24 bis. Vigilia de armas

vigilia-de-armas1

Apenas hubo Febo Asoma, aburrido de iluminar las antípodas, asomado por Punta del Este su rojiza cara y su brumosa cola por Barracas, cuando el excelso Gobernador de la ínsula Agatháurica se presentó motu proprio por primera vez -a causa de no haber podido dormir- en la Sala de los Últimos Ultimátumes a resolver los asuntos del día. No se había acabado de sentar, cuando introdujo el granadero de guardia a un ancianito flaco como palo escoba, muy pálido, con los mechones desgreñados y manos y pies tembleques, como gurí con alferecía. Los grandes ojos claros del Gobernador, que todo lo tenía grande inclusa la panza -y exclusa la paciencia- vio en seguida de qué se trataba, y mandó le dieran al reo un pan francés y un cuarto de vino Colón, o Carlón, como sea; mientras entraban de prisa y haciéndose los desentendidos el doctor Pedro Recio, el Capellán, el Director de Personal y los Cortesanos, que estaban durmiendo cuando Sancho hizo gemir lastimeramente las herrumbradas puertas de la última sala. El viejito que había hecho desaparecer de un saque las vituallas como si fuera un prestidigitador, estaba tartamudeando acciones de gracias con la boca llena; y el Gobernador preguntó al Granadero:

-¿Quién es?

-Un perturbador del Orden Público, Esplendencia. Un jubilado, que la Policía lo largó por haber demasiada gente en la Cárcel de jubilados, y Su Ilustrancia Teresa Panza, su ilustrada mujer de usted aquí lo encontró desmayado en la calle.

-¿Y qué ha hecho?

-Estuvo tres días y tres noches haciendo cola en la vereda del Palacio de Previsión Social y estorbando tremendamente el tránsito.

-Malo es eso -dijo Sancho; y guiñó a Pedro Recio, el cual se adelantó de mala gana, mientras Teresa Sancha, que había conseguido le diesen un tronetto a la derecha del Gobernador, leía una novela de amoríos.

-No está aún firmado el expediente -dijo el Gran Canciller Recio secamente.

-¿Por qué?

-Pero, Esplendencia, usted mismo no da abasto a firmar los expedientes. Usted bien sabe que jubilándose en nuestra generosa Ínsula todo el mundo, haya sido quien fuere, no hay dinero en las Cajas y ni su misma laboriosa Esplendencia alcanza a firmarlo todo, por lo cual firmamos nosotros, si a mano viene, la mitad más uno.

Dirigiole Sancho los grandes ojos enrojecidos, y preguntole:

-¿Y por qué no vive entretanto con los doscientos escudos de oro que mandé con mi Limosnero Mayor a todos los jubilados hambrientos?

-Eso digo yo. Que viva -dijo el Canciller con tonillo impertinente.

-¿Qué decís vos, buen hombre? -preguntó Sancho al interfecto, que hacía gestos incomprensibles con manos, pies y boca.

Como nada respondiera, mandó Sancho le trajeran otro pan y un cuarto de vino bien aguado.

-¿Qué hacía este carcamal? -preguntó Sancho.

-Cuidaba un pasonivel sin barreras; y una vez a los ochenta años y pico, evitó un choque catastral saliendo con los brazos como molinete al paso a un tren; que no frenando a tiempo, le quebró las dos piernas -dijo Teresa Sancha.

-Me parece bien -dijo Sancho-. Pero ahora, que hable, por San Brandán.

-A mí no me llegaron más que 17 escudos -dijo éste al tener en las garras el elemento- y se los tuve que dar a cuenta al abogado que me tramita la jubilación hace siete años; con pagaré de darle todas las rastraztividades.

-¿Y por qué no se la trasmite?

El otro no contestó nada, porque estaba ocupado con su pan. Sancho miró de nuevo a Pedro Recio.

-A mí no me vengan con recherches. Yo no sé.

