Su Majestad Dulcinea. Historia de este libro

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En 1946 me encontré con don Eduardo Aunós, embajador de  España, en una doma de potros en San Antonio de Areco; el cual me dijo:

—He leído su Nuevo Gobierno de Sancho… Bien, hombre, bien. ¿Que ha pretendido usted demostrar con ese libro?

-—Pues nada —le dije— simplemente me topé con cosas risibles en mi tierra, me parecieron grotescas , y, acordándome de Cervantes, y de un humorista italiano llamado Mosca…

—Usted quiso expresar que el Sentido Común se pone a salvar a la Argentina, pero fracasa. Eso…!!

—Bien; si usted, señor embajador, lo dice…

—Eso, hombre. Pero ahora tiene que escribir la segunda parte, El Reinado de Dulcinea, que salve a la Argentina, hombre. Sancho es el sentido común; Dulcinea es la Hermosura, el Amor, la Fe, la Iglesia… en fin, hombre, el ideal caballeresco.

—El quijotismo —le dije yo. Sigue leyendo

25. Decoro y caída

Decoro y caida

Del fatigado fin y terminamento que tuvo el glorioso segundo gobierno de Sancho.

Al llegar a este punto el arábigo cronista de los 364 días que duró el fatigado cuanto fructuoso gobierno del ilustre y descomunal manchego, escudero de don Quijote y retoño natural de Cervantes, Sancho Panza Primero y Único, cambia repentinamente Cide Hamete (h.) de estilo y tono, tan rotamente que formales historiógrafos llegan a sospechar se deban estas últimas páginas a otra menos agraciada mano, y dejando los rubicundos Febos del comienzo, así como los golpes de bombo, zambomba y zapatetas con que terminaba a la morisca sus diarias estenografías, entre broma y broma empieza a dejar asomar atisbos de intenciones trascendentales que en tal péñola no se sospechaban, por más que se supiese de cuánto tiempo antes el moro Hamete habíase reducido al gremio de nuestra Santa Madre la Iglesia Católica. Pero al llegar a este punto declara también el traductor que, estando ya fatigado de tan prolija como ingrata tarea -puesto caso que los traductores en esta Ínsula se pagan módicamente-, y faltando por otra parte en el legajo que le legara el moro gran copia de hojas, desaparecidas unas y otras evidente y maliciosamente borradas, ha resuelto suprimir por ahora y prometer para una segunda parte todos los restantes días, por no ser éste en modo alguno cuento de mil y una noches sino «grande e general ystoria», y saltar de golpe al heroico y fatigado remate que tuvo no sólo el gobierno, más aún la persona del gran Sancho, sin lo cual fueran altamente defraudados y pondríanle pleito los lectores. El cual fin y acabamiento sucedió después que Sancho se negó a reformar los refranes  y licenció al Fabril de Frases Hechas, como antes quedó narrado. Estos dos graves errores originaron un general descontento, principalmente entre los lenguaraces, traductores, intérpretes, imitadores, pasticheros y demás literatos de la ínsula, los cuales emigraron a la ínsula llamada La Otra Banda, y se aliaron con una gran ínsula vecina muy adelantada y poderosa llamada del Río Enero, comenzando con dinero proporcionado por otras dos inmensas ínsulas defensoras de la civilización y del derecho una intensa campaña contra el gordito y optimista Gobernador, presentándolo como enemigo del Progreso, la Cultura y la Democracia, y armándole conspiraciones por todos lados. Sancho que por desgracia suya no previó la fuerza virulenta que tienen las lenguas sueltas y alquiladas plumas, a las que siempre despreció un poco, así como a los escribidores engreídos, cometió el tercer error, que fue no alquilar otras plumas y lenguas mucho peores y más salaces para su defensa, y en cambio esperarlo todo de sus obras buenas, de su nunca desmentida excelente intención, y del buen sentido del pueblo. Bien es verdad que en este punto falló como consejero, según parece, el Capellán del Reino. Y así llegó aquella noche triste -que en los anales de la Ínsula Agatháurica se llama todavía la Noche Magna y Fatídica- en que las fuerzas libertadoras y extranjeras cercaron el palacio Dusal y las fuerzas fieles se presentaron a Sancho para animarlo y corroborarlo, desolado y sentado solo en medio de su inmenso y sepulcral palacio. Sigue leyendo

