LA CONCLUSIÓN

Dios ha sacado bien para mi de todos estos males, que ojo, no negaré han sido males, y maldades procedentes quizás mas de ignorancia y estupidez mental que de maldad. O no. Vaya a saber.

 No he resistido hasta la sangre como dice San Pablo a los Hebreos (XII, 4) “Non- dum enim usque ad sanguinem restitistis“. Mis angustias pasaron como un sueño. Hay que sufrir “Pour l’eglise et par l’eglise”, me dijo Gonzalo de Reynold, gran escritor suizo. Hay que sufrir para la Iglesia y por mano de la Iglesia.

 El año 1947 estando en Roma ya bajo la tormenta le dije al famoso Vicente Alon- so, que estaba gozando de los favores de las cumbres y potestades, incluso de Pío XII y el General Jesuíta, le dije tristemente:

 —La Iglesia anda mal.

 ——  Cállate —me respondió— no seas simple, la Iglesia siempre ha andado mal. Ahora resulta que lo que dije entonces, lo dijo ahora el Papa Paulo VI: que “un poco del humito del infierno ha entrado en la Iglesia de Roma”  El humito del infierno es el fariseísmo. Sigue leyendo

Anuncios

HABRÁ UN JUICIO FINAL

 

LA RESURRECCIÓN

 Yo preparé tres veces esta clase y volví a la primera versión, aunque es un poco odiosa porque habla mucho de mí; Los franceses dicen: “El yo es odioso”.

La clase versa sobre el Reino de los Mil Años; es la cuestión más difícil que hay en el Apokalypsis (Cap. XX). Dicho capítulo dice que hay dos resurrecciones; dice “Esta es la Resurrección primera” y eso no lo quiere admitir hoy día, muchísima gente. Resurrección única y simultánea, dicen. Eso es lo que ellas quisieran, pero la Escritura no dice eso.

 Si empezase a explicar las cualidades de los cuerpos resucitados eso no tiene dificultad alguna y ya lo he dicho una vez; son las cuatro cualidades que vieron los cuatro Evangelistas en el cuerpo de Cristo resucitado o sea: Inmunidad o Inmortalidad que es no poder sufrir; Agilidad que es poder trasladarse de un lugar a otro instantáneamente, como vieron en Cristo desde Emaús al Cenáculo; Sutileza que es poder pasar a través de cuerpos sólidos, también lo vieron entrar en el Cenáculo sin abrir la puerta y Claridad o Belleza que eso no está en las descripciones de las apariciones de. Cristo, pero está en la Transfiguración que fue como una especie de anticipo o señal de la Resurrección. Y ahí sí notaron los Evangelistas la Belleza y San Pedro estaba tan entusiasmado que no quería irse. Es decir, el Evangelista dice que San Pedro desvariaba de entusiasmo.

 Pero la cuestión más vallatana e inexcusable acerca de la Resurrección es el Reino de los Mil Años, que ocupa el Cap.XX del Apokalypsis.

 Es una de las luchas actuales de la Iglesia, aunque no es muy conocida, pero los que luchan sí la conocen. Y la cuestión en el fondo consiste en decir: hay una resurrección o hay dos Resurrecciones separadas por un largo período de tiempo. Esas son las dos opiniones.

Hay 3 milenismos (como hay que decir, porque milenarismo es incorrecto gramati- calmente). Uno es el milenismo espiritual, que consiste simplemente en interpretar literal- mente lo que dice San Juan en el Apocalipsis —Nada más—.Tomar eso como cosa que va a pasar, por difícil o rara que parezca. Así entendieron ese capitulo casi todos los padres de los cuatro primeros siglos, desde el primer siglo en que todavía vivían los Apóstoles. Sigue leyendo

HABRÁ UNA PARUSíA

La Parusía es un tema sobre el cual yo hice un libro entero que se llama El Apokalypsis. La Parusía está contenida en El Apokalypsis.

 Cuando empecé a traducir me di cuenta era demasiado largo y dejé.

