ínsula, pobres o ricos, sepan su catecismo entero a la edad de 12 años; y que ninguno sea ciudadano si no conoce su religión a fondo. Y esas frases me suenan algo así como que van en contra la Religión Católica.

-Perdón, Esplendencia. Ese decreto debe derogarse porque contra él existe otra frase de las más fundamentales. Hela aquí: «A los niños no se les debe enseñar la religión, para que puedan elegir después la que les guste». Miró Sancho la rotunda y profunda frase, y después de reflexionar un momento, y de mirar al sordomudo que estaba allí, firme como un virote, dijo despacito:

-¿Y cómo van a elegir lo que no conocen?

-Pueden conocerla más tarde, por su cuenta.

-No me parece -dijo Sancho.

«Una religión enseñada atropella la autonomía de la conciencia individual» -dijo la máquina con un imponente traqueteo.

-Toda religión es enseñada -dijo Sancho, animándose rápidamente y chispeándole los ojuelos-, porque si no fuera enseñada sería inventada, y entonces no seria religión.

«La religión es invención de los curas» -retrucó la máquina como un rayo.

-Y ¿quién inventó los curas? -dijo Sancho, que le tomaba gusto al contrapunto.

«El escurantismo medioeval y las tenebrosas supersticiones de las épocas es-curas».

-Eso ya no lo entiendo, o mejor dicho, te estoy entendiendo demasiado, che cara de pastel insípido -musitó Sancho; y bruscamente sobrecogido, bajó los ojos de la     cara cretina y barrida del sordomudo y empezó a recorrerle con la punta de los ojos toda la pinta, las patas sobre todo. De repente se quedó tieso como un muerto; y se hizo un gran silencio porque vieron los Cortesanos que empezaba a tremar de manos como niño con alferecía.

-Éste no es tan mudo como parece -dijo entonces Sancho, sordamente-; y no estando ahora el Capellán, debo proceder como Dios me inspire -y volviéndose al Alférez le comunicó una orden en voz baja. El Alférez lo miró como a ver si estaba loco. Sancho confirmó enérgicamente con la cabeza (¡tráigame lo que le digo!) y el Alférez salió moviendo la suya. Entonces dijo Sancho a Pedro Recio dulcemente:

-Todo esto va magnífico; pero ¿qué provecho real para el ínsulo, dejando el provecho pecuniario del tipo, representa el aparato éste, que no puedo negar que es ingenioso?

-¿Y no lo ve su Esplendencia? -dijo Pedro Recio-. Este aparato ahorra al pueblo el trabajo de pensar. Pensar, Esplendencia, es la cosa más trabajosa del mundo y también la más peligrosa. En otro tiempo a los pueblos les daba por pensar; y ¿quién podía gobernarlos en paz? Nosotros hemos arreglado el asunto. Con este aparato la plebe ignorante y baja está dispensada de tener luz abajo el pelo, está libre de la tortura de la inteligencia. Mire las bestias, Esplendencia, qué plácida y envidiable vida transcurren, libres de los tres gusanos del Por Qué, el Para Qué y el Hacia Adónde. Con este Fabril de Frases Hechas y la grande inhuible red de la propaganda, nosotros damos a los grandes rebaños humanos su pasto mental diario ya cocinado y hasta mascado. Ellos lo engullen en grandes cantidades, unos con pimienta y otros con patchulí, según los gustos, y plácidamente se adormecen en sus almas las interrogadoras voces que en otro tiempo llamaban del MásAllá o DeloAlto. ¿Se da cuenta Su Esplendor de la ventaja que significa; en un caso que Él quisiera hacer la guerra a la Ínsula Oriental o vender por tres millones la mitad del territorio nuestro a la Gran Ínsula Drakolandia, se da cuenta que en un mes y medio de propaganda por prensa y radio todo el pueblo insuleño   -273-   pensará que está muy bien hecho, y que ellos mismos lo han pensado solos, los cuitados?

-¿Y para qué quiero yo hacer la guerra ni vender mi patria? -dijo Sancho; y en ese mismo instante entró el Alférez con una gran caldera de agua bendita con hisopo. Entrar el Alférez y empezar el Fabril de Frases Hechas a olfatear como perro pachón, fue todo uno; de lo cual se reía Sancho al tomar el calderete, diciendo:

-Olfato no le falta al tipo. Miren cómo huele el baño.

Miraron los Cortesanos y vieron que el sordomudo estaba girando desesperadamente la manija, y que salía como una gran banderola con letras de oro y sangre, diciendo:

«¡Alto todos o los mato! ¡Yo soy el Gran Arquitecto del Universo, el Espíritu luminoso del Liberalismo Moderno!».

Bajose, no obstante, del trono con verdadera temeridad el rechoncho Gobernador hacia el sordomudo; y de un solo golpe le zampó toda el agua bendita por la cabeza, como si quisiera bautizarlo. Dio un gran alarido el Fabril al sentir el agua y partiendo como un chivo y peor que bala perdida fue a topar contra un pilar del cuarto como un colectivo, desgajando al choque un gran reguero de chispas; y a los gritos de los Cortesanos que le indicaban con terror la puerta, pegó tres o cuatro partidas más, tropezando como murciélago contra las paredes que humeaban, se retorció todo adentro la ropa como perro escaldado, y al fin se hizo humo de un salto con máquina y todo por una ventana que estaba a más de dos metros del suelo. «¡Nómbrese a Dios!», gritaba el doctor Pedro Recio, que era el más asustao de todos.

De lo cual reía Sancho a carcajadas, abrazándose con ambos brazos la barriga, cosa en que no podían imitarlo los Cortesanos, no por falta de barriga, sino por sobra de miedo, al ver la disparada del sordomudo y cómo el doctor Recio había quedado de corrido. Mas cuando acabó de reír, Sancho, dando una poderosa voz para reanimar a su gente y volver a su puesto al Escribano, dictó incontinenti el siguiente

Decreto

1. Que las frases hechas actualmente en uso tienden a imbecilizar al pueblo y querer imbecilizar al pueblo es una cosa casi diabólica.

2. Que ser imbécil es pecado, según la doctrina de la Santa Madre Iglesia, puesto que no hay vicio más incorregible que hacer mal por tontería, pecado y vicio de que por cierto muy pocos se confiesan, habiendo él invadido a su vez a una parte de los confesores, empezando por el Capellán de esta Ínsula, que está durmiendo justamente ahora que lo necesito.

3. Que por otra parte, no se puede impedir que haya frases hechas, las cuales hasta un cierto punto son necesarias.

Dispongo, ordeno y determino:

1. Quedan puestas en comisión todas las frases hechas actualmente en uso.

2. Ordénase la fabricación de nuevas frases hechas indiscutibles, a cargo de una comisión de sabios de la Ínsula, presididos por el Obispo de cada diócesis.

3. Se castigará en los diarios el abuso en cantidad de frases hechas, y se les impondrá la renovación del surtido al menos cada cuatro años, proveyéndose en forma exclusiva de la Manufactura Nacional arriba indicada. Séllese, publíquese y cúmplase, etcétera.

Hecho lo cual sentose el orondo Gobernador todo sudoroso y con una festiva palmada dio la señal de la inauguración de los festejos, los cuales consistieron aquel día principalmente en el Pacto Tripartito desde el punto de vista epistemológico, con acompañamiento de bombones especializados y vitaminas G y P en cantidad suficiente a la nutrición biológica.

 

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