24 bis. Vigilia de armas

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Apenas hubo Febo Asoma, aburrido de iluminar las antípodas, asomado por Punta del Este su rojiza cara y su brumosa cola por Barracas, cuando el excelso Gobernador de la ínsula Agatháurica se presentó motu proprio por primera vez -a causa de no haber podido dormir- en la Sala de los Últimos Ultimátumes a resolver los asuntos del día. No se había acabado de sentar, cuando introdujo el granadero de guardia a un ancianito flaco como palo escoba, muy pálido, con los mechones desgreñados y manos y pies tembleques, como gurí con alferecía. Los grandes ojos claros del Gobernador, que todo lo tenía grande inclusa la panza -y exclusa la paciencia- vio en seguida de qué se trataba, y mandó le dieran al reo un pan francés y un cuarto de vino Colón, o Carlón, como sea; mientras entraban de prisa y haciéndose los desentendidos el doctor Pedro Recio, el Capellán, el Director de Personal y los Cortesanos, que estaban durmiendo cuando Sancho hizo gemir lastimeramente las herrumbradas puertas de la última sala. El viejito que había hecho desaparecer de un saque las vituallas como si fuera un prestidigitador, estaba tartamudeando acciones de gracias con la boca llena; y el Gobernador preguntó al Granadero:

-¿Quién es?

-Un perturbador del Orden Público, Esplendencia. Un jubilado, que la Policía lo largó por haber demasiada gente en la Cárcel de jubilados, y Su Ilustrancia Teresa Panza, su ilustrada mujer de usted aquí lo encontró desmayado en la calle.

-¿Y qué ha hecho?

-Estuvo tres días y tres noches haciendo cola en la vereda del Palacio de Previsión Social y estorbando tremendamente el tránsito.

-Malo es eso -dijo Sancho; y guiñó a Pedro Recio, el cual se adelantó de mala gana, mientras Teresa Sancha, que había conseguido le diesen un tronetto a la derecha del Gobernador, leía una novela de amoríos.

-No está aún firmado el expediente -dijo el Gran Canciller Recio secamente.

-¿Por qué?

-Pero, Esplendencia, usted mismo no da abasto a firmar los expedientes. Usted bien sabe que jubilándose en nuestra generosa Ínsula todo el mundo, haya sido quien fuere, no hay dinero en las Cajas y ni su misma laboriosa Esplendencia alcanza a firmarlo todo, por lo cual firmamos nosotros, si a mano viene, la mitad más uno.

Dirigiole Sancho los grandes ojos enrojecidos, y preguntole: Sigue leyendo

24. El Fabril de Frases Hechas

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Apenas hubo el rubicundo Febo asomado la rútila y aberenjenada faz por entre las randas y encajes de oro de las nubes orientales, cuando dejó el nuevo Gobernador muy descansado y bien dispuesto las bienhechoras chalas y se dirigió a la Sala de las Medidas Momentáneas para resolver los asuntos del día. No bien se hubo sentado cuando se abrieron las anchurosas puertas y entró por ellas el doctor Pedro Recio trayendo del brazo a un señor desvaído, descolorido y sin señas particulares que traía colgado al cuello una especie de organillo titirimundi o máquina de calcular. Mirolo Sancho atentamente, sin poder hallar en él cosa de provecho, y después dijo al hombruco con reposada voz y continente:

-¿A quién tengo el honor de estar medio viendo? Sigue leyendo

23 bis. Fray Pacífico Q. Ch.

