NOSOTROS CREEMOS

Nosotros creemos en el libre albedrío y no en un destino fatal, como el calvinista o el mahometano. El hombre puede elegir, parcialmente, al menos, su camino. Otra parte variable (según los casos) puede estar fijada por la raza, la herencia, el clima, el sol y la lluvia; en fin, los astros, como decían los antiguos. Pero si uno va a un desastre, toda la culpa no la tienen los astros o mala estrella. El desastre definitivo de la vida del hombre siempre depende de su voluntad. Santo Tomás admitía que los astros influyen en la vida humana; pero solamente inclinan, no determinan.‖

Pbro. Leonardo Castellani

EL PROBLEMA ARGENTINO

 246. El problema argentino es tan difícil de resolver como fácil de plantear. Inveterado viene de muchos años. La Argentina se independizó de España, de quien era provincia. Y se convirtió a poco andar, en factoría de otra nación muy maula. Esto tuvo muchos vericuetos; pero hablando breve, es eso.

247. La Argentina era rica en recursos. Los tiempos eran tranquilos. La Nación Metrópoli (Inglaterra) dejaba un décimo de lo que se llevaba, a la clase dirigente a su servicio (cipayos), que vivía opulenta y gobernaba después de haber eliminado a sangre y fuego a sus enemigos (fuego, literalmente a veces); a los soldados del Chacho que tomó prisioneros Sandes, en la batalla de las playas, los quemaron vivos. (Ver GREGORIO MADERO: La degollación del Chacho, Theoría, 1966.)

248. El país parecía marchar espléndido, e incluso tuvo sus borracheras de euforia progresista en 1880 y 1910.

249. De repente estallaron dos guerras mundiales. La testa de la dúplice revolución se irguió en el mundo; y el metropolasgo de la Argentina pasó a otra nación diferente de la misma raza (Estados Unidos). “Hic fletas, hic dolor”.[1]

 250. La nueva metrópoli no podía explotarnos con los métodos simples de la otra. Había habido dos tentativas de rotas cadenas frustradas. Mucha gente había abierto los ojos. Y en vez de comenzar aquí la prosperidad del país, misteriosamente cayó en insoluble crisis económica.

251. Los hermanos del Norte tenían sus propios enredos. De una democracia habían bajado a una plutocracia[2]; y empezaron a ser gobernados invisiblemente (no mucho) por el Poder del Gran Dinero; y grupos secretos como la Masonería, el Pentágono, el Sionismo. Estos poderes invisibles se encargaron del cipayaje y la explotación por medios sutiles. Para eso necesitaban mantenernos en estado colonial (subdesarrollados). Nos ―ayudaban al desarrollo‖ por medio de siniestros préstamos y bancos usurarios –con tipo Cant anglosajón; o sea, tartufismo.

252. Eso está condicionado al mantenimiento de la democracia, o sea, de gobiernos débiles, amedrentables y aun sobornables, si viene a mano. Poco importa que esa democracia se llame Radical del Pueblo, Radical Intransigente, Revolución Libertadora o Revolución No-Libertadora. Es el liberalismo ya podrido, galvanizado por toda clase de trucos raros: golpes de estado, fraudes electorales y dictaduras fallutas. Sigue leyendo

RECUPERACIÓN ECONÓMICA

221. El socialismo, el peludismo y el nacionalismo revelaron a la gente la verdad obvia de que estamos encadenados económicamente. Dígale eso a la gente y en seguida se alborota y quiere oír el ruido de rotas cadenas. Pero nadie les hace ver que esas cadenas se las pusieron como a Sansón, porque se dejó cortar la melena. Y quien se la cortó fue una prostituta.

222. La recuperación económica de la Argentina es imposible sin echar a la prostituta y dejar crecer la melena. Y eso pide luz, energía y tiempo.

223. La recuperación económica de una nación moderna, o sea la fractura del potente capitalismo internacional, o sea el derribo del Torito de Oro, es empresa superior a la fuerza de un hombre solo, de un escuadrón de hombres y de un ejército de hombres, si no tienen a Dios con ellos, o sea al Hijo de Dios, cuyo nombre es Verbo o Sabiduría.