-Que traigan inmediatamente al Bachiller Carrasco -ordenó Sancho.

Se presentó al fin el Jefe de Informaciones Confidenciales todo mohíno y malencarado; y Sancho por no perder los estribos no lo quiso reprender de sus continuas ausencias; mas le dijo:

-¿Por qué no le firman el expediente al coso aquí?

El Bachiller vaciló y miró a Pedro Recio:

-Se necesita el informe del jefe del Sindicato de Agujeros; de guardadores de agujas; de agujas de tren.

-¿Por qué no lo da, en siete años, barajo?

El Bachiller mostró con la barbilla a Pedro Recio y dijo: «Atinencia del Canciller»; e hizo un gestual de irse.

-¡Usté se queda aquí! -ordenó el Gobernador-. Granadero, ojo a la puerta. Aquí todo quisque sale y entra como Pedro por su patio. Esto no funciona.

-Funciona concretamente -alcanzaron a oír al Granadero-. Déjemelos no más a mí estos perduelis.

-¡No me toca a mí -dijo enojado Pedro Recio-, pero en fin, es porque falta el guiño del Hombre de las Cuñas… Anotó Sancho mentalmente el apelativo por lo que pudiera tronar y prosiguió:

-¿Y ese hombre Acuña qué hace? ¿Está durmiendo? Miró Recio al Bachiller y el Bachiller al Capellán que estaba repantigado mascando chicle y leyendo un libro traducido de un gran teólogo llamado Chardín; y a un grito de Sancho repitiendo la pregunta, rezongó éste:

-¿Y cómo lo va a hacer si no tiene la venia del jefe del Partido?

-¿Qué partido?

-El Partido Radical Ultraintransigente y Ultradelpueblo

-¡Aaah! -dijo Sancho, y se puso a hojear unos recortes sucios y sobres de carta usados que tenía sobre la mesa, su Archivo Personal, hasta encontrar y leer el buscado.

-¡Aaah! -dijo-. ¿Es ése que fue acusado públicamente de unos contratos engañosos para el pueblo, y después sacado de su puesto por un General o dos, y después tenido en remojo en leche y miel, y después comenzó a fanfarronear por la Ínsula, no atreviéndose ningún juez a armarle juicio sobre los dineros estraviados, a causa de la política sucia?

-A causa de la democracia, Sir -dijo el Capellán-. No permito…

-Que me lo traigan a ese jefe.

-No se sabe dónde está, Sir: anda girando en una gira política por toda la Ínsula.

-Que lo busquen. Y por lo pronto me traigan todos sus papeles, los discursos, y el libro que escribió en su juventud, Petróleo y delincuencia.

-Poco sacará Su Magnificencia de los elegantes escritos de mi -que fue- distinguido amigo. Al fin él depende de la Logia Secreta.

-Que me traigan la Logia Secreta.

-Imposible. Está en el extranjero…

Sancho gruñó:

-Santo Cristo de Limpias, no sé qué hacer. Estoy perdiendo la ocurrencia y la exuberancia. Me estoy poniendo viejo…

-¡Eso! -dijo Teresa Sancha.

-Y parece existe a mi costado una diferente jefaturía o… ¿cómo es? jerarquería de mandamases que manda más que yo. Usted, jefe de Informaciones Confidenciales, dígame si esa Logia Secreta se ocupa del bien de mi plebe o qué es lo que hace.

Pero el Bachiller había desaparecido sigilosamente.

-¡Contesten! -gritó Sancho-. Y usted, Granadero, ¿qué está haciendo?

El Capellán rió y dijo:

-Si pudiéramos contestar a eso, no sería secreta.

-¿Y de quién depende, si es que depende?

-No sabemos, Sir.