 La Parusía y sus señales hemos tocado en la clase anterior. Parusía es como sabemos la Segunda Venida, que no es como la primera, ni es la Bajada ni es Encarnación, sino compleción y culminación de la Primera Venida de Cristo.

Por eso la exégeta francés Frank Dukesne, se enoja mucho de que llamen la Segunda Venida de Cristo, dice: No hay segunda Venida, vino una vez, está presente, no se manifiesta pero se va a manifestar. Parusía significa manifestación, significa (estar al lado) y la aplicaban los griegos a un Rey que inesperadamente visitaba una ciudad grande.

 La Parusía en su especie de Juicio Final está aludida y realudida en el Antiguo Testamento, con el nombre de “El día del Señor”, “magno y terrible”, añade Isaías. Pero fue después proclamada, por así decirlo, por el mismo protagonista, el Salvador y Juez; y esa proclamación tenemos en el Cap. 24 de San Mateo; y lo mismo abreviado en San Marcos y San Lucas.

 Pero el enfoque desa proclama está en la salvación de los Apóstoles (y sus seguidores, es decir los judíos conversos). Jesucristo en el Sermón Esjatológico no se ocupa de El mismo ni un solo momento, se ocupa de los Apóstoles, de los peligros que van a correr, los previene sobre ellos: los falsos profetas, las guerras y rumores de guerra, los cataclismos que pasaron antes del año 70 y solamente al final del recitado Jesucristo se presenta. Y así vemos que la larga profecía doble comienza:

 “Mirad que nadie os engañe… y la predicación de muchos falsos cristos, que seducirán a muchos. . .”.

 —y después “guerras” y grandes calamidades (guerras y rumores de guerras, pero todavía no es el fin, dice Jesucristo).

 —más, una grandísima persecución religiosa (sucedió). Los Apóstoles tuvieron que salir todos de Jerusalén.

 —más, aflojamiento de los vínculos de parentesco y convivencia; dice Jesucristo “á causa de que sobreabundará la injusticia, se perderá la convivencia, la amistad que hace que los hombres puedan vivir juntos, que en griego se llama ágape. Ágape es la caridad y todos los grados de la caridad empezando por el grado más inferior que es poder vivir juntos sin pelearse. Entonces se perderá la convivencia, se pelearán dentro de las naciones porque abundará la injusticia. Aquí en la Argentina casi no se puede vivir de tantos ladronzuelos que nos rodean, empezando por el gobierno y acabando por los comerciantes que no hacen más que aumentar los precios, a veces arbitrariamente.

 —más, otra vez los pseudo profetas y la caída de muchos (“seducent multos”) que quizá ya sea la segunda profecía, porque al principio dice “falsos cristos”. Y realmente apareció una cantidad de falsos mesías, antes de la destrucción de Jerusalén. Y en tiempos del Anticristo aparecerán “falsos profetas” y el falso Cristo que aparecerá será el Anticristo — más el Evangelio en todo el orbe predicado y entonces vendrá el final.

 Entonces pasa Cristo al punto determinado de la huida: el cerco de Jerusalén y la abominación desoladora; y la matanza y la dispersión. Sigue leyendo

HABRÁ UN FIN DEL SIGLO

Vamos a ver la revelación divina del fin del mundo; o mejor dicho, del fin del siglo; porque el mundo no finirá nunca, pues Dios no destruye nada de lo que ha creado, como dijo por Sap. XI, 25. No aniquilará nada de lo que existe, aunque podría. Esta tierra en que estamos será renovada, y por cierto, por el fuego, al fin del “ciclo adámico”, o sea la época de Adán. El universo será renovado, “nuevos cielos y nueva tierra” dice el Apokalypsis y también el profeta Isaías, no por el agua sino por el fuego dijo Cristo. El agua acabó con el orbe habitado o una parte de él en el diluvio, pero el próximo diluvio no será el agua. Pero no hay que alarmarse, porque ese fuego no atormentará a los elegidos.

Los físicos no saben, ni cómo empezó la humanidad, ni cómo acabará; eso lo sabe el Génesis y el Apokalypsis; sino es alguno de los seudo físicos (o sea macaneadores) como Renán, que dice que el Universo perecerá de frío o Darwin que dice que la vida empezó por evolución, lo cual creemos que es falso.