224. La recuperación económica es imposible, a no ser como parte de una gran restauración. Una gran restauración presupone una gran espiritual renovación, mayor quizá que la que puede dejar la mecánica de un Congreso Eucarístico, prescindiendo naturalmente de la Eucaristía en sí misma, que ésa lo puede todo (si quiere). Sigue leyendo

GRANDES VERDADES

  

229. El primer malentendido internacional que hubo en la historia ocurrió, según cuentan, en la torre de Babel, a causa del falseo de las palabras, porque empezaron los constructores del primer rascacielo a llamar ladrillo a la cal, cal a la cuchara, y así por el estilo a todo lo demás.

 230. Siendo la palabra instrumento de convivencia, hay que respetarla, y al que no lo hace se le llama (gradualmente) inculto, insincero, falso, mentiroso, embaucador, felón y perjuro, nada menos.

231. Una nación enteramente soberana no debe admitir que le definan de afuera las palabras que usa. Porque independencia nacional supone alta cultura propia. Alta cultura propia supone propia filosofía y propia teología. Si a una nación empiezan por imponerle de afuera sus palabras, es decir, su filosofía y teología, acaban por imponerle el patrón oro, los dividendos y los precios del trigo y todo lo demás.

 232. ¿Por qué creen ustedes que gastan los yanquis dos millones de dólares en hacer una facultad de Teología protestante en Flores, y otras millonadas por convertir en pastores evangélicos nativos a cuitados muchachos argentinos? Pues, simplemente, por imponer su teología o desteología o lo que sea, ellos saben que los millones de un modo u otro volverán pian pianín a su fuente. Sigue leyendo

REVOLUCIÓN

236. La palabra revolución comenzó a usarse en el siglo XVIII con la Revolución francesa, empezada por el golpe de estado del Frontón, en que el Estado Llano, miembro legal de los Estados Generales de Francia, se insubordina y se atribuye ilegalmente la soberanía, o, al menos, la independencia de las otras instancias gubernativas.

237. Si empezamos a llamar revolución a la redención de Jesucristo, mientras la gente sigue llamando revolución —y tiene derecho— a la española de Azaña, a la rusa de Lenín y a la francesa de Robespierre; no ayudamos mucho a disipar el embrollo increíble que la mala educación ha producido en la cabeza argentina.

 238. Jesucristo no revolucionó nada, ni siquiera se enteraron en la casa de Gobierno, quiero decir, en el palacio de Tiberio de Capri, que había existido. Jesucristo regeneró la humanidad y “restauró todas las cosas en el cielo y en la tierra”, dice San Pablo, “in proprio sánguine”. No mezclemos a Jesucristo donde El no quiso mezclarse.

239. El abuso de llamar revolucionario a Jesucristo comenzó cuando un socialista le dijo a Donoso Cortés: ―Jesucristo fue el primer revolucionario del mundo, a lo que contestó el orador español: ―Es cierto, pero Jesucristo no derramó más sangre que la suya. Sigue leyendo

LA RESTAURACIÓN SERÁ RELIGIOSA O NO SERÁ

 

208. Para contrarrestar la corrupción de la Argentina política se necesita una cosa superior a la política; que, sin embargo, haya salido de ella y mantenga contacto. Esta es una ley biológica general, que preside desde los sueros antivariolosos y antiofídicos hasta la reforma de las Órdenes relajadas: un veneno es digerido por una sangre sana, la cual se vuelve espiritosa y limpia la otra sangre infestada.

209. Nadie por honrado que sea, puede con métodos estrictamente parlamentarios o con leyes —por más perfectas que sean—, enderezar un país de hombres depravados. El orden político se apoya en el orden religioso, y toda la sociedad real toma consistencia de una religión verdadera. Lejos de haber contrariedad esencial entre la mística y la sociedad. Toda sociedad ha sido organizada sobre una mística.

210. Algún día saldrá un argentino en esta tierra, capaz de decir: ―Aquí no manda la plata sino la Patria. Pero primero habrá que hacerle decir a la Patria (y eso es lo difícil): ―Aquí manda Dios.

211. ¡Oh Dios, que así nos hiciste… o nos hicieron! Nacidos en este siglo, hijos de la laica, el desorden liberal respirado desde la cuna, Dios alejado del ambiente étnico y confusas todas las imágenes, desnutridos mentales, herederos de profundas taras educacionales, no se ve quién nos pueda arrancar del légamo espiritual que nos succiona, aumentado a veces por lamentables claudicaciones personales, fuera de la aceptación del heroísmo civil doloroso, la furia de una gran pasión guerrera y varonil. Sigue leyendo