Su Majestad Dulcinea. Historia de este libro

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En 1946 me encontré con don Eduardo Aunós, embajador de  España, en una doma de potros en San Antonio de Areco; el cual me dijo:

—He leído su Nuevo Gobierno de Sancho… Bien, hombre, bien. ¿Que ha pretendido usted demostrar con ese libro?

-—Pues nada —le dije— simplemente me topé con cosas risibles en mi tierra, me parecieron grotescas , y, acordándome de Cervantes, y de un humorista italiano llamado Mosca…

—Usted quiso expresar que el Sentido Común se pone a salvar a la Argentina, pero fracasa. Eso…!!

—Bien; si usted, señor embajador, lo dice…

—Eso, hombre. Pero ahora tiene que escribir la segunda parte, El Reinado de Dulcinea, que salve a la Argentina, hombre. Sancho es el sentido común; Dulcinea es la Hermosura, el Amor, la Fe, la Iglesia… en fin, hombre, el ideal caballeresco.

—El quijotismo —le dije yo.

—Eso —asintió el embajador. Poco después, en unas vacaciones de quince días en Mar del Plata (¡vacaciones!) escribí la primera parte y un capítulo de la segunda. Después abandone el libro, porque me pareció folletinesco, pueril e indigno de un religioso— y porque se me acabaron las vacaciones—. En noviembre de 1955, en la estancia Cume-Có de estación Pirovano, escribí en poco más de quince días la segunda y tercera parte, con tanta facilidad y velocidad como si alguien me las dictara, y con tremendo esfuerzo por otra parte, pues cada noche al acostarme el libro me parecía un despavoriento bodrio; pero resulta que decían que iba a salir otra vez Cabildo, y que necesitaban que yo escribiera, y que podía salir allí como folletín. Yo necesito comer, y algo tengo que hacer; aunque !mucho voy a engordar si no como más que las promesas del director de Cabildo !

Escrito el libro, me di cuenta que tampoco Dulcinea salva a la Argentina, aunque se salva a si misma y a Edmundo Florio; a  n o  s e r que Edmundo Florio represente de algún modo a la Argentina; porque hay que saber (lo que quizá el embajador no sabía) que el que escribe un libro de estos, no escribe lo que quiere, sino lo que le sale de la cabeza; la cual a veces parece como conectada con una voluntad  ,  imperiosa, que no es la propia.

De manera que no tengo más remedio que escribir un tercer libro, titulado La Resurrección de Don Quijote. “Omne trium perfectum[1]“, decían los antiguos.

[1]  Castellani completo la trilogia con Juan XX111 (XXIV), publicado en 1964.

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