Tengo cinco o seis libros famosos de físicos famosos, Eddington, Einstein, Serring- ton, Laplace, Eddington otra vez, Whitehend y Galileo y ninguno se mete ni por sueños con el principio y fin del género humano. Más aún, Sherington en “El hombre y su naturaleza” (edit. Alhambra, Madrid 1947) escribe: “Así, la Ciencia Natural trata de evadirse de todo lo que es humano… Observando lo perceptible, el científico intenta sustraerse de las “Causas”, de las Fuerzas, de los Tiempos Absolutos, de los Comienzos en el Caos, de la Terminación en la Nada, de la Realidad Ultima, de la Vida, de la Muerte, de la Deidad Personal… para no hablar de lo Malo, de lo Justo, de la Esperanza, de los Temores, etc. La ciencia no es buena ni mala; es falsa o verdadera”.

 Es decir, los físicos dicen que no tienen que ver nada con la moral que trata del hombre propiamente, de su conducta, de su fin. Hay uno de estos libros que es un monumento —o digamos sobriamente un “clásico”— que compré por recomendación del poeta Paul Claudel, y es “Man’s Place in the Universe” de Alfred Russell Wallace (Chapman and Hall, 1903, Ld.). Es una larguísima y definitiva investigación sobre los mundos habitados —o mejor dicho, el mundo habitado, pues del estudio surge con evidencia que ningún otro planeta solar, y mucho menos ningún otro planeta que podría haber en las estrellas, son aptos para cobijar la vida, al menos de los vivientes superiores.

 Hizo una investigación astronómica muy profunda usando todo lo que se sabía entonces en astronomía y llegó a la conclusión de que no puede haber hombres en la Luna o en Venus, ni en Marte, ni hombres o animales superiores, como vacas o caballos, ni cualquier otro animal que suplante al hombre o parecido al hombre, racional o por lo menos viviente.

¿Por qué? Porque o no hay atmósfera o no hay otras condiciones necesarias para la vida. El libro es sencillo y sumamente científico.

Lo que lo entusiasmaba a Claudel es que constituye una demostración de la exis- tencia de Dios —indirecta— por el Orden, porque investigando los planetas uno encuentra un orden admirable de la Creación inanimada, hay una especie de artificio o de mecanismo increíblemente sabio de todo lo que da vueltas en el espacio. A mí me gusta porque confirma la revelación de que la Humanidad comenzó y la Humanidad debe terminar.

Comenzó porque en un tiempo la tierra no era apta para la vida del hombre, lo mismo que ahora los otros planetas, y con el tiempo se puso apta. Eddington dice taxativa- mente, en ”The nature of physical World”, que eso pertenece a la religión —a la religión “mistica’ dice, o sea revelada. Hay otros dos físicos que sí especulan sobre el fin del mundo: Kirwan, ”Comment peut fini Univers“, donde expone la conjetura de Renán que acabará por frío “dentro de 20 ó 30 millones de años a lo más”, pero prefiere la versión de San Pedro que acabará por fuego y dentro de poco, por el choque “con un cometa inmenso, como el de 1811” (¿y por qué no por una bomba atómica, digo yo?).

Otro físico más católico que este, Kaye (inglés), toma simplemente la noción de San Pedro y se atiene a ella: “Mas los cielos que ahora son, y la tierra, por la misma palabra creados, están reservados al fuego del día del juicio y la perdición de los impíos. . . Pues llegará el día del Señor como ladrón, en el cuál los cielos pasarán con ímpetu magno, los elementos se fundirán con el calor, la tierra misma y todas las obras que en ella están serán consumidas…” y después dice: “En el llegar del día del Señor por el cual los cielos ardiendo se disolverán y los elementos se desharán por el ardor del fuego… “(II Petr. ni,7, 10, 11) El día del Señor es el día del Juicio en toda la literatura de la Sagrada Escritura, en el Antiguo y Nuevo Testamento .