-Que lo averigüe, pues, mi Policía…

Rió otra vez el Capellán y dijo:

-¿Y sabe usted, Sir, si los jefes de su Policía no pertenecen también a la Logia Secreta y lo van a atosiga  con informes de que la Logia se ocupa de ayudar huérfanos y viudas y otras actividades fila-fila… fila…

-Filantróficas -concluyó Sancho-. Esas actividades condenadas para las cuales mandó la engrupida de mi ánima mil escudos de oro, de los cuales la tercera parte llegó a los pobres.

-Te estás poniendo viejo desde que empezaste a aprender inglés y palabras difíciles.

-Teresa, te debo encomendar una misión conferencial -dijo Sancho, y le habló unas palabras al oído.

-Eso es sabido de todo el mundo -dijo ella con desprecio-. Hay una conspiración para soplarte a vos del trono y agarrarme a mí para renenes, que le dicen. Y yo he tenido ya bastantes nenes, es un abuso.

-Como si yo no lo supiera -dijo Sancho, que no lo sabía-. Pero nadie me va a fletar del trono, porque me puso mi querida plebe con una patriada, seguida de un plebescitio.

El Capellán rió otra vez sardónico; o como se diga.

-¡Pataratas! -exclamó la Teresa-. Se van a aliar con dos o tres ínsulas extranjeras fuertes y te van a sacar pitando; y a mí…

-Y yo no me dejo. Tengo mis militares…

-¡Ay, Sancho amigo! El Jefe Mayor de tus militares se va a pasar al enemigo, porque es mujeriego, avariento y bruto; y los demás militares…

-¿Querés decirme que en mi Ínsula hay traidores? -dijo Sancho-. ¡Ustedes aquí quietitos! -gritó al ver que Pedro Recio y los demás se iban saliendo sigilosamente-. ¡A escuchar a la Gobernora!

-Oy, oy, oy -dijo ésta-. Sancho, Sancho, Sancho, carecés de intruición femenina. Está plagado aquí de traidores. Siempre ha sido así. Esta Ínsula desque empezó ha estado llena de trapisondas y traiciones…

-¡No más que otras ínsulas de allende -dijo Sancho con altivez-, como lo ha de mostrar la Historia!

-La historia sirve para tapar todo eso -vociferó ella-. Todos ésos que te han contado en la escuela fueron héroes, santos y mártires que hicieron grandes bienes al país, todo eso es patarata.

El Capellán medio se alzó y dijo:

-Si encomienzan a hablar contra los próceres, me voy.

-Y yo voy a armar a mi sagrada plebe -dijo Sancho-, y veremos. Mi plebe tiene coraje.

-Lo tuvo -dijo Pedro Recio-. Nous avons changé tout cela.

-No ahora -dijo al mismo tiempo la Teresa-. En otro tiempo en la Ínsula hubo coraje hasta de sobra. Ahora no. Tu plebe anda azarada y los pocos que quedan corajudos andan escondidos de puro coraje…

-Nadie me impedirá pelear corajudamente al frente desos pocos, como mi señor don Quijote -desafió Sancho.

-Y morir de balde -dijo ella.

-De balde no. El primer deber del soldado es morir por la patria…

-El segundo deber del soldado es morir por la patria. El primer deber del soldado es hacer que el enemigo muera por la suya… -interrumpió Pedro Recio.

-Eso dije -interrumpió a su vez Sancho-. Que si tengo que morir, y usted también Canciller, y quizás pronto, me van a mostrar el camino muchos enemigos. De balde no.