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«Los católicos liberales pueden hacer más daño que los comunistas». Pío X

«Los hombres malos no podrían hacer el daño que hacen si no fuese induciendo a hombres buenos a volverse primero instrumentos y luego cómplices más o menos conscientes… “Huic ille legendo sceleris cucullum praebet”». A. Huxley

Apenas hubo el rubicundo Apolo derramado su regalado aljófar por las puertas y ventanas del Oriente, riéndose las fuentes y alegrándose los platos de su venida, cuando despertaron a Sancho, que se había quedado dormido en su trono, y le dijeron:

-Señor Gobernador, aquí hay un pícaro fraile que anda haciendo travesuras.

-Esos no pertenecen a este foro -dijo Sancho, volteando al otro lado la cabezota-. Déjenme dormir. Tengo apetito de dormir.

Pedro Recio lo sacudió más fuerte, y abriendo Sancho los ojos soñolientos, vio a una especie de sacerdote gordinfloncito, con un holgado hábito que evidentemente no era suyo, si es que era hábito, con una gran pluma de ganso en la derecha y en la zurda un letrero que decía Argentina Libra; al mismo tiempo que Pedro Recio insistía:

-Son travesuras serias. Anda escribiendo en un semanario socialista sin firmar y sin permiso, al lado de un judío que blasfema de Jesucristo y de una teóloga que habla de lo que no ha estudiado.

-¿Y a mí qué me importa? -gruñó Sancho-. ¡A mí dejemén descansar!

-Es que escribe chismes de frailes. Y fíjese, Gobernador, los chismes de mujeres son pésimos, pero los chismes de frailes son encima pueriles y degradados.

-Yo tengo apetito de fumar un toscano -barbotó Sancho ominosamente-, y tengo derecho.

-Gobernador, dispiertesé. Son chismes que producen tristeza en los cristianos y asco en los socialistas. Se pone feo.

-Si producen asco hasta en los socialistas -reflexionó Sancho despabilándose los ojos-, tiene que ser cosa fea.

Y despertando del todo, se dirigió al acusado diciendo:

-¿Quién es Vuesa Reverencia?

-Soy la Inglesia. Sigue leyendo

23. Los Siete Asaltantes

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Apenas hubo el rubicundo Apolo mandado decir por señas y ventolina a través de un unido velo blanquecino de nebulosidad invernal que podía inaugurarse un nuevo día sin su augusta presencia, cuando levantándose el nuevo Gobernador después de diez horas de sueño decidió no ir a misa por hallarse algo resfriado ni tampoco comulgar por ser Viernes Santo, y se trasladó con tristeza a la Sala de las Dogmáticas Definiciones para resolver los asuntos del día. No bien húbose sentado en el trono, cuando entró el Verdugo del Reino trayendo a la rastra a un horrendo asesino de hirsuta pelambre y fulgurantes ojos, vestido de vigilante y un sambenito encima, con los cuales el Gobernador entabló en seguida el siguiente diálogo, quiero decir con el Verdugo primero y después con Ladrón de Guevara:

GOBERNADOR.-  ¿Qué pasa?

VERDUGO.-  Es el parricida que mató a su padre, a su madre, a su mujer y a seis hijos que tenía, que si llega a tener siete no se salva ni uno.

GOBERNADOR.-  ¿Y qué hacen que no lo han fusilado?

VERDUGO.-  Señor, dice que es una injusticia.

GOBERNADOR.-  ¿Quién dice?

VERDUGO.-  Él… A grito pelado. Y lo peor es que todo el pueblo que está delante el cadalso, una gran parte les dio por hacerse los hinchas y gritan: «Tiene razón, tiene razón».

GOBERNADOR.-  ¿Y usté les hace caso?

VERDUGO.-  Yo, señor, la gente anda brava y tengo miedo se suleve la gente, porque en esta Ínsula la gente es muy sulevosa.

GOBERNADOR.-  Yo tenía justamente gana de ver a este tigre hircano y esta gran bestia de las Américas por puro gusto de ver cosas raras que le da a uno. Pásemelo adelante y yo les voy a decir si es justicia o no es justicia.

Pasó al frente el criminal, que vestía un gran tabardo rojo sangre con caperuza de loco, con cadenas colgadas al cuello y la figura del diablo en el pecho, y Sancho lo consideró con horror y espanto, después de lo cual le preguntó diciendo: Sigue leyendo