Pero el anuncio más reverendo del fin del tiempo, que es el llamado Discurso o Recitado Escatológico de Nuestro Señor, nos ocupará esta clase.

Los profetas del Antiguo Testamento habían predicho reiteradamente el fin de los tiempos, con el nombre de “el día del Señor magno y terrible”, o como repite San Pablo: “día de la revelación del Justo Juicio de Dios”.

Desde el primer libro, el Génesis, donde Jacob llama a sus hijos (Cap. 47,1) di- ciendo “Venid, juntaos aquí, que os anunciaré lo que va a pasar cuando se acaben los días” hasta el último libro, donde el Apokaleta termina:

Y el Espíritu y la Novia dicen: ¡Ven! Y el que escucha que responda ¡Ven!

Y  el sediento acuda a recibir Agua de Vida gratis

Dice el que testifica esto ¡Cierto, vengo pronto! —Ya, Señor

Ven Señor Jesús!

Toda la Escritura hormiguea de alusiones al “Día del Señor”, sobre todo el profeta Isaías; las cuales culminan en la solemne proclama del Fin del siglo por Nuestro Señor Jesucristo, el cap. 24 de San Mateo, llamado el “Discurso escatológico” o con más exactitud “El Recitado esjatológico”, con jota.

Es el centro de la profecía en la Escritura. Esta profecía que hizo Cristo, es el centro de toda la profecía en el Antiguo y Nuevo Testamento. Es difícil y desconcertante. Parecería que trata una parte del fin de Un Mundo, o sea Jerusalén; o de las dos partes a la vez. Y esto último es la verdad, pero hay que entenderlo. La solución del enigma del cap. 24 de San Mateo es que trata de las dos cosas a la vez, conforme a ese lenguaje profético, que siempre trata de dos cosas a la vez, que llaman el “Tipo” y el “Antitipo”.

 Un exégeta extravagante imaginó que Cristo trató de los dos sucesos por medio de estrofas en ese recitado diciendo por ejemplo: estos 7 versículos tratan del fin de Jerusalén, estos 12 versículos que siguen tratan del Fin del Mundo y así el resto, como si Cristo hubie- se hecho una poesía en estrofas. Trata de las dos cosas, pero de las dos cosas a la vez, no dividido en estrofas. Porque la ruina de Jerusalén fue el tipo del fin del Mundo.

Todos los profetas han descrito un suceso próximo, que era como el símbolo o la figura de otro suceso remoto, que era muy difícil de entender; no lo hubiesen entendido ni creído. De manera que hacían primero la profecía de un suceso próximo, que iba a suceder dentro de 30 ó 40 años y eso iba a ser el símbolo de un suceso que iba a suceder por ejemplo dentro de 20 siglos, como va a pasar con el fin del mundo.

Otro exégeta, Maldonado, muy famoso, después de cansarse reseñando la cantidad de opiniones de los antiguos Exégetas, termina diciendo que él por su parte opina que Cristo dio una respuesta confusa a los que le hicieron una pregunta confusa; solución que adjudica a San Agustín, lo cual dudo mucho; no es digna de San Agustín y mucho menos de Jesucristo. Jesús era el Maestro y no debía responder adrede confuso; y además la pregunta de los Apóstoles no fue confusa sino errónea, que no es lo mismo.

Porque le preguntaron; “¿Cuándo será esto que has dicho?” Es decir, que del tem- plo de Jerusalén no quedará piedra sobre piedra. “¿Y la señal de tu venida?” Creían que la destrucción del templo ocurriría al fin del Mundo. De manera que preguntaron dos cosas diferentes a la vez y Jesucristo les contestó las dos cosas a la vez, haciendo a una figura de la otra. El templo de Jerusalén estaba edificándose en tiempos de Jesucristo, lo había empezado Herodes, y siguió edificándose 40 años más. O sea, casi hasta que destruyeron a Jerusalén.

El año 63 se acabó de edificar y el año 70 un soldado romano le prendió fuego y se acabó para siempre, tanto que el General Tito, cuando vio el desastre que había ocurrido en Jerusalén, después de las matanzas que habían hecho los soldados romanos y las matanzas de los judíos peleándose entre sí, quedó tan horrorizado que dijo: “Yo no he hecho esto, esto lo ha hecho algún dios que está enojado con los judíos”.