-Yo no quiero que mueras de balde ni de ninguna manera -dijo la Teresa llorosa-. Ya t’hi dicho lo que hay que hacer. Renuncias, nos vamos a la Patagonia y comenzamos a vivir como Dios manda con una manga de escudos que podemos sacar de Tesorería; que desde que comenzaste con este echar-los-bofes del Gobierno nunca te veo; y a la noche estás más rendido que el ganso de Cantimplanos. Yo he mandao ya a todos los chicos a la Patagonia. Con esa panza y unas boliadoras, lo mismo vas a pelear vos que el ganso de Cantimplanos, que le salió al encuentro al lobo…

-Ya que de refranes andamos -dijo el Gobernador con entereza-, también el reinar no quiere par, y debajo de mi capa al Rey mato, y al que nada tiene el Rey lo hace exento, y nunca hubo un Rey traidor ni un Papa descomulgado…

-Cuando te volteen, te van a tachar de traidor y descomulgado las historias de todas las ínsulas que te han   volteado, y de los ínsulos de aquí que te van a suceder en el gobierno.

-Eso no es democracia -dijo Sancho con imperio.

-No será. Pero yo me embromo lo mismo.

-Sí lo es -interrumpió de nuevo Pedro Recio-; porque los vencedores harán otro plebiscito y se arreglarán para sacar la mayoría… Democracia de la mejor.

-«Nos» arreglaremos -rugió Sancho.

-Eso mismo. Hay que arreglarse en esta vida.

-En la otra te van a arreglar a vos. Y en ésta también, si Dios me da vida, por vida de San Brandán de Tajayunque.

Gimió Sancha y se sentó; y bajando el grueso mate, se enjugó unas lágrimas en silencio; por lo cual todos los Cortesanos gimieron, se sentaron y se sonaron las narices; pues las únicas lágrimas verdaderas eran las de Teresa Sancha.

Se alzó Sancho de nuevo todo cariacontecido y agarró el garrote; porque a nadie le gusta cuando su mujer le lloriquea en público.

-He perdido la ocurrencia y la contingencia -dijo-, pero no la beligerancia. No sé qué hacer; pero vender su vida cara o barata cualquiera sabe. Digamén ahora izo fasto quienes son esos corajudos que quedan. ¡Toque a rebato! ¡Movilización General!

Pedro Recio y compañía se quedaron como estatuas, menos el Bachiller, que salió corriendo para la puerta, y fue detenido por el Granadero con el grito de «¡Alto, perduelis de porquería!».

-No quieren hablar, bueno -dijo suavemente el Monárquico Manchego; y se volvió al jubilado que estaba devorando un tercer pan con un litro de agua-. ¿Sabés vos porsiacaso y a causa de tus años quiénes son los corajudos de mi Ínsula?

-Los católicos -dijo el otro atragantándose.

-Todos son católicos en mi Ínsula.

-No -dijo el viejo, y escupió.

-¿Y sabés vos quiénes son los católicos?

-Por supuesto: los veros y los mistongos. He estado pidiendo limosna siete años. Andan separados y no se entienden ni se conocen ninquesea, y cuando uno dellos  saca demasiao la cabeza, lo baldan. La religión más santa y emasculada, dijo el apóstol San Cayetano, es andar con las manos limpias y ayudar en sus cuitas a las viudas y los jubilados.

-Así es -dijo Sancho-. ¿Y serías vos capaz de recogérmelos?

-Así no -dijo el viejito-. Con hambre, no.

-¡Se proveerá! -gritó Sancho-. Este Real Resorte impone una multa por no hablar a tiempo al Canciller y sus tres apláteres en partes alícuotas proporcionales con cuyo importe podrás sustentarte dos años…

Los cuatro funcionarios y todos los Cortesanos produjeron un zumbido o bramido sordo, que hacen los muchachos en los colegios de curas y se llama pampero, que las paredes se bamboleaban. No se amilanó Sancho I el Bravo.

-Y por espacio de un año serán internados en el Palacio donde mora el Loco de Marelplata, suspendidos de sus oficios hasta que se resuelvan en soltar las lenguas y escrebir una declaración jurada de todo cuanto supieren acerca la Jerarquería logista y secreta que pretende desde afuera gobernar mi Ínsula a socapa mía, o si no, voltearme.

Cesó el pampero y los condenados comenzaron a hacer pucheros con la boca y cachetes, que no se podían valer de risa, sin saberse por qué; o como después se supo, porque sabían seguro que no había de durar en el trono un año.