Jesús les debía haber respondido en todo caso como en otra ocasión: “Erráis, no conociendo la Escritura y el Poder de Dios”.

Uno de los Apóstoles, o bien los cuatro Apóstoles principales (Pedro, Andrés, San- tiago y Juan) cuando diciéndoles Cristo que “dése templo herodiano que veían construyén- dose no quedará piedra sobre piedra” le habían preguntado “¿qué señales habrá de eso, de la ruina del Templo y del fin del Mundo?” les contestó a las dos cosas juntas, haciendo a la más próxima, que estaba a cerca de 40 años símbolo y figura de la remota, que estaba en la lejanía desconocida; desconocida incluso por el mismo Hijo del hombre, como dijo El mis- teriosamente. Como Dios lo sabía ciertamente, ahora como Hijo del hombre, el nombre que El se ponía como Mesías, no lo sabía, porque no tenía que revelar eso como Mesías ni podía entonces revelarlo, porque el fin del Mundo depende de dos libres albedríos que son: el libre albedrío de Dios y el libre albedrío del hombre. Sigue leyendo

HAY PURGATORIO


 Ya que estamos en la Ultratumba, seguiré con el Purgatorio, antes de entrar al tema de la Santísima Trinidad.

 El Purgatorio es una cárcel que se diferencia del infierno en que es transitorio, pero no en la pena, que es la misma según San Juan de la Cruz; dice que el mismo fuego es el del Infierno, pero eso no es más que una opinión, otros no lo creen así, por ejemplo Franck Dukesnes, un muy docto y gran exegeta de raza judía, que vivió mucho tiempo en Bélgica y creo que vive aún hoy en Francia. Luego aprendió todas las lenguas muertas y cuatro o cinco lenguas vivas, de manera que es muy erudito en lingüística. El dice que en el Purgatorio es el arrepentimiento lo que hace sufrir a las ánimas y en el Infierno el remordimiento, San Juan nos dice que es lo mismo que La Noche Oscura del Espíritu, que es el preámbulo de la oración extraordinaria de los Grandes Místicos. Hay una descripción pavorosa de las dos noches oscuras que pasó: La Noche Oscura del Sentido y la Noche Oscura del Espíritu. Escribió un libro entero sobre ello.

 También aquí la Iglesia habla del fuego, pero aquí es purificador de los que son ya santos; de modo que rogamos por ellos y les pedimos rueguen por nosotros. De modo que pueden saber lo que pasa en este mundo por comunicación de Dios, pues de suyo las almas separadas no pueden saber lo que nos pasa si no es por comunicación divina, porque no tienen memoria ni imaginación, ya que son facultades corporales, pero sin duda ninguna Dios les comunica lo que les interesa acerca de sus parientes y de sus amigos y especialmente a los Santos, que son a quienes mas nos encomendamos, de manera que tienen que saber que nosotros les rogamos. Hoy parecería que Dios no comunica a los Santos lo que nos pasa en la Argentina; si no es que lo saben pero no quieren remediarlo hasta el Remediador Supremo, que no estaría lejos.

Aquí pisamos tierra firme, porque estamos en lo temporal, sin el temblor que nos produce la eternidad del infierno, que golpea nuestro entendimiento, que de ningún modo puede abarcarla. El Purgatorio vuelve humana la Revelación Divina y nos pone al alcance nuestros muertos; yo se que allí están, con gran probabilidad, mis abuelos, mis padres, mis hermanos Cachín y Muñeca y mi gran amigo el Padre Julián Saenz; y que puedo comunicarme con ellos: ayudarlos y ser ayudado.

Es artículo de fe, definida por el Concilio de Trento y continúa en la Tradición. El canon 777 condena la proposición de Lutero de que “No existe el Purgatorio porque no está en la Escritura”. Sigue leyendo

HAY INFIERNO

“Abandonad toda esperanza, quien entre aquí”

Este es el Cuarto Misterio, acaso el más difícil de todos, que dice Leonardo Lesio, acaso a causa de nuestra sentimentalidad que nos hace repugnante él concepto y en realidad muchas veces no podemos entenderlo, esa es la verdad.