-Después de lo cual serán pasados a cuchillo -concluyó Sancho- por mí y este buen carcamal que me va a convocar aquí a todos los católicos de mi Ínsula.

-Nones -dijo el jubilado-. No me alcanza con los dos años de la multa, porque según la curandera tengo todavía seguros tres años de vida, sin contar los inseguros.

-¿Y cuántos tenés?

-Tengo 97 cumplidos.

-¿Y para qué querés vivir más?

-Y… para ver en qué acaba todo.

-Mal acabará para mí -dijo Sancho-, pero también en tal caso para todos los traidores. Te daré además siete escudos cabeza por caduno de los católicos que venga.

-Poco es -dijo el otro, que con el comer se le aumentaba la angurria-. No vaya a crer son muchos.

-Y dentro de cinco años se te firmará la jubilación.

-Entonces sí. ¡Vamos! -dijo, y dándole el brazo Teresa Panza para que se sostuviera, se perdieron los dos en la niebla.

-Ésta no para hasta la Patagonia -musitó tristemente Sancho-. Hasta mi mujer se me ha puesto en contra. ¡Alto, bastonero, no toqués el gongo! Falta el Decreto. Y que ninguno salga de aquí, Granadero.

Entró Sancho en su chiribitil, y después de hacer mucho ruido de cadenas, que se espantaron las dactilógrafas y hasta el Capellán, salió muy repolludo con la armadura del señor don Quijote, que le sobraba de arriba y abajo y le escaseaba del medio; la cual no se sacó, como es sabido, ni para dormir, hasta después de la batalla y derrota de los Caseríos. Y habló así:

-Escribano, pare oreja y pluma y anote mi último

Decreto

Considerando que mi Ínsula está podrida de salvajes ilustrados y logistas, indiferentes a mi buen gobierno y mi plebe querida, corrompida en libertinaje de libertad de prensa, divididos y dispartidos los hombres decentes, amenazantes y prepotentes dos o tres ínsulas y penínsulas extranjeras, envalentonados los negociados, prevaricaciones, coimas, falacias, negociantes, mercaderes, mercachifles, usureros y otros animales deste compás; y sin embargo, un hombre bien nacido no se deja sacar de las orejas.

Ordeno, decreto y destatuyo:

1. Todo el que traicione a este Real Resorte será decapitado y sacado el corazón vivo por el siniestro costado.

2. Todo quien no quiera pelear será destinado al acarreo de municiones, munimentos y forrajes.

3. Todos los militares mujeriegos, avarientos y brutos serán dados de baja y destinados a la Dirección General de Estadísticas y Afines.

4. Todo el que no quiera morir por la patria será paseado siete días montado al revés en un burro con un cartel en ambos hemisferios que diga lo suyo; y después se hará que muera por alguna otra cosa.

5. Todo el que quiera ser jubilado, tiene que trabajar primero.

6. Se reduce en un 35 por ciento el número de jubilados capigorrones de la Ínsula.

7. Las jubilaciones las firmo YO; y declaro que yo y mi amigo el calcamar no nos jubilaremos hasta de aquí cinco años.

8. En todas las Ciudades y Villas Mayores de mi Ínsula se hará un Tedeum con asistencia de las autoridades civiles, militares y eclesiásticas para impretar de Dios el éxito de esta guerra.

Después de lo cual quiso el ínclito Gobernador dar la señal de los festejos, sospechando empero que no era ya tiempo de festejos; pero no pudo darla, porque todos los Cortesanos, secretarios y dactilógrafas estaban en la frontera haciendo un tratado secreto con una ínsula vecina para voltear del trono a Sancho y poner al Militar bruto y mujeriego; por lo cual Sancho mandó llamar al General Pacheco, pero resultó que el General Pacheco no tenía ganas de venir ni de pelear.

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