Con decir que nuestro último fin es Dios y que con nuestro libre albedrío podemos perderlo, está dicho que hay infierno; ese es precisamente el Infierno, perder el hombre su Ultimo Fin que como vimos en la clase anterior, no tiene otro Ultimo Fin. De manera que todos los últimos fines que nos ponemos en nuestra vida —salvo el verdadero— al morir se disipan todos, se hacen nada. Si no amamos a Dios en el tiempo que nos ha sido dado no hemos cumplido con nuestro Ultimo Fin, y cuando morimos, se acabó. Pese a lo que  muchí- simos saduceos que niegan que lo haya, incluso algunos cristianos que a semejanza de los que dicen “Yo creo en Dios pero no en los curas”, dicen éstos “Yo creo en Dios pero no creo en el Infierno”, que es una forma de no creer en Dios. E incluso se dejan decir con nuestro Borges “El que crea en el Infierno, no tiene religión” —cuando la verdad es exactamente lo contrario, empezando por él.

La causa de que muchos más de los que niegan el cielo sean los que dicen “eso del Infierno yo no lo trago”, es el sentimentalismo. Algo típico es el caso del poeta Charles Pe- guy que no quería confesar ni comulgar porque decía no creer en el infierno (esto después de convertirse, porque antes había sido socialista) porque eso no se compadecía con la bondad de Dios, aunque la Iglesia enseña que eso se compadece con la Justicia, la Bondad y la Santidad de Dios Sigue leyendo

EL ESPÍRITU SANTO SANTIFICA

LA GRACIA

 Se atribuye al Espíritu Santo la Santificación y eso el mismo Cristo lo dijo. Los teólogos tienen como axioma esto: ”Todo lo que Dios obra “ad extra” (al exterior de El mismo) lo obran las tres divinas personas conjuntamente, porque resulta que las operaciones son de la naturaleza, decía Aristóteles, y en Dios hay una sola naturaleza.

 De manera que las operaciones de Dios proceden de la naturaleza divina pero se atribuyen a algunas de las tres divinas personas a causa de razones históricas.

 Sin embargo existe la “apropiación” o “atribución” por la cual atribuimos a una Persona en especial una actividad: al Padre la Creación, al Hijo la Redención, al Espíritu Santo la Santificación. Cristo mismo nos dio el ejemplo; y el Ángel de la Anunciación dijo a Nuestra Señora: “El Espíritu Santo vendrá sobre tí…” y así la Iglesia atribuye al Espíritu Santo la justificación o perdón de los pecados, las obras meritorias y en general todo lo que pertenece a la gracia. La “gracia” es el principio de la santificación.

 La palabra “gracia” significa cuatro cosas por lo menos, o sea belleza, agrado, bien, don gratuito y don santificador producido en nosotros por la presencia en nosotros de las personas divinas; por ejemplo: “falaz es la gracia y vana la hermosura, la mujer que teme a Dios, ésa será alabada” (Libro de los Proverbios).

 San Lucas dice: “María, has encontrado gracia delante del Señor”, como rezamos todos los días. Don gratuito, dice San Pablo: “por él recibimos la “gracia y el apostolado” en este caso es un don gratuito porque significa la “gracia del apostolado”. Y por último la palabra “gracia” propiamente, tal como la usamos, significa el medio de la santificación, o sea una cualidad adherida al alma (de la categoría del hábito, o sea cualidad permanente).

 Han discurrido los teólogos que pertenecen a la categoría de Aristóteles que se llama el hábito, que tiene cuatro partes y una de ellas es la cualidad. La gracia es una cualidad del alma, no extrínseca sino intrínseca, procedente de la inhabitación de Dios en nosotros. De esta cualidad habla San Pablo veinte veces lo menos —el cual es el Apóstol, de la Gracia, así como San Agustín es el teórico de la Gracia—. Sigue